Así me dio esperanzas 'Mi hermosa lavandería' creciendo siendo gay en un hogar pakistaní

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Photo credit: Alamy
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Cuando era un adolescente torpe y cohibido de 15 años, plagado de deseos gay que aún no había puesto en práctica, recuerdo haber visto Mi hermosa lavandería en casa de mi abuela pakistaní. Estaba sola. Esperé a que ella se fuera a la cama y vi con una sensación de asombro que una existía una película mainstream sobre un inmigrante pakistaní gay que se enamora de un guapo miembro de una banda británica.

Era el año 2005, y mis años de adolescencia los pasé viendo cómo hombres homosexuales tenían papeles principales en la televisión por primera vez en series como Will & Grace o Queer as Folk, así como viendo cómo Graham Norton y Paul O'Grady, abiertamente homosexuales, presentaban programas de entrevistas en horario de máxima audiencia. Pero la película de Stephen Frears de 1985, protagonizada por un jovencísimo Daniel Day-Lewis en el papel de Johnny, un gamberro callejero, fue la primera vez que vi a dos hombres de distintas razas -y no digamos a un compatriota pakistaní- besarse en la pantalla. Quince años después, se me ha quedado grabado.

La película cuenta la llegada a la edad adulta de Omar, un hijo preuniversitario y demasiado obediente, obligado por las expectativas familiares. Tiene que equilibrar una agenda apretada entre el cuidado de sus mayores y la búsqueda de su independencia. Johnny es diferente. Es un marginado libre y despreocupado. Hace alarde de su cuerpo tonificado y ágil. Lleva una melena decolorada. Tiene acento del sur de Londres. En resumen: todo lo contrario a Omar, y a mí, otro hijo asiático que respeta las normas. Esa diferencia era profundamente atractiva.

La familia de Omar formaba parte de la clase media-aspirante asiática: desesperada por conseguir alcanzar un estrato social más alto a través del trabajo duro, y al mismo tiempo buscando la aceptación en un país extranjero actuando como si ya hubiera ocurrido. Con esta mentalidad, Omar se siente en desacuerdo, no sólo al perseguir sus afectos por un hombre blanco y desempleado, sino también al desprenderse del deseo de su padre de que siga estudiando. También desafía las convenciones familiares pakistaníes al negarse a casarse con su prima. En definitiva, lleva una doble vida: es el chico de oro de su familia y el amante de un pendenciero fascista. Su deseo por Johnny es un deseo de otra vida.

Al crecer en un hogar pakistaní de segunda generación, recuerdo las dificultades no sólo para tratar de entender y expresar mi sexualidad, sino para liberarme del papel familiar preestablecido de proveedor y cuidador que recaía sobre mis hombros como hijo único. Aunque este era el Londres de principios de los años noventa, y Omar está en la Gran Bretaña de la época de Thatcher, las normas familiares y culturales perduran, y aunque había salido del armario con mis amigos cercanos en el colegio, todavía estaba metido en el armario en casa. Por primera vez, me había visto representado. En una escena, vemos a Omar cortando a regañadientes las uñas de los pies de su padre en casa un viernes por la noche, y le corta accidentalmente en el pie a su padre cuando recibe una llamada telefónica encubierta de su amante, Johnny.

Johnny está desilusionado con el estatus de la clase trabajadora, y está luchando por encontrar un sentido de identidad en el Londres de los ochenta, lleno de inmigrantes. Sin embargo, cuando Johnny y Omar chocan, en lugar de limitarse a encontrar una forma de llegar a fin de mes, descubren mutuamente un nuevo propósito: Omar para alcanzar la libertad financiera y sexual, y Johnny para escapar de un ciclo de frustración sin salida. Lo que hace que la interpretación de Daniel Day-Lewis sea tan embriagadora es que Johnny no sólo representa el exotismo de un mundo diferente, sino también el de la aceptación y la pertenencia de Omar en el paisaje de un país cambiante. Entonces, Johnny se convierte en el protector y el último participante en la realización de los sueños de Omar.

La sensualidad entre ellos hierve cuando ambos encuentran la pertenencia. Johnny es acogido en la casa de la familia de Omar como trabajador, algo que sirve de catalizador para un beso largamente esperado bajo las luces de la calle. Es la primera vez que vemos a los amantes encubiertos sucumbir a una lujuria incontrolable. Es electrizante.

La siguiente vez es en la trastienda de su recién adquirido local -la lavandería que da título a la película- donde vemos por primera vez a los dos desvestirse, y expresar esos deseos ocultos lejos de las divisiones raciales y de clase que se producen en la Gran Bretaña de Thatcher. Es esta forma de hacer el amor la que transforma el antiguo club social en ruinas en algo hermoso.

Más adelante, la prima de Omar, con la que se esperaba que se casara, identifica su homosexualidad, pero no le da importancia. Viene a buscarlo a la lavandería antes de huir de su propia familia. Johnny le pregunta: "¿Lo has tocado alguna vez?" Como gay cohibido y semicerrado que se ha entrenado para mirar con deseo pero nunca tocar, es aquí donde me acordé del poder y la vulnerabilidad de admitir una necesidad de intimidad física.

Sin embargo, es el momento en el que Omar abraza a Johnny fuera de la lavandería recién renovada, ante un público formado por los miembros de la banda de extrema derecha de Johnny, cuando éste lame en secreto el cuello de Omar, lo que muestra el punto álgido de

Mi hermosa lavandería. Johnny se enfrenta a una acusación de traición por parte de su banda, por "ir a donde no pertenece".

"Todo el mundo necesita su propia tribu", dicen. Pero en ese lametón, Johnny define su nuevo territorio, y se entrega al anhelo que tantos de nosotros sentimos en nuestra adolescencia frente a las mismas personas de las que nos escondemos. Ha encontrado su tribu.

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