Nadie va a enseñar a jugar al fútbol a Messi, pero es momento de que sea consciente de sus limitaciones

Albert Ortega
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Leo Messi during the match between FC Barcelona and Real Betis Balompie, corresponding to the week 9 of the Liga Santander, played at the Camp Nou Stadium, on 07th November 2020, in Barcelona, Spain. (Photo by Urbanandsport /NurPhoto via Getty Images)
Leo Messi en el partido frente al Betis. (Foto Urbanandsport /NurPhoto via Getty Images)

Ha tardado más de una década en dar señales de vida, pero por fin podemos asegurar que Leo Messi es humano. Repito: no está formado por cables y conexiones eléctricas. Es un ser terrenal y con límites al que la edad de 33 años ha empezado a levantarle barreras físicas a un fútbol irreal. El que le permitía arrancar desde el círculo central del campo de juego, driblar a cuatro rivales consecutivamente y acabar sellando un gol inviable para el resto de futbolistas terrenales.

Leo sigue siendo Messi, pero sus obras ya no alcanzan el calificativo de milagro. Leo juega, pero no levita. Leo dribla, pero no se sale con la suya. Leo encara, pero la moneda ya no sale -casi- siempre de cara. Leo, en definitiva, se encuentra en el despiadado proceso de palpar su nueva realidad y asumirla. Por doloroso, complicado y duro que parezca, el argentino ha envejecido y así lo evidencia su fútbol. Por eso le cuesta mucho más desbordar a sus adversarios.

Por el camino, el ‘10’ se ha tropezado con dos proyectos en (re)construcción cuyos dilemas superan las certezas actuales. Algo que tan solo se encarga de agravar la situación. Tanto con la camiseta azulgrana como con la albiceleste, Messi repite comportamientos, vicios y dificultades. Especialmente cuando la pelota no le llega en buenas condiciones a través de una salida de balón engrasada y, como resultado, no puede conectar con el cuero tanto como a él le gustaría.

Así lo explicaba Dani Alves en el programa ‘Bem amigos’: “Yo realizaba mucho un pase -el del lateral al extremo- que no le gustaba a Pep Guardiola. Ese pase es un pase falso porque para que el balón le llegue al extremo y se generen ocasiones de gol sin perder el balón, el pase del lateral debe ser al medio y el del medio, al extremo. En cambio, yo conectaba muchas veces con Messi así. Cuando Guardiola se enfadaba, yo le respondía: ‘No, míster, discúlpeme, pero si Messi pasa dos minutos sin tocar la pelota, se desconecta del juego’. Entonces, como Messi tiene que estar preparado para ganar el partido, él debe estar conectado con el juego. Y yo me voy a encargar de conectarlo”.

El argentino se salta los pasos necesarios que dicta el sistema, invade otras zonas y pisa un terreno que no le corresponde. Necesita tocar el balón tantas veces como sea posible. No importa que esto impida entrar a otros compañeros en juego, altere la pizarra o lo más importante: sea en zonas sensibles o poco dañinas para el rival. Sin embargo, lo que hasta hace poco salía rentable, ya empieza a ser contraproducente para su propio equipos.

Leo Messi
Leo Messi viene a recibir el balón en el círculo centra ante el Sevilla, esta temporada.
Leo Messi
El argentino conduce el balón cerca del círculo central para superar la presión del conjunto de Lopetegui.
Leo Messi
El '10', en posiciones de interior, busca filtrar un balón a los delanteros.
Leo Messi
Messi, muy retrasado, ante el Dinamo de Kiev en la Copa de Europa.
Leo Messi
El '10' azulgrana actuando en la base en el Barça de Quique Setién.
Leo Messi
El '10' azulgrana actuando en la base en el Barça de Quique Setién (II).
Leo Messi
El '10' azulgrana actuando en la base en el Barça de Quique Setién (III).
Leo Messi
Leo Messi baja hasta el círculo central a recibir la pelota con Argentina.
Leo Messi
Leo Messi baja hasta el círculo central a recibir la pelota con Argentina (II).
Leo Messi
El rosarino recibe el cuero en campo propio ya que la selección albiceleste no logra superar la presión hombre a hombre de Paraguay.

El ‘10’ baja a recibir hasta su propio campo y se aleja de la zona donde más ventajas le genera a su equipo: la frontal del área. Leo pierde su componente mortífero, acumula fatiga y se desfonda en tareas más propias de los centrocampistas de base y los interiores que de un mediapunta. Messi, como cualquier otro futbolista de su edad, no se puede multiplicar en diversos roles alejados de la zona de castigo y esperar que esto no le pase factura en los metros finales. No es casualidad que esta temporada estemos viendo la versión más desacertada del argentino en los últimos metros.

El mejor ejemplo es el más reciente. Ante Paraguay, Leo jugó rodeado de tres centrocampistas (Paredes, De Paul y Lo Celso) con alma de enganche que deberían haberle surtido de los balones suficientes como para mantenerlo activado, pero él acabó viniendo a buscar la pelota. Hasta que Lo Celso no empezó a combinar con Leo y a nutrirle de buenos balones en el balcón del área, Messi insistió en salir de su zona.

El rosarino lleva siendo el eje del juego de sus equipos desde hace tanto tiempo que cuesta disociar juego (colectivo) y jugador (individuo) en sus partidos. Messi ha sido principio y fin. El relato del héroe acostumbrado a que sus conjuntos no le brinden todo lo que necesita. Incluso ahora que puede que sí estén en el camino de dárselo. La necesidad de sus proyectos respecto a su figura ha sido tal que no concibe no ser la pieza angular del juego y esperar su momento para intervenir. A veces menos es más, pero qué difícil es desterrar ciertos vicios con el paso del tiempo.

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