La trampa del cerebro que te hace creer que todo es peor de lo que en realidad es

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“El sol brilla en todas partes, pero algunos no ven más que sus sombras” - Arthur Helps [Foto: Getty Images]
“El sol brilla en todas partes, pero algunos no ven más que sus sombras” - Arthur Helps [Foto: Getty Images]

Con el bombardeo de malas noticias al que nos vemos sometidos todos los días, ser pesimistas parece la opción más sensata mientras el optimismo se descarta por su ingenuidad. El pesimismo tiene una función adaptativa puesto que, al vaticinar la adversidad, nos ayuda a prepararnos para lo peor. Sin embargo, cuando el pesimismo se vuelve omnipresente y se apodera de nuestra vida puede tener consecuencias devastadoras.

Si solo vemos lo malo y esperamos lo peor, esa lente negativa se refuerza en nuestra mente. Entonces comenzamos a responder con pesimismo ante la mayoría de las situaciones y esa negatividad se convierte en una profecía que se autocumple. Terminamos creyendo que todo es terrible y nos vemos abocados a la depresión.

El filtro mental que distorsiona la realidad haciéndonos creer que todo es peor

 “No vemos las cosas como son sino como somos” - Jiddu Krishnamurti [Foto: Getty Images]
“No vemos las cosas como son sino como somos” - Jiddu Krishnamurti [Foto: Getty Images]

No vemos las cosas como son sino como somos”, dijo Jiddu Krishnamurti. Todo lo que nos sucede pasa a través de nuestros filtros mentales. Sin embargo, en ocasiones abusamos del filtro negativo, un patrón de pensamiento “defectuoso” que nos hace descartar los eventos positivos para concentrarnos en los negativos. Es como si usáramos un tamiz que deja escapar las cosas buenas y retiene las malas.

Ese filtro no solo pone el énfasis en los eventos negativos que nos ocurren, sino que también hace que nos apeguemos a emociones dañinas y nos empuja a descartar los recuerdos agradables. Nos lleva a minimizar o incluso ignorar todo aquello que no se ajusta a la narrativa con tintes pesimistas que hemos construido.

Así terminamos filtrando las experiencias positivas y las buenas noticias para quedarnos con los miedos, las inseguridades, las aprensiones y los pensamientos catastrofistas. Ese sesgo hará que nos centremos en lo que nos falta, en vez de sentirnos agradecidos por lo que tenemos. Nos obsesionaremos con lo que ha salido mal, en vez de concentrar nuestra energía en lo que podemos hacer bien. Tomaremos nota de lo que nos desagrada y molesta de los demás, obviando sus acciones generosas y sus cualidades positivas.

Lo peor de todo es que no solemos darnos cuenta de que estamos mirando la realidad a través de un filtro que la distorsiona. Confundimos nuestra percepción negativa del mundo con el mundo real, lo cual nos conducirá a la infelicidad y, en última instancia, a la depresión.

En este sentido, investigadores de la Universidad de Stanford comprobaron que las personas deprimidas realizan predicciones más pesimistas sobre el futuro - tanto propio como ajeno- aunque reciban una información inicial idéntica y partan de condiciones similares que las personas no deprimidas. En el experimento, las personas con depresión mostraron tener un filtro negativo que daba más peso a los obstáculos y problemas, particularmente a aquellos externos que escapaban de su control.

¿Por qué prestamos tanta atención a lo negativo?

El pesimismo excesivo conduce a una vida desdichada y el optimismo exagerado nos empuja a arriesgarnos demasiado. Necesitamos un equilibrio. [Foto: Getty Images]
El pesimismo excesivo conduce a una vida desdichada y el optimismo exagerado nos empuja a arriesgarnos demasiado. Necesitamos un equilibrio. [Foto: Getty Images]

Todos tenemos un sesgo de negatividad. Cuando leemos la prensa, por ejemplo, es más probable que recordemos las malas noticias. A fin de cuentas, es más importante saber que estamos sufriendo una invasión de avispas asesinas que recordar un vídeo simpático de gatitos.

Ese sesgo tiene raíces evolutivas ya que los eventos negativos suelen representar una amenaza mayor para nuestra supervivencia que los sucesos positivos, de manera que es comprensible que nuestra mente los priorice. Además, recordar las experiencias negativas nos permitirá no volver a cometer los mismos errores.

De hecho, investigadores del Weill Cornell Medical College creen que el pesimismo es una estrategia evolutiva que nos ayudó a sobrevivir en el pasado protegiendo nuestras inversiones conductuales y genéticas en las épocas más duras.

Sin embargo, aunque se trata de un sesgo adaptativo, centrarnos demasiado en los eventos negativos terminará causando más daño que bien. Tanto nuestra supervivencia como nuestro bienestar demandan un equilibrio entre el optimismo y el pesimismo. El pesimismo excesivo conduce a una vida desdichada y el optimismo exagerado nos empuja a arriesgarnos demasiado. Necesitamos encontrar un punto intermedio que nos permita protegernos de los peligros sin dejar de apreciar lo positivo de la vida.

La trampa que nos tiende la parte pesimista de nuestro cerebro

¿Sabías que el optimismo y el pesimismo se originan en hemisferios cerebrales diferentes? [Foto: Getty Images]
¿Sabías que el optimismo y el pesimismo se originan en hemisferios cerebrales diferentes? [Foto: Getty Images]

El filtro negativo que todos usamos está “programado” en nuestro cerebro. Neurocientíficos del University College de Londres descubrieron que el pesimismo y el optimismo están asociados hemisferios cerebrales distintos.

La actitud alegre y optimista ante la vida que tiende a enfocarse en los aspectos positivos de las situaciones y ve un futuro brillante está asociada al hemisferio izquierdo. En cambio, la perspectiva más lúgubre y pesimista que se centra en la parte negativa de los hechos y vislumbra un futuro oscuro está relacionada con el hemisferio derecho.

Nuestro hemisferio derecho actúa de modo vigilante e inhibidor por lo que va tejiendo una sensación de inseguridad que genera y sustenta patrones de pensamiento pesimistas. En contraposición, la retroalimentación positiva llega fundamentalmente al hemisferio izquierdo para generar una sensación de confianza en nuestra capacidad para lidiar con los desafíos de la vida que destila optimismo sobre el futuro.

El “problema” es que nuestro cerebro tiene una enorme plasticidad, lo cual significa que nuestros patrones de pensamiento pueden influir en ese sutil equilibrio hemisférico generando una asimetría que incline la balanza hacia el pesimismo y la negatividad.

Si nos centramos demasiado en lo negativo, terminaremos reforzando esas conexiones neuronales. Cuando nos acostumbramos a procesar la información negativa, nuestro cerebro se centrará automáticamente en ella y dejará de ver las cosas positivas. Al inicio esos sesgos pesimistas serán pequeños, pero pueden tener un efecto acumulativo.

Cada pequeña tendencia hacia lo negativo refuerza la mente pesimista. De hecho, no es casual que diferentes estudios hayan comprobado que en la depresión el hemisferio derecho/pesimista es hiperactivo y el hemisferio izquierdo/optimista es hipoactivo. La buena noticia es que también podemos reforzar las vías neuronales optimistas para mejorar nuestro bienestar y desarrollar una visión más equilibrada de la vida.

¿Cómo ajustar nuestros filtros mentales?

“Un pesimista ve la dificultad en cada oportunidad, un optimista ve la oportunidad en cada dificultad” - Winston Churchill [Foto: Getty Images]
“Un pesimista ve la dificultad en cada oportunidad, un optimista ve la oportunidad en cada dificultad” - Winston Churchill [Foto: Getty Images]

¿El vaso está medio lleno o medio vacío? Usar un filtro negativo nos hará ver el vaso medio vacío, pero en realidad también está medio lleno. El sesgo de negatividad nos hace ver, interpretar y recordar los eventos de manera selectiva, lo cual significa que obviamos una parte importante de la vida.

Ver las cosas con claridad no significa transformarnos en optimistas ingenuos sino ser capaces de notar los dos lados de la vida: lo malo y lo doloroso, pero también lo bueno y lo positivo. El sesgo de negatividad no se contrarresta únicamente con el pensamiento positivo sino de manera consciente, intencional y racional.

Un buen punto de partida consiste en reducir la velocidad con la que procesamos las situaciones. Si funcionamos en piloto automático, es probable que nuestro hemisferio derecho tome el mando y resalte todo lo negativo para “protegernos”. En cambio, si nos tomamos unos minutos para cuestionarnos esa perspectiva podríamos verla bajo una luz más favorable.

Otra estrategia para contrarrestar ese filtro negativo consiste en practicar la gratitud. Podemos llevar un diario de la gratitud en el que anotemos cada día tres cosas por las que nos sintamos agradecidos o incluir aquello que hemos hecho bien, aunque sean logros pequeños. Al prestar atención a lo positivo reforzamos nuestro hemisferio izquierdo y creamos el hábito de ver lo bueno, de manera que nos resultará más fácil responder de manera optimista en el futuro.

Aprender a reformular las situaciones también nos ayudará a percibir lo que nos sucede desde diferentes perspectivas para elegir la más útil. Se trata de buscar en cada experiencia lo positivo, conveniente o favorecedor para utilizarlo a nuestro favor en vez de estancarnos en lo negativo o aquello que no podemos cambiar. De hecho, investigadores coreanos comprobaron que usar frecuentemente la reevaluación cognitiva para centrarse en los aspectos positivos de una situación genera una mayor actividad en la parte frontal del hemisferio izquierdo favoreciendo una actitud más optimista ante la vida.

Cuando cambiamos la forma en que miramos las cosas, las cosas cambian. Debemos intentar buscar los dos lados de la historia. Considerar alternativas. Hacer espacio a las complejidades. Rechazar las etiquetas absolutas. No dejar que un filtro negativo empañe nuestra visión del mundo o de nosotros mismos. Tenemos el increíble poder de elegir a qué prestar atención y qué ignorar. Solo debemos asegurarnos de que aquello a lo que prestamos atención nos sirva para crecer y sentirnos mejor.

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