“Ese vestido no es para tu cuerpo”. Tengo una talla 36 y estoy gorda

Vi el vestido. Allí colgado, de una pared blanca. Lo vi y sentí un flechazo instantáneo. Esto es amor, pensé. Esto debe ser amor. Era precioso, corto, marcando cintura, estructurado, de un rosa intenso. Lo vi y enseguida quise probármelo. Era ideal para el evento de photocall que tenía.

Él, a mi lado, debió de ver cómo lo miraba, pero no dijo nada. Viendo lo que pasó después, imagino que se estaba haciendo el tonto para ver si me olvidaba del vestido. Pero no. Había tenido un flechazo y eso no se podía olvidar. ¡Qué bonito! Le dije. Sí, fue su lacónica respuesta. ¡Qué bonito!, le insistí. ¿Me lo puedo probar?

Carme Chaparro



Me miró. Me volvió a mirar. Y abrió la boca. No es para ti, dijo, ese vestido no es para ti. ¡Ah!, que está reservado ya, le contesté, inocentemente. No. Pero no es para tu cuerpo, soltó. No te cabe.

No es para tu cuerpo. No te cabe.

Zas. En toda la cara. Una hostia bien dada de manual. El señor diseñador del vestido me dijo que mi cuerpo no era digno de llevar su ropa.

Verán: yo tengo una talla 36 que a veces tiende a 38. Y soy bajita: mido 1,64. Pero ese vestido no era para mi cuerpo. Porque yo no tengo cuerpo de pasarela. Bueno, en realidad, prácticamente ninguna mujer tiene cuerpo de pasarela aunque la Industria se empeñe en hacernos creer lo contrario. Incluso las llamadas modelos con curvas, esas que se nos venden como sinuosas mujeres normales, tienen una talla 34, no más.

Si ese idiota me llega a pillar más joven, o con la cabeza menos amueblada, quizá me habría ayudado a convertirme en una anoréxica o una bulímica. Y, aún así, me hizo sentir mal con mi propio cuerpo, mal conmigo misma, mal por comer pan, y helados, y pasta, y chucherías, y muchas cosas que engordan. Me hizo sentir mal por no tener tiempo ni dinero para pasar horas con un entrenador personal modelando mis músculos y un dietista diseñando lo que como. Me hizo sentir mal por no haber pasado por quirófano. Me hizo sentir mal por haber dejado que mi cuerpo fuera el cuerpo con el que nací: ni más, ni menos y sin hacer nada por mejorarlo.

Las mujeres de la pasarela no suelen existir en la vida real. Algunos cuerpos son así, algunas mujeres son genéticamente altísimas y delgadísimas. Pero la gran mayoría no. Incluso muchas de las que se suben allí arriba. Ellas mismas han contado cómo llegan incluso ya no a dejar de comer sino a comer algodones empapados en agua para engañar al hambre, o cómo dejan de tomar incluso agua para estar perfectas para un desfile de ropa interior.

Pero es lo que nos venden.
 
Y lo que les compramos. Porque ¿cuántas de todas las mujeres –y hombres- que estáis leyendo esto, no os sentiríais secretamente mejor con cinco kilos menos?