Entre ser Clooney y ser Quasimodo, hay un término medio

Ernesto Valverde durante el partido entre el Barça y el Athletic. (Foto: Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images)

Quentin Tarantino y George Clooney no solo han trabajado juntos sino que han compartido minutos en escena interpretando a dos hermanos (Abierto hasta el amanecer, 1996). Estos días, ambos han sido noticia.

El primero, por el estreno- en España- de su penúltimo largometraje antes de retirarse del mundo del cine y que ha sido recibido con división de opiniones por parte del público. El segundo, sin saberlo, ha sido noticia en Barcelona por las declaraciones del entrenador del que un día fue el mejor equipo de fútbol del mundo.

Aquí también hubo división de opiniones en su día. Ya no la hay.

Después de tan solo una jornada de Liga, el recelo sobre Ernesto Valverde es ya unánime. Universal. Irónicamente, hasta hace pocos meses, el que alzaba la voz en tono crítico sobre el fútbol del equipo azulgrana era poco menos que un paria. Hoy, el apestado es el que no pide la destitución de Valverde. Tal vez sabedor de esta circunstancia, el técnico mostró un escudo preventivo en la rueda de prensa previa al arranque liguero. “Si me comparan todo el día con George Clooney, lo tengo difícil” dijo Ernesto sobre el tan manido símil entre el momento actual y la etapa más brillante de la historia del club. Más allá del tedio de tener que recordar nuevamente que nadie exige volver a 2009 y que hay muchos otros Barças que han entretenido más que el actual, la sentencia del míster es interesante por varios motivos.

El primero, como hemos insinuado, por el momento en el que se produce. Valverde no esgrime este argumento en la rueda de prensa post-partido como reacción a una crítica. No. Lo hace en la previa. Sabe perfectamente lo que se le viene encima y su aviso Clooneyístico es un buen tráiler de la temporada que nos espera a todos para completar su trilogía del aburrimiento: tres años de fútbol muy competitivo pero desesperantemente anodino. Tanto que el Barça ya ha perdido hasta la capacidad de entretener al espectador, de ser primer plato de una competición. Hay un motivo por el que la Opening Night de la NBA tendrá a los Lakers y a los Clippers viéndose las caras en el Staples: que son los dos equipos más emocionantes de la competición (ambos afincados en Hollywood, por cierto). Es la misma razón por la que el excitante Liverpool de Klopp abrió la Premier en su noche inaugural, seguido por un City que ganó 0-5 a domicilio. Espectáculo puro. Tras la primera parte de San Mamés, no cuesta demasiado imaginar a Tebas refunfuñando en una esquina, dudando de si ese era el show adecuado para proyectar al mundo y reclutar nuevos fieles a la competición.


El segundo motivo por el cual la comparación de Valverde es interesante tiene que ver con el esfuerzo y la intención de mejorar. Ser guapo no es una decisión. Intentar jugar bien al fútbol, sí. Muchos de nosotros no seremos nunca como Clooney y - excepto un carísimo paso por los quirófanos- no hay nada que podamos hacer para recortarle distancias al bueno de George. En cambio, la lista de elementos a mejorar que desplegó el equipo sobre el césped de San Mamés es preocupantemente interminable. La lógica indica que hay que ponerse manos a la obra pero si la actitud es la de escudarse en que “nunca seremos como aquél con el que nos comparan”, no hay nada que hacer. Si ese es el punto de partida, la batalla está perdida desde el inicio.


El tercer y último motivo es la gradación. La paleta de grises. Entre ser George Clooney y ser Quasimodo hay un abanico de opciones en las que el aficionado azulgrana se sentiría cómodo. Para plantar cara a la tiranía de la belleza y a lo superfluo de la comparación, diremos que la verdadera hermosura del jorobado de Notre-Dame estaba en su interior. No todo es la belleza de tu fútbol, puedes tener otras cualidades que lo compensen. El barça de Robson no es que elaborara un juego preciosista. De hecho recibió varias pañoladas en goleadas en el Camp Nou. Eso sí, le metía un balón en profundidad De la Peña a Ronaldo y ahí se acababa todo. El de Luis Enrique no quería tanto el balón como el de Guardiola pero te mataba en velocidad con tres aviones supersónicos. Puedes no jugar un fútbol extremadamente estético y ser inapelable de cara a puerta pero hasta el Barça de Valverde parece estar perdiendo esa contundencia. Aparentemente al equipo no le queda ni lo mejor que tenía: el típico ridículo posterior de su máximo rival.

Esto acaba de empezar. Messi no ha debutado aún. Hay tiempo de sobras. Pero saltar al campo con la actitud de que nunca serás Clooney no te va a llevar a ningún sitio. Hay que mirarse al espejo y gustarse. La prueba de que este equipo puede jugar bien es que algún día lo ha hecho. En los clásicos. En Wembley. En la última Final de Copa de Iniesta. En esos escenarios nos pareció ver por un momento las apuestas canas de uno de los actores más elegantes de Hollywood.

De todo aquello empieza a hacer mucho tiempo ya.