Historia del esqueleto de un pecador ahogado en el diluvio universal que resultó ser otra cosa

Diluvio, fragmento de los frescos de la Capilla Sixtina de Miguel Angel. (Crédito wikimedia commons).

Es un hecho, la ciencia nos ha ayudado en nuestra comprensión del mundo y del lugar que ocupamos en él. Haber superado la época en la que poner en duda las sagradas escrituras implicaba el descrédito, la infamia, la pérdida de libertad e incluso la pena de muerte, ha sido un gran avance. ¡Qué duda cabe!

Por eso de vez en cuando es recomendable echar la vista atrás y observar como la desviación “bíblica” llevó a algunos hombres de ciencia (incluso del siglo XVIII) a ver las cosas que querían ver, a pesar de que era obvio que faltaban a la verdad.

Pero antes de contaros la historia del naturalista Johann Jakob Scheuchzer (1672-1733), debería de contaros alguna cosa – a modo de preparación – sobre los fósiles. Estos restos petrificados de organismos de otro tiempo, que quedaron atrapados para siempre en el registro mineral conservando la forma biológica que un día tuvieron.

El hombre ha convivido con ellos desde tiempos inmemoriales sin tener explicación posible para ellos. Aristóteles sostenía que los fósiles crecían dentro de las rocas debido una fuerza orgánica o “semilla”, a la que llamaba “vis plástica”, capaz de crear estructuras que recordaban a la de animales o plantas. Hubo que esperar a las últimas etapas de la edad media, para que aparecieran sabios (como Leonardo da Vinci) que vieran en ellos los restos de criaturas que una vez estuvieron vivas.

Se sabía tan poco de estas estructuras petrificadas de formas “peculiaras”, que el primer hueso de dinosaurio que se encontró – un fémur de megalosaurus encontrado en 1676 por el naturalista británico Richard Brookes, recibió un nombre sumamente cómico debido a su aspecto (ver imagen inferior): Scrotum humanum. El parecido es innegable ¿verdad?

Scrotum humanum, primer hueso de dinosaurio encontrado. (Crédito imagen: wikipedia).

Además de las formas había algunos aspectos sobre los fósiles que deberían haber sorprendido a los primeros hombres de ciencia en el siglo XVII y XVIII que comenzaron estudiar y recolectar los primeros fósiles. ¿Cómo era posible por ejemplo que se encontraran restos petrificados de moluscos, o incluso de peces, en la cima de montañas? Bien, ahí es donde entra en juego el sesgo bíblico del que antes os hablaba. Para aquellos primeros hombres de ciencia (como el médico danés Nicolás Steno o el matemático alemán Gottfried Leibniz) tenía todo el sentido del mundo, porque la Biblia contaba la historia del diluvio universal, que llegó a anegar bajo las aguas incluso a las cimas de las montañas más altas.

En 1695, el estudioso británico John Woodward desarrolló un poco más estas ideas y escribió un ensayo titulado “Hacia una historia natural de la Tierra” en la que proponía que una vez que las aguas del diluvio universal retrocedieron, los objetos comenzaron a hundirse según su peso, acabando las más pesadas en el fondo, lo cual explicaba las capas de rocas que se observaban en muchos lugares.

Y es aquí donde comienza la historia de nuestro protagonista, el anteriormente mencionado Johann Jakob Scheuchzer. Fascinado por el ensayo de Woodward, originalmente escrito en inglés, nuestro protagonista se decidió a traducirlo al latín, la lengua de los sabios y estudiosos del continente, lo cual hizo posible muchas más gente pudiera llegar a leerlo.

Scheuchzer, que también era médico, abrió una consulta en su Zurich natal, ciudad en cuya universidad acabó también impartiendo clases. Su enorme curiosidad del mundo que le rodeaba le empujó a recopilar un gran número de fósiles, tras cuyo origen – no había otra explicación – debía estar el diluvio universal. Aun así deseaba recopilar evidencias científicas que respaldaran esta tesis, lo cual le metió en problemas con la censura por cierto, ya que encontraban innecesario tener que probar algo que aparecía en las escrituras.

Especimen de salamandra gigante fosilizada hoy conocido como Andias scheuchzeri. (Crédito imagen: wikimedia commons).

En fin, sea como sea, Scheuchzer terminó por encontrar un fósil muy extraño (imagen superior) que, ante sus ojos, se transformó en la evidencia incontrovertida de que hubo humanos que perecieron a causa de la inundación bíblica. Bajo estas líneas podéis encontrar el fósil concreto, un extraño esqueleto incompleto encontrado en una cantera de piedra caliza en el sur de Alemania. Seguramente vosotros podéis adivinar la silueta de un pez, anfibio o reptil, pero nuestro médico y naturalista identificó al fósil como “Homo diluvii testis” que significa hombre testigo del diluvio. Pronto, muchos estudiosos estudiaron los restos poniendo en duda que pudieran pertenecer a un hombre, pero Scheuchzer se fue a la tumba convencido de su descubrimiento.

El fósil en cuestión acabó en el Museo Teylers de la ciudad de Harlem, en Países Bajos, donde aún puede visitarse. En 1811, tras la invasión napoleónica de la ciudad holandesa, el gran zoólogo y paleontólogo francés Georges Cuvier examinó el fósil, y con la ayuda de una aguja afilada retiró parte de la tierra dejando al descubierto los huesos del hombro y las dos patas delanteras del animal. Tras ello, Cuvier estableció que los restos decididamente no correspondían a un esqueleto humano sino a los de una salamandra gigante ya extinguida.

En honor de Scheuchzer hay que decir que pese a que en la actualidad se conocen 5 especies de salamandras gigantes vivas (cuatro en el este de Asia y en una el centro de Estados Unidos), por aquella época eran completas desconocidas en Europa.

En fin, como veis nuestro amigo suizo, llevado por sus deseos de encontrar evidencias científicas que respaldaran el diluvio universal, vio solo lo que quería ver y no lo que – a día de hoy – cualquiera de nosotros puede ver.

Me enteré leyendo Smithsonian.com

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