¿Por qué la espada de Bolívar se robó el 'show' en la toma de posesión de Gustavo Petro?

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© Luisa González / Reuters

La reliquia se convirtió en una de las protagonistas indiscutibles de la ceremonia que convirtió a Gustavo Petro en el primer presidente de izquierdas de Colombia. Repasamos por qué el arma ocupó un espacio tan importante durante la toma de posesión y qué papel jugó en la guerra y la paz colombianas.

Doscientos tres años separan dos de los días más importantes de la historia de Colombia. Los une una fecha, el 7 de agosto, y una espada.

Hablamos del 7 de agosto de 1819, cuando Simón Bolívar y su Ejército derrotaron a las fuerzas de la Corona española y le dieron la independencia a varios territorios suramericanos, entre los que se encuenrta Colombia. Y también del 7 de agosto de 2022, cuando la espada del libertador se convirtió en protagonista de la investidura del primer presidente de izquierdas en el país, Gustavo Petro.

"Como presidente de Colombia le solicito a la Casa Militar traer la espada de Bolívar. Una orden del mandato popular y de este mandatario". Fueron las primeras palabras que Petro pronunció después de juramentar su cargo en la plaza de Bolívar, en el corazón de Bogotá.

Lo que sucedió después pasará a la historia como un nuevo capítulo de esta arma cargada de simbolismo.

Un tira y afloja presidencial

Después de la orden de Petro, la ceremonia de investidura quedó suspendida durante aproximadamente media hora. Ese tiempo fue el que tardaron los mandos militares en decidir qué hacer: si seguir las órdenes del ahora exmandatario Iván Duque, quien había dispuesto que la espada quedara resguardada en la Casa de Nariño, sede del palacio presidencial; o de Petro, que se acababa de convertir en Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas.

El pulso lo ganó finalmente Petro y los soldados del escuadrón de honor se pusieron rápidamente manos a la obra. Vistiendo un uniforme diseñado en honor al que vestía el Ejército de Simón Bolívar, recogieron la espada en una urna y la transportaron hasta la tarima donde esperaba el recién juramentado presidente.

La relativa rapidez se debió a que, en principio, todo estaba preparado para que esta reliquia estuviera presente en la investidura: todo se había acordado con la Administración saliente. La fabricación de una urna especial donde se transportaría, la disposición de la mesa sobre la que reposaría y hasta hacerle un seguro especial a la espada durante el día que saliera al aire libre.

Sin embargo, faltando pocos días para el cambio de Gobierno, el equipo de Petro denunció que Duque, conservador, ahijado político del expresidente Álvaro Uribe y claro opositor al nuevo presidente izquierdista, estaba impidiendo que la espada formara parte de la ceremonia.

El tira y afloja se hizo de dominio público y el arma brilló por su ausencia durante la primera parte de la investidura; una ausencia que solo contribuyó en hacer brillar todavía más su aparición.

Ya con la espada en la tarima, Petro declamó: "Esta espada representa demasiado para nosotros, para nosotras, y quiero que nunca más esté enterrada, quiero que nunca más esté retenida, que solo se envaine —como dijo su propietario, el libertador— cuando haya justicia en este país. Que sea del pueblo: es la espada del pueblo y por eso la queríamos aquí en este momento y en este lugar".

La inmovilidad real

La llegada de la espada de Bolívar se convirtió en un momento emocionante: todas las personas de las delegaciones de países extranjeros se pusieron de pie para recibirla.

El presidente de Chile, Gabriel Boric; el de Argentina, Alberto Fernández; el de Bolivia, Luis Arce; incluso el de Ecuador, Guillermo Lasso, conservador abucheado a su llegada a la ceremonia, se levantó para rendir homenaje a la figura histórica que también le ganó la independencia a su país.

De hecho, pudieron ver la espada de Bolívar altos representantes de cinco de los ahora seis países que lograron su primera independencia gracias a este militar: Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Panamá (Venezuela no estuvo invitada a la ceremonia).

Sin embargo, hubo un movimiento que contrastó con todas las otras muestras de respeto. O mejor dicho, una falta de movimiento: el rey Felipe VI de España fue el único que permaneció sentado mientras seguía con su mirada el arma histórica que hace más de doscientos años blandieron en contra de su propia Corona.

El gesto cavó una zanja todavía más profunda entre el jefe de Estado español y el público que acudía a festejar la investidura de Petro, que ya lo había abucheado a su llegada a la plaza. Al fin y al cabo, los movimientos indígenas colombianos, que todavía sufren las heridas del genocidio de la colonización, han sido unos de los que le dieron la victoria electoral al actual presidente.

El ciclo de la guerra y la paz

Esta vez, sin embargo, no es la primera ni la segunda vez que la espada de Bolívar protagoniza un capítulo de la guerra y la paz colombiana. El 17 de enero de 1974, una recién nacida guerrilla la robó de la Quinta de Bolívar, un museo en el centro de Bogotá donde reposaba el arma.

Se trataba del Movimiento 19 de abril (M-19), un movimiento armado mayoritariamente urbano conocido por los golpes de efecto de sus acciones, como este robo.

En el lugar de la reliquia, los guerrilleros dejaron la siguiente nota: "Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos y apunta ahora contra los explotadores del pueblo".

Unas palabras que, de alguna forma, hacen eco con las de Petro, y no es casualidad: el presidente, décadas después del robo, formó parte del M-19 y comparte, al menos parcialmente, la ideología que ve a Bolívar como un referente de la izquierda y de la soberanía panamericana.

Así es como se cierra el círculo: después de mantener la espada escondida durante diecisiete años en Cuba, según informó este lunes el entonces número 2 de la guerrilla, Antonio Navarro, el M-19 firmó un acuerdo de paz y devolvió el arma al Gobierno colombiano en 1991 como símbolo de reconciliación.

Una reconciliación que no estuvo exenta de dificultades, pero que, más de treinta años después, permite que un exguerrillero del M-19 sea presidente de Colombia y presente en su investidura la espada de Bolívar, esta vez de forma legítima.