Fui rechazada como jurado para el juicio de Harvey Weinstein. Esto es lo que pasó dentro de la sala de tribunales

Harvey Weinstein entrando al Tribunal Penal de la Ciudad de Nueva York el 13 de enero (Foto: Scott Heins / Getty Images).

Recuerdo exactamente dónde estaba cuando estalló la noticia del escándalo de Harvey Weinstein en 2017: sentada en mi escritorio, terminando un día de trabajo como editora de estilos de vida, cuando un colega dijo: “¡Oh, Dios mío!”. Publicó un enlace a la noticia del New York Times en Slack y nosotras ‒las mujeres, todas nosotras‒ la devoramos de inmediato, con una mezcla de horror y de sentirnos identificadas, contentas de que no nos hubiera ocurrido a nosotras.

Ahora también recordaré el instante exacto en el que se me encogió el corazón al darme cuenta de que podría decidir la suerte de Weinstein, como jurado en su juicio.

Entre esos dos momentos vinieron días, meses y luego años de permanentes despliegues de relatos acusatorios que describían las habitaciones de hotel, los albornoces y las duchas, de #MeToo, códigos de silencio y esposas leales (sobre algunas de las cuales incluso escribí) y discusiones acaloradas sobre el consentimiento y el sexismo en el trabajo, en las cenas con amigos y en reuniones familiares.

Toda esa mochila me acompañó la semana pasada, cuando agarré mi citación de guardia del jurado en rojo y blanco y llegué al Tribunal Penal de la Ciudad de Nueva York, una imponente colección de torres de estilo art déco construidas con piedra caliza, encabezada, esa mañana, por una ruidosa multitud de paparazis. Aunque sabía que el juicio de Weinstein había comenzado, y entendiendo que la multitud esperaba su llegada ‒incluso identifiqué a un grupo de fotógrafos y reporteros gráficos acampados en el pasillo del mismo piso en el que me habían indicado que me presentara‒, sentí que no tenía sentido estar en el juicio de este famoso de altos vuelos. Habría sido demasiado absurdo.

No fue hasta pasada una hora y media de espera en la sala principal del jurado, cuando un policía del tribunal nos codujo a más de 100 de nosotros por el pasillo pasando de largo de los reporteros hacia la sala del tribunal, que cobré consciencia de lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando entré por la puerta, pudiendo identificar a una dibujante de sala con gafas y el cabello despeinado sentada a mi derecha, en la fila de atrás, añadiendo unos toques finales al retrato de color pastel de un humano que para ese momento me era inconfundible: Harvey Weinstein.

Uno de los bocetos de la sala del tribunal ‒aunque no es el mismo que vio la escritora‒ de la artista Jane Rosenberg (cortesía de Jane Rosenberg).

Con el corazón acelerado, me senté en un banco de madera situado unas pocas filas delante de ella, miré las cabezas de otros posibles miembros del jurado en la parte delantera de la sala.

Primero vi a alguien que caminaba y luego a Weinstein en persona.

Estaba sentado de espaladas a nosotros, frente al juez, rodeado de miembros de su equipo legal. Llevaba un traje oscuro, tenía la coronilla calva y una palidez gris. Parecía encorvado, pequeño y enfermo. El juez James Burke se dirigió a la sala desde las alturas, nos agradeció por nuestro servicio y nos explicó de qué se trataba el caso: “El pueblo de Nueva York contra Harvey Weinstein”. La gente susurró. Una mujer se sentó enfrente y dijo: “Oh, mierda”. El ambiente en la sala se enrareció.

“Es una locura”, murmuré a una mujer a mi izquierda, quien cerró sus ojos y sacudió lentamente la cabeza. El hombre a mi derecha no pareció reaccionar. Mantuve mi mirada fija en la parte posterior de la cabeza de Weinstein mientras el juez seguía hablando y nos comunicaba que nos iríamos temprano y que volveríamos por la mañana. Agregó que el simple hecho de haber oído hablar del acusado no nos descalificaba para prestar el servicio. De hecho, Burke nos suplicó a todos, sin importar lo que supiéramos o no, que dedicáramos la noche a “examinar nuestra conciencia” y a considerar si podríamos ser “jurados justos e imparciales” en este juicio. Pasó a un registro más poético sobre las virtudes del deber de jurado y sobre lo positiva que es la experiencia para la mayoría de las personas que la realizan. Luego compartió con nosotros los cargos específicos contra Weinstein ‒cuatro cargos de agresión sexual predatoria, un cargo de acto sexual criminal de primer grado y un cargo de violación de primer grado y violación de tercer grado‒ para que lo fuéramos asimilando.

Harvey Weinstein y su abogada Donna Rotunno saliendo del Tribunal Penal de la Ciudad de Nueva York tras el quinto día de juicio (Foto: John Lamparski / Echoes Wire / Barcroft Media a través de Getty Images).

Me sentí mal al salir de la sala, cuando entré en un ascensor junto a otros miembros del jurado. Quería gritar: “¡Ha sido surrealista!”, pero todos estaban tan atónitos y silenciosos que yo también me quedé callada. Caminé hacia el metro, estaba de los nervios. ¿Qué pasan si me eligen? ¿Debería ser elegida? ¿Podría ser justa e imparcial?

Esa noche, seguí la sugerencia del juez de buscar en mi alma, lo que fue difícil, después de dos años de obsesionarme con los detalles del caso, de pensar y escribir sobre las acusaciones, de escuchar hablar a las denunciantes, de pensar en amigas que tengo que han sido violadas o acosadas, de reflexionar sobre mis propias experiencias de acoso sexual y sobre lo que mi hija adolescente probablemente tendrá que enfrentar en este mundo.

Esa noche dormí entrecortado, pero por la mañana me sentí orgullosa de lo que tenía que hacer.

De vuelta a la sala del tribunal, terminé sentada­­­­­­ en primera fila, sin nada entre Weinstein y yo más que el acompañante. Cuando llegamos, él ya estaba en la mesa frente al juez, con su equipo legal, y a esa corta distancia pude ver que su hombro derecho estaba más caído que el izquierdo y que el cuello blanco de su camisa estaba torcido. Se acomodó el cuello de la chaqueta y dejó una parte hacia afuera. Estaba encorvado sobre folios que parecían una transcripción, haciendo anotaciones en los márgenes, mientras seguía resonando una palabra en mi cerebro ‒karma, karma, karma‒; sentí tristeza por él.

A su derecha estaba la poderosa abogada Donna Rotunno, con sus pómulos afilados, una blusa roja debajo de una chaqueta de cuero ajustada, con un aspecto aterrador que me hacía estremecer ante la idea de ser interrogada por ella.

A medida que iba llegando la totalidad del jurado, ella y los otros abogados ‒incluidos los de la otra parte, de la oficina del fiscal del distrito‒ se iban girando en sus asientos para estudiarnos, como si trataran de discernir quién parecía justo, quién parecía parcial y quién parecía loco. Algunos garabatearon sus notas.

Cuando todo el mundo estaba en su sitio, el juez Burke repitió su discurso del día anterior. Luego presentó al acusado pidiéndole que se pusiera de pie y saludara a todo el mundo, como si estuviéramos en una fiesta. Weinstein se levantó lentamente, con dificultad, y se giró para mirar la sala. “Hola a todo el mundo”, dijo, forzando una sonrisa. Lo noté más pálido que de costumbre  y con más marcas producto de la viruela antes de volver a tomar asiento. Luego Burke presentó a todos los abogados, quienes también se levantaron para saludar a la sala, y luego preguntó si algún posible miembro del jurado conocía a alguna de esas personas. Algunos dijeron que sí. Una mujer reconoció que era amiga de Rotunno y otra señaló que su amiga había tenido un “encuentro” con Weinstein.

Luego llegó la gran pregunta del día: “¿Quién entre ustedes cree que no puede ser un jurado justo e imparcial en este caso particular?”. No pude llegar a contar, pero me giré para mirar y más de la mitad de la sala levantó la mano. Yo incluida. 

Mujeres inspiradas en el grupo feminista chileno Las Tesis protestaron con cánticos frente al Tribunal Penal de la Ciudad de Nueva York durante el juicio por los delitos sexuales de Harvey Weinstein (Foto: John Lamparski / Echoes Wire / Barcroft Media a través de Getty Images).

Para bien o para mal, ya había tomado una decisión sobre Weinstein. Y me pareció correcto admitirlo, incluso si tuviera que levantarme del asiento, agarrar un micrófono y deletrear mi nombre frente a todos. Aprecié el hecho de que el juez no quería razones en ese momento y que la pregunta se había hecho directamente, a diferencia de otros diálogos de vocación más formales en los que había participado en el pasado, durante los cuales era norma admitir el sesgo sin aclararlo directamente (“Tengo acciones en esta empresa”, “fui asaltado una vez”, “mi padre es policía”).

Justo en ese momento, tras un par de preguntas más, cuando la sesión de tarde estaba terminando, se escuchó a través de la sala de la calle una ola atronadora de voces de mujeres que venía de 15 pisos más abajo. Era un cántico feroz y poderoso, casi como una canción, acompañado por el inquebrantable ritmo de un tambor. Si bien era casi imposible distinguir las palabras que se gritaban, escuché alto y claro una frase: “¡Y el violador eres tú!”.

Así, al parecer, Weinstein, cuyo rostro se volvió hacia nosotros en ese momento increíblemente escalofriante, parecía afectado.

Beth Greenfield