El final de 'Ozark' ha sido una maravilla, digan lo que digan

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ATENCION: este artículo contiene spoilers del final de Ozark.

Cuando una serie de éxito llega a su fin es inevitable que el desenlace guste a todo el mundo de la misma manera. Es más, el buen hacer de una historia a lo largo de varias temporadas coloca las expectativas por las nubes, derivando con frecuencia en decepciones apresuradas y sensaciones contrariadas que echan por tierra el recuerdo de una buena serie. Pasó con Lost, Juego de Tronos, Como conocí a vuestra madre y tantas más que lo de Breaking Bad a veces parece la excepción a la regla. Y esto estaría sucediendo con el final de Ozark, que desde hace cuatro temporadas se consagró, de lejos, como una de las mejores series de Netflix.

Pues resulta que después de cuatro temporadas recibiendo alabanzas y puntuaciones con aprobados estratosféricos, el desenlace de Ozark está dividiendo al público entre quienes aplaudimos con ganas y los que se quedaron profundamente decepcionados. Sin embargo, creo que más nunca aquí toca defenderlo.

Laura Linney como Wendy Byrde, Jason Bateman como Marty Byrde en la temporada 4, parte 2 de Ozark. Cr. Courtesy Of Netflix © 2022
Laura Linney como Wendy Byrde, Jason Bateman como Marty Byrde en la temporada 4, parte 2 de Ozark. Cr. Courtesy Of Netflix © 2022

La serie sobre la familia Byrde y su conglomerado dedicado a lavar dinero para un cartel de droga mexicano, llegó a su fin con el estreno de los últimos episodios el viernes 29 de abril. Y no tardó ni dos días en superar el liderazgo de Pálpito, el fenómeno más reciente de Netflix (al que sigo sin dar crédito), posicionándose como lo más popular de la plataforma tanto en España como en Reino Unido, y otros países. Y no es para menos. Después de todo estamos ante una serie que supo cocer su trama a fuego lento, aprovechando cada personaje al máximo, sin dejar cabos sueltos y enganchándonos sin más remedio a la tensión que fue in crescendo con cada temporada.

Sin embargo, el final está desequilibrando ese amor incondicional. Solo hay que darse una vuelta por Twitter para ver las reacciones opuestas de amor y odio que están vertiendo los espectadores, mientras las puntuaciones de los usuarios que recopila el sitio web iMDB arroja más luz sobre esta realidad. Porque el capítulo final es el que menos puntuación ha recibido de toda la serie al completo: apenas cuenta con un puntaje del 6.8/10, cuando los capítulos de Ozark se han movido siempre entre el 8 y 9.4.

Para empezar, soy consciente de que el titular de este artículo puede pecar de sabelotodo o condescendiente, por eso paso a explicarlo. De primeras, la decepción que ha abrumado a muchos espectadores es más que comprensible. Yo también experimenté la misma sensación agridulce que contagia la última secuencia con los Byrde al completo coronados como villanos implacables, justo después de la injusta muerte de Ruth Langmore (Julia Garner). Sin embargo, soy de la opinión de que estamos ante el tipo de final que pide una digestión lenta. Es así, cuando lo masticamos con paciencia y le damos tiempo para que se asiente en nuestro cuerpo que podemos descubrir un final que pasará a la historia, no solo por el impacto inolvidable del desenlace sino también porque se ajusta dignamente a la historia que llevamos devorando desde 2017.

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Ozark fue aumentando las dosis de tensión a lo largo de la tercera y primera mitad de la cuarta temporada con el asesinato de varios personajes y la transformación radical de la pareja protagonista. Por un lado Marty Byrde (Jason Bateman) escudándose en el amor por su esposa Wendy (Laura Linney) como excusa para seguir lavando dinero, mientras Wendy usaba el deseo de llegar a una meta económica y política que les permitiera salir airosos tras arriesgar tanto sus vidas, como una tapadera para saciar la ambición que fue alimentando a medida que iba rozando el poder. Y ambos usando a la familia como excusa moral para cometer sus crímenes, esconder cuerpos y asistir en diferentes asesinatos. Porque hace tiempo que esta familia se dejó los escrúpulos en el camino, por mucho que Marty nos vendiera la perdiz de buen tipo.

Y ese final es, precisamente, el que los sentencia.

Durante mucho tiempo se comparó Ozark con Breaking Bad, después de todo la premisa de fondo es muy similar al tratarse de un hombre de familia inicialmente acorralado por la vida, queriendo sacar a su familia a flote. El profesor de química Walter White lo hacía cociendo metanfetamina y Marty Byrde lavando dinero para un cartel mexicano. Sin embargo, el final de la serie de Netflix ha dejado claro en dónde se diferencian abismalmente: White llegó a su final tendiéndole la mano a la redención, pero Marty y Wendy Byrde se la tendieron al diablo, aferrándose a la ambición, el poder, el dinero y la adrenalina del peligro por sobre esa familia que tanto dicen proteger.

Como decía, entiendo la reacción inicial de rechazo. Ese final con Jonah Byrde (Skylar Gaertner) apuntando con el gatillo al detective Mel Sattem (Adam Rothenberg), contrariando toda la rebeldía que opuso contra los engaños de sus padres por la muerte de su tío Ben, justo después de la triste sensación de injusticia que transmite la muerte de Ruth, es para desolar a cualquiera. Sí, nos deja a cuadros porque Ruth entregó toda su confianza a Marty, y al final a ellos les importa un bledo su asesinato. Marty literalmente ni se inmuta, dejando ver sus verdaderos colores de una vez por todas. Mientras Jonah se cambia de bando de repente y sin aviso saliendo en defensa de sus padres.

Sin embargo, una vez pasada la primera reacción visceral plagada de emociones, ese final se asienta. Y creo que cuando despejamos las nubes extasiadas de intensidad inicial, podemos ver uno de los mejores finales del año.

Ozark. Jason Bateman como Marty Byrde en la temporada 4, parte 2. Cr. Courtesy of Netflix © 2022
Ozark. Jason Bateman como Marty Byrde en la temporada 4, parte 2. Cr. Courtesy of Netflix © 2022

Porque ahí están, Marty y Wendy consagrados como villanos sin escrúpulos. Habiéndonos vendido la moto y a ellos mismos de ser padres que trabajaban por y para el cartel con la única intención de proteger a su familia, mientras en realidad han caído en lo más profundo del pozo de la ambición, olvidando la humanidad que tuvieron al principio. Lo vemos en el momento que Omar Navarro le dice a Wendy que lo va a echar de menos después de cerrar el acuerdo con el FBI que los liberaba del cartel. La reacción de ella deja entrever el reconocimiento de sus palabras, siendo una verdad como una casa. Lo vemos cuando Marty empieza a hacer promesas a diestro y siniestro en los últimos episodios, sin acumular la valentía para enfrentarse a Wendy y sus planes peligrosos. Le sigue la corriente cuando tiene el poder para manejar la situación. Lo vemos también cuando Marty ocupa el lugar de Omar Navarro, moviéndose como pez en el agua por los entresijos del peligro. Pero, sobre todo, cuando ninguno de los dos, ni él ni Wendy, se inmutan ante la petición constante de sus hijos de querer un cambio de vida, de buscar estabilidad y seguridad. Al contrario, los manipulan hasta conseguir lo que quieren: mantener a la familia unida pese lo que pese.

Y eso queda claro en esa ultima secuencia con Jonah pasándose al bando de sus padres, saliendo en defensa de esa madre de la que tanto renegó apretando el gatillo para asesinar al detective que amenaza con destruir todo lo que tienen. Es Jonah el que representa la justicia según los Byrde, en ese mundo donde ellos son amos y señores, egoístas consumidos por el poder, mientras Wendy y Marty observan a su hijo a punto de cometer asesinato con orgullo. Orgullo porque han conseguido refugiarlo bajo el paraguas de la familia unida como excusa para cometer los crímenes que hagan falta.

Marty y Wendy son, al final, el reflejo de la ambición y el egoísmo, adictos al poder que tejen los hilos para beneficio propio. Son, en resumen, los jefes de su propio cartel mientras el viaje personal que transita Ruth a lo largo de la serie refleja la contraparte de la historia. Una joven que creció en el crimen pero supo encontrar su camino, y que gracias a la actuación magistral de Julia Garner se corona como la verdadera heroína de la historia. Porque se erige como la única con corazón en medio del caos cuando los protagonistas se escudan en la fachada de su familia para cometer sus fechorías cada vez más cuestionables.

De esta manera, el final asienta la transición que los Byrde llevan haciendo desde la primera temporada, reflejando un cambio radical que se ha ido cociendo a fuego lento ante nuestras narices, consumado finalmente por el poder y la ambición. Para ellos ya no existe redención alguna.

Creo que Ozark nos regaló un final que requiere de un buen antiácido, un té de poleo y tiempo para hacer la digestión. Hay que masticarlo y darle tiempo para que no se convierta en la indigestión que aparentemente están viviendo varios espectadores. Ese es, al menos, mi humilde consejo.

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