La escena de 'Pájaros de papel' que con lo de Ucrania da vueltas en mi cabeza

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Últimamente me dan ganas de apagar el televisor ante las imágenes desgarradoras que llegan desde Ucrania, pero por mucho que desconecte de la cruel realidad no implica que ésta deje de existir o que me pueda olvidar tan fácilmente. A las pruebas me remito dado que estos días me vengo refugiando en el streaming, pero la guerra que se libra en el país de Europa Oriental vuelve a mi cabeza constantemente hasta el punto de que viendo una película española de 2010 se me han saltado las lágrimas. Y es que en Pájaros de papel hay una escena que me evoca directamente a la barbarie que se respira tras la invasión rusa.

Cartel de Pájaros de Papel
Cartel de Pájaros de Papel

En la madrugada del pasado 24 de febrero, el presidente ruso Vladímir Putin cumplía con la amenaza de una ofensiva contra Ucrania y el ejército ruso procedía a la invasión por tierra y aire para desmilitarizar el país. El gobierno ucraniano anunció que las tropas rusas habían tomado la central de Chernóbil y el 28 de febrero solicitó su admisión inmediata en la Unión Europea. En los últimos días el conflicto se ha recrudecido con bombardeos en la torre de telecomunicaciones de Kiev y misiles alcanzando edificios gubernamentales y residenciales en Járkov, la segunda ciudad más poblada de Ucrania, mientras Estados Unidos y los países de la Unión Europea ya han anunciado diversas sanciones contra Rusia. Claro que si hay algo que encoge el corazón es que más de un millón de personas haya huido del país en el que es ya el mayor éxodo de Europa en décadas.

Ahora mismo Ucrania es horror, pero también esperanza en los ojos de miles de niños que no han dejado de ser precisamente eso, niños, aunque se hayan quedado sin casa y se hayan convertido en los grandes damnificados de esta guerra. La periodista Diana Mata se emocionaba el pasado miércoles en Al rojo vivo tras informar sobre cómo muchos adultos refugiados tocaban instrumentos y bailaban para los más pequeños en el suburbano, unas imágenes que a mí personalmente también me llegaron al corazón consciente del enorme impacto psicológico que este conflicto está teniendo en los menores.

Una huella insondable en la infancia que justamente se refleja muy bien en la película Pájaros de papel, disponible en HBO España. Hace unos días volví a ver por casualidad esta comedia dramática escrita y dirigida por Emilio Aragón e, inevitablemente, vista en nuestros días, me hizo viajar mentalmente a Ucrania. Aunque esta cinta nominada a dos Premios Goya (Mejor dirección novel y Mejor canción original) pone el foco en la guerra civil española y en la posguerra, al fin y al cabo, y salvando las distancias con el conflicto actual, todas las contiendas tienen un común denominador en cuanto a que provocan destrucción, muerte, dolor y miseria.

Por si en su día no viste Pájaros de papel, esta película sigue a un grupo de artistas de vodevil a los que la guerra civil española (1936-1939) les arrebató todo menos el hambre. La crudeza de la cinta alcanza su clímax rápidamente, con Jorge del Pino (Imanol Arias) encontrándose su casa en ruinas y a su esposa e hijo muertos tras un ataque aéreo. La historia atrapa definitivamente cuando corre en el tiempo un año, mostrando cómo este músico forma una curiosa familia con el ventrílocuo Enrique Corgo (Lluís Homar), la cupletista Rocío Moliner (Carmen Machi) y el huérfano Miguel Puertas Maldonado (Roger Príncep). Concretamente este niño se convierte en el personaje más luminoso de toda la producción, intentando seguir adelante cada día con el aliciente de la música.

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Pájaros de papel escenifica de una forma magistral que cuando el hambre y el frío hacen acto de presencia no hay chiste ni canción que valga para pasar el rato o sobrellevar el drama. Y es esta la escena que me rompió, con el pequeño robando arroz en una tienda con un apetito voraz y diciéndole a Jorge que se tenían que marchar apresuradamente. Pero, en ese preciso momento, se le caen los granos robados al suelo y se descubre el pastel.

“Yo no quería. El arroz se estaba cayendo. Él me miraba a mí y yo le miraba a él. ¿Qué podía hacer? Me estaba llamando”, se justificaba Miguel con una inocencia que traspasa la pantalla. Con esta escena no pude evitar emocionarme, y de hecho sigue dando vueltas en mi cabeza, al hacer una comparativa mental con el conflicto de Ucrania y pensar en todos los menores que desde que estalló la guerra están sufriendo en sus propias carnes la penuria y el miedo. Después de todo, el pequeño protagonista de Pájaros de papel se vio abocado a robar por el contexto que le tocó vivir y me da pánico imaginar el presente que les espera en la vida real a cientos de menores ucranianos cuya única preocupación debería ser jugar y tener una infancia feliz.

Si bien esta es la escena que más me impactó, también quiero resaltar la resiliencia que refleja durante toda la historia el personaje encarnado por Imanol Arias, evidenciando que su vida perdió el sentido el día que murió su familia y que, al final, lo que se hace es sobrevivir al horror: “Cuando te maten un hijo sabrás lo que es sufrir. No te importa nada. Ni puedes comer ni puedes dormir y, cuando lo consigues, te despiertas con el mismo tormento. La misma agonía. Se te pasa porque tienes tanto dolor que no te importa nada. Y solo quieres matar. O solo quieres morir”.

“¿Sabes cuántas veces he jugado a quitar la espoleta de la granada y, en vez de lanzarla, quedármela en la mano? Hasta que, un día, con una granada en cada mano, mirara donde mirara solo veía los ojos de mi mujer y de mi hijo y dije: basta. Un día te despiertas y crees que la guerra ha terminado, que no va a haber más muertes y que la vida continúa, y tú solo te quieres morir, continúa demostrando las secuelas de la guerra.

En resumen, cuánto me acuerdo estos días de la actuación de Roger Príncep en Pájaros de papel. En el primer largometraje dirigido por Emilio Aragón el actor, que por cierto ya tiene 23 años, interpreta un personaje que ahora mismo bien podría representar a cualquier niño ucraniano a quien la guerra les ha quitado literalmente todo.

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