Así huyó Felipe de Edimburgo de Grecia escondido en una caja de naranjas

Carmen Ro
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La infancia de Felipe de Edimburgo fue triste. Triste, y demoledora. Su complejo carácter se forjó en unos primeros años de incertidumbre y soledad. Sufrió el exilio, padeció la esquizofrenia de su madre y soportó el abandono de su padre, que se largó para reunirse con su amante. La biografía del marido de la reina Isabel II parece sacada de una novela. Una novela fraccionada en dos: una primera parte de tragedia, y una segunda parte de cuento de príncipes. Vayamos a la tragedia, que arranca en una caja de naranjas.

(Photo by Jeff J Mitchell/Getty Images)
(Photo by Jeff J Mitchell/Getty Images)

Felipe nació en la preciosa isla griega llamada Corfú. Era 1921, y la vida palaciega sólo le iba a durar un año al pequeño príncipe. Era una época de alta convulsión política en Grecia, marcada por la guerra greco-turca. En 1922, el rey Constantino I de Grecia, el tío de Felipe, fue obligado a abdicar. Los padres de Felipe, el príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca y la princesa Alicia, huyeron de Grecia junto a sus cinco hijos. Temían por sus vidas. Al pequeño príncipe, el único hijo varón del matrimonio, le escondieron en una caja de naranjas para evitar que le identificaran y le asesinaran. Felipe tenía un año de edad. La familia se refugió en París. La madre de Felipe sufría a menudo ataques nerviosos. A la princesa Alicia le fue diagnosticada una esquizofrenia. El príncipe Andrés ingresó a su mujer en un internado psiquiátrico. Felipe no vería a su madre durante muchos años. Y cuando volvió a verla, la princesa Alicia se había convertido en monja. Las cuatro hermanas mayores de Felipe fueron casándose con rapidez, dejando pronto el hogar familiar. A Felipe sólo le quedaba su padre, pero el príncipe Andrés no tardó en abandonar a su hijo menor para irse a Mónaco y vivir a con su amante. Felipe estaba solo. Solo y perdido. Felipe era un príncipe sin reino, era un niño sin familia.

  (Photo by Fox Photos/Getty Images)
(Photo by Fox Photos/Getty Images)

El pequeño príncipe se fue a vivir con su tío lord Louis Mountbatten un tiempo, y después fue enviado con su abuela materna Victoria de Hesse-Darmstadt. Pero Felipe tuvo que abandonar muy pronto los hogares familiares. Con siete años le mandan a un internado. Un duro internado en Alemania. A los doce años fue trasladado a otro internado, esta vez en Escocia. Felipe seguía solo. Sólo y desubicado. Tenía familia, pero no estaba con él. Tenía patria, pero no podía regresar a ella. Cuando Felipe apenas contaba dieciséis años, Cecilia, la única hermana con la que mantenía contacto, murió en un accidente de avión. Su vida era una permanente tragedia. Y entonces cumplió dieciocho años y se alistó en la Marina Real Británica. Y allí empezó la segunda parte de su novelesca biografía. Felipe iba a encontrar la felicidad.

(Photo by William Vanderson/Fox Photos/Getty Images)
(Photo by William Vanderson/Fox Photos/Getty Images)

En la fuerzas armadas británicas Felipe sintió por primera vez que estaba en un lugar propio. Poco después conocería a la joven Isabel. Se enamorarían, y se casarían. Felipe sería rey. Pero esa ya es otra historia. Una historia más feliz que la de su turbulenta, desdichada y adversa infancia.

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