Exclusiva: cómo Estados Unidos renunció a matar a Soleimani en 2007

Era una tarde de finales de 2007 en Bagdad y algunos miembros del grupo de operaciones espaciales de Estados Unidos estaba monitoreando la capital iraquí desde un avión no tripulado Predator, en busca de indicios de problemas, cuando vieron a una gran multitud reuniéndose en barrio de Ciudad Sáder. 

Desde su gran carpa con aire acondicionado cerca del Aeropuerto Internacional de Bagdad, los efectivos entraron en acción. Pertenecían a la Fuerza de Tareas 17, que se centraba en combatir a las milicias chiíes apoyadas por Irán que estaban matando a miles de iraquís y a cientos de miembros de las fuerzas estadounidenses. Ciudad Sáder albergaba a una considerable población de chiíes mayormente pobres. Fuera lo que fuera o quien fuera, estaba atrayendo a la muchedumbre a las calles y exigió la atención de la Fuerza de Taras 17.

El mayor general Qasem Soleimani en 2005 (Foto: Sipa / Shutterstock).

Usando una plataforma de chat encriptado, un efectivo le envió rápidamente un mensaje sencillo al piloto del dron del 3er Escuadrón de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien estaba a casi a 12.000 km en la Base de la Fuerza Aérea Nellis de Las Vegas: “Mantenga el dron sobre Ciudad Sáder”. El personal de la Fuerza de Tareas 17, que operaba bajo el mando del Comando Conjunto de Operaciones Espaciales, observó cómo la multitud ocupaba las calles. Pronto se hizo evidente que un visitante importante estaba siendo recibido como un héroe. “Fue como si la gente estuviera recibiendo a Obama en las calles de Ciudad Sáder”, dijo un exagente de inteligencia de Estados Unidos. “Fue electrizante”.

Pero las imágenes del dron eran demasiado pixeladas para que los estadounidenses identificaran a la persona importante. En la tienda, el personal de la Marina asignado a la Agencia de Seguridad Nacional se puso manos a la obra, interceptando comunicaciones de Ciudad Sáder en tiempo real para averiguar más cosas sobre la manifestación y sobre el hombre que era el centro de atención. Descubrieron rápidamente la identidad del visitante: el general Qasem Soleimani.

Como líder de la Fuerza Quds, el ala de acciones encubiertas del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, Soleimani patrocinaba a muchas de las milicias chiíes y llevó a cabo una campaña cruel contra las tropas estadounidenses en Irak. La Fuerza Quds estaba proporcionando penetradores explosivos (EFP) a sus representantes de la milicia chií, un tipo de bomba mortal que podría perforar vehículos blindados y cobrarse la vida de más de 600 soldados estadounidenses, pero los EFP no fueron la única razón por la que Soleimani estaba bajo el radar de la Fuerza de Tareas 17. También apoyaba activamente a las milicias chiíes en su sectaria campaña sangrienta contra la minoría sunita de Irak. A principios de este año ayudó a planear un ataque sofisticado y descarado de la milicia chií en unas instalaciones militares conjuntas de Estados Unidos e Irak en Kerbala que dejó cinco soldados estadounidenses muertos.

Los chiís iraquís de las fuerzas de la milicia Badr protestan contra la intervención militar en Yemen, en Bagdad, Irak, en 2015 (Foto: Karim Kadim / AP).

Soleimani estaba en el punto de mira del Predator. “Dijimos, ‘santo ***, es Soleimani, uniendo a un grupo de personas’”, dijo el exagente de inteligencia de Estados Unidos. El dron que rastreaba a Soleimani iba armado con misiles y el ejército estadounidense podría haber matado al comandante iraní ‒y probablemente a muchos otros‒ en un instante. Dentro de la tienda, “había una discusión, por supuesto, de si debíamos hacer algo”, dijo el exagente de inteligencia. Pero incluso si Soleimani hubiera estado solo, los miembros de la fuerza de tareas presentes sabían que el comandante de la Fuerza Quds era “intocable”, dijo el exagente de inteligencia. Mientras observaban, Soleimani se abrió paso entre la multitud, entró en un edificio y desapareció.

Habían pasado más de cuatro años y medio de la ocupación de Irak a manos de Estados Unidos ‒y del esfuerzo paralelo de Irán de sabotear la ocupación‒ y Soleimani también se había dado cuenta de que era intocable. No siempre lo había creído así.

En los primeros años de la ocupación, Soleimani se movía constantemente de un lado a otro entre Irán en Irak, pero siempre había tomado las precauciones precisas de un experimentado oficial de inteligencia, dijo John Maguire, un ex alto funcionario de la CIA destinado en Bagdad a mediados de los 2000. Soleimani se disfrazó de otro rango e identidad, usó solo transporte terrestre y evitó hablar por teléfono o por radio, prefiriendo dar órdenes en persona a representantes y subordinados en Irak, según Maguire. “Sabían que escuchamos a todo el mundo”, dijo.

Soleimani se volvió más audaz. Durante los años del gobierno de George W. Bush, los agentes estadounidenses descubrieron que, varias veces, se había infiltrado en la Zona Verde ‒la zona altamente fortificada de Bagdad en donde se encontraba la Embajada de Estados Unidos‒ con ayuda de contactos en Irak. “Para algunas personas del gobierno de Bush esto fue un poco bochornoso y hubo varios funcionarios que querían detenerlo la próxima vez que ocurriera”, recordó un exagente de la CIA. 

Sin embargo, por el giro que dio la política estadounidense durante la década siguiente, la orden se redujo a mantener al jefe de la Fuerza Quds fuera de las manos estadounidenses. “Se nos pidió nuestra evaluación de cuáles serían las consecuencias y dijimos que los iraníes verían este acto como incendiario”, dijo el exagente de la CIA. “La gente de Bush decidió que una escalada no valdría la pena y siguió adelante”.

En su enorme estación en Bagdad y en bases más pequeñas alrededor de Irak, los agentes de la CIA observaron silenciosamente a Soleimani y sus oficiales tomando gradualmente el control de las instituciones iraquíes, al aprovechar una serie de pasos en falso de Estados Unidos tras el éxito de la invasión inicial en marzo de 2003. “Soleimani se dio cuenta rápidamente de que no entendíamos bien cómo funcionaba Irak”, dijo Maguire. “Se dio cuenta de que la insurgencia ataría a los estadounidenses de pies y manos y que le permitiría matar a los iraquíes que quiso aniquilar durante años”.

Esos iraquíes eran principalmente miembros del ejército de la época de Saddam Hussein que habían luchado en la Guerra entre Irán e Irak en los años 80. Soleimani era un veterano iraní de esa misma guerra. De acuerdo a Maguire, el político chií iraquí Ahmed Chalabi, viceprimer ministro de mayo de 2005 a mayo 2006, le dio a Soleimani o a colaboradores suyos todos los datos que necesitaban para organizar una campaña de asesinatos masivos perpetrados por sus representantes chiís. “Comenzaron a asesinar sistemáticamente en un ciclo de oscuridad”, dijo “Probablemente mataron a 30 000 iraquís de esa manera”.

Qasem Soleimani habla durante la Guerra entre Irán e Irak (Foto: AY-Collection / SIPA / Shutterstock)

Maguire dijo que la CIA estaba monitoreando de cerca todo esto. La agencia y el ejército de Estados Unidos tenían acceso a “muchas cámaras” en Ciudad Sáder que les permitían ver videos en vivo de entrenadores de la Fuerza Quds y su ramificación libanesa Hezbolá instruyendo a milicianos chiís en guerra urbana. Pero cuando los agentes de la CIA le preguntaron al teniente general del Ejército Stanley McChrystal, jefe del Comando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC, por sus siglas en inglés), y a otros altos funcionarios estadounidenses, sobre si atacar a Soleimani y a otras figuras de la inteligencia iraní, de acuerdo a Maguire. “Me dijeron, ‘No, son iraníes’”, dijo. “No le tenían ganas” en el Pentágono

Una directiva del gobierno de Bush poco después de la invasión significaba que la CIA no podía ocuparse directamente del asunto, de acuerdo al exalto funcionario de la CIA. “Estábamos limitados a recolectar información directa”, dijo. “Sin acciones encubiertas, sin operaciones que tuvieran influencia”.

Las contrapartes iraquíes de la CIA estaban frustradas igualmente por la reticencia de Washington a la idea de asesinar a Soleimani. “El servicio de inteligencia iraquí quería matarlo y no podía entender por qué no lo atacábamos”, dijo Maguire. “Pensaban que era el tipo más peligroso de Irak”.

Para los agentes de la CIA sobre el terreno en Irak, Estados Unidos estaba cediendo el campo de batalla a Irán. “A corto plazo cedimos el terreno a los iraníes, luego nos sorprendió la eficacia con la que los iraníes se movieron”, dijo el exalto funcionario de la CIA, quien comparó las acciones de la Fuerza Quds en Irak con el exitoso programa que en los años 80 ayudó a los muyahidines afganos en su primera batalla contra los soviéticos. “Nos hicieron lo que nosotros les hicimos a los rusos en Afganistán. Fue como un programa copiado”.

No fue solo que algunos en la CIA sintieran que tenían las manos atadas. La Fuerza de Tareas 17, la fuerza de operaciones especiales destinada a ir detrás de las milicias chiíes de la Fuerza Quds en Irak, también se vio afectada. El primer ministro iraquí, Nuri al-Maliki, impuso restricciones estrictas a cualquier ataque sobre milicias chiís y especialmente a los operativos de la Fuerza Quds. La fuerza de tareas detuvo con frecuencia a agentes de la Fuerza Quds, pero Maliki siempre obligó a los estadounidenses a liberarlos en pocas horas. Los pocos iraníes asesinados en Irak por las fuerzas de la coalición estaban “en el lugar y momento equivocados”, demasiado cerca de sus adversarios de la milicia chií durante tiroteos o en instalaciones de fabricación de bombas, dijo el exalto funcionario de la CIA. Generalmente, Soleimani y sus lugartenientes sabían que en Irak estaban a salvo. 

Este estado de cosas siguió durante la ocupación de Irak por parte de Estados Unidos. El año pasado, McChrystal, excomandante del JSOC, escribió sobre una oportunidad que tuvo en 2007 para atacar un convoy de la Fuerza Quds en el que iba Soleimani mientras cruzaba desde Irán hacia el norte de Irak. Simplemente decidió “evitar un tiroteo y la polémica política que le seguiría”.

Los funcionarios estadounidenses temían que atacar a Soleimani o a otros oficiales de la Fuerza Quds fuera un riesgo de escalada de tensiones con Irán. “Nadie quería cruzar la línea oficial según la cual no se debía matar iraníes en Irak, porque eso podría habernos llevado a la guerra y teníamos suficiente con Irak y Afganistán”, dijo el exalto funcionario de la CIA. 

Aunque persistió la violencia, hacia finales de los 2000, la Fuerza Quds estaba cambiando su enfoque de atacar al personal militar estadounidense hacia uno de operaciones de influencia política a largo plazo. Con el fin de transmitir mensajes por canales secundarios a Soleimani y a los líderes iraníes, altos funcionarios de la CIA en Irak se reunirían “en secreto con miembros del partido político chií, muy poderosos e influyentes en la política chií en Irak y dirían: ‘Las milicias deben cesar sus ataques a las fuerzas estadounidenses o las consecuencias serán severas para ustedes y sus asesores iraníes’”, recordó Douglas Wise, exjefe de la estación de la CIA en Bagdad.

“Para los iraníes, fue un mensaje fácil, porque ya habían logrado el resultado deseado desde su posición”, es decir, una mayor influencia en Irak y una reducción de las tropas estadounidenses, dijo Wise. En estas reuniones, los líderes políticos chiíes “se sentaron en silencio y escucharon, su jefe tomaba notas, pero sabían que la situación había cambiado”.

Sin embargo, la guerra de poder no terminó por completo. Incluso con la retirada de las tropas estadounidenses de Irak en 2011, Soleimani siguió con los ataques. “Nos estaban golpeando duro con cohetes y EFP”, dijo Douglas London, un oficial de operaciones de la CIA retirado. “Claramente fue solo para desangrarnos (…) Querían asegurarse de que no volviéramos”. 

Con Estados Unidos temporalmente fuera de escena, “Irán aumentó su grado de penetración en el gobierno iraquí”, dijo Daniel Hoffman, exjefe de la división de la CIA para Oriente Medio, pero el surgimiento del grupo Estado Islámico ‒que debe mucho al sectarismo de las milicias chiíes y del gobierno de Maliki‒ llevó de vuelta a las fuerzas estadounidenses a Irak en 2014 para evitar la caída de Bagdad en manos del grupo sunita. Esto hizo que las milicias chiíes y el ejército estadounidense tuvieran que llegar a un incómodo acuerdo obligado, con Soleimani moviendo los hilos de las milicias.

Un misil balístico Zelzal lanzado el segundo día de los ejercicios militares por el grupo de élite de la Guardia Revolucionaria de Irán en una ubicación secreta en 2011 (Foto: EPA-EFE / Shutterstock).

Por ahora, el general iraní ya no estaba operando en las sombras. Fue visto con frecuencia en los campos de batalla de Irak, haciéndose selfies con milicianos y apareciendo muy relajado. El comandante de la Fuerza Quds se “movía impunemente” en Irak, dijo Hoffman. “Aunque estaba en Bagdad, podría haber estado en Teherán”.

Eso facilitó aún más a la inteligencia estadounidense su vigilancia. “Tuvimos información casi diaria sobre su paradero durante la mayor parte de la última década”, escribió el general retirado del Ejército Tony Thomas en LinkedIn tras la muerte de Soleimani.

Thomas, que estuvo al frente del JSOC desde 2014 a 2016 y estaba fuertemente involucrado en la lucha contra Estado Islámico, dijo que había estacionado su avión al lado de Soleimani durante sus visitas a Irbil, capital del Kurdistán iraquí. “Nuca tuvimos las agallas o el interés de hacer algo con él (más allá de ‘sanciones’ que no hicimos cumplir)”, escribió. “La realidad era que tenía capacidad de deambular y hacer lo que quisiera en aquel momento”.

Todavía no había interés por parte de Washington en atacar a Soleimani o a sus subordinados, algo que pudiera desencadenar un conflicto más amplio con Irán, especialmente mientras el gobierno de Obama negociaba con Teherán para llegar a un acuerdo que frenara las ambiciones nucleares de la República Islámica. 

Aunque era un general de dos estrellas, Soleimani se benefició de la opinión entre algunos sectores del gobierno de Estados Unidos de que la Fuerza Quds era una organización de inteligencia. “Desde nuestra perspectiva”, dijo un exagente de inteligencia de Estados Unidos, “la Fuerza Quds era vista como el equivalente a la KGB soviética durante la Guerra Fría: un rival en el juego del espionaje, pero no una organización contra cuyos miembros Estados Unidos pudiera emplear la fuerza letal”.

Incluso después de que los funcionarios estadounidenses concluyeran que alrededor de 2013 Irán podría haber tenido como objetivo encubierto a agentes de inteligencia estadounidenses que trabajan para el Departamento de Defensa en Europa para un posible asesinato, no se llegó a hablar de asesinar a miembros de la Fuerza Quds, según el exagente de inteligencia de Estados Unidos. “No matas a los agentes de inteligencia del otro bando”, dijo el oficial. “No lo llevamos en nuestro ADN”.

Cuando Soleimani salió de un Cham Wings Airbus A320 en el Aeropuerto Internacional de Bagdad y subió a un SUV que lo esperaba a primera hora de la mañana del 3 de enero, claramente tenía la impresión de que estas reglas no escritas seguían vigentes. Considerado durante mucho tiempo como el último gran agente de inteligencia en Oriente Medio, el veterano comandante de la Fuerza Quds no había podido detectar el cambio de actitud en Washington ‒y especialmente, en la Casa Blanca‒ que ahora lo ponía en peligro. Se desconoce si se dio cuenta de la magnitud de su error en la fracción de segundo previa al impacto del misil Hellfire que redujo a cenizas su SUV.

Un vehículo en llamas en el Aeropuerto Internacional de Bagdad luego del ataque aéreo que el 3 de enero asesinó al general Qasem Soleimani, jefe del cuerpo de élite Quds de Irán, tras la orden del presidente Trump (Foto: Oficina de Prensa del Primer Ministro de Irak, a través de AP).

Zach Dorfman, Sean D. Naylor