La encrucijada de los republicanos ante la negativa de Trump de reconocer la derrota

Julio Túpac Cabello
·5 min de lectura

Es fácil juzgar a los republicanos en tanto que han postergado su apoyo a la institucionalidad para atender la negativa del Presidente de reconocer el resultado electoral. Pero ponerse en sus zapatos hace comprender que sus posibilidades no son ni fáciles ni simples. No es solo un tema de principios o de "la verdad”

US Senator Majority Leader Mitch McConnell (R-KY), poses with newly elected Republican Senators, left to right, Senator-elect Cynthia Lummis, R-Wyo., Senator-elect Tommy Tuberville, R-Ala., Senator-elect Bill Hagerty, R-Tenn., and Senator-elect Roger Marshall, R-Kan. On Capitol Hill in Washington, DC on November 9, 2020. (Photo by KEN CEDENO / POOL / AFP) (Photo by KEN CEDENO/POOL/AFP via Getty Images)
El líder del partido Republicano Mitch McConnell ahora es el que parece entender a los más de 70 millones de estadounidenses que han votado por Trump y no encuentran cómo drenar su derrota, a los que el mismo presidente no se ha dirigido. (Photo by KEN CEDENO / POOL / AFP) (Photo by KEN CEDENO/POOL/AFP via Getty Images)

“El problema es que a los republicanos no les ha ido mal en la Cámara Baja y en el Senado. Sería totalmente inconsistente que ellos se sumen a una denuncia de un acto fraudulento donde el único perjudicado es Trump y, sin embargo, ellos han salido beneficiados con la elecciones que se ha dado”, precisó José Miguel Vivanco, de Humans Rights Watch, que ha estado observando de cerca el proceso eleccionario estadounidense. Eso complejiza el rol de los republicanos en esta hora, pero si lo vemos más de cerca, la circunstancia es aún mucho más compleja.

US Senator Majority Leader Mitch McConnell (R-KY), poses with newly elected Republican Senators, left to right, Senator-elect Cynthia Lummis, R-Wyo., Senator-elect Tommy Tuberville, R-Ala., Senator-elect Bill Hagerty, R-Tenn., and Senator-elect Roger Marshall, R-Kan. On Capitol Hill in Washington, DC on November 9, 2020. (Photo by KEN CEDENO / POOL / AFP) (Photo by KEN CEDENO/POOL/AFP via Getty Images)
El Senador Mitch McConell, muy odiado desde las filas demócratas, es un astuto y experimentado político que como pocos podría lidiar con una situación tan compleja como la que se vive en EEUU. (Photo by KEN CEDENO / POOL / AFP) (Photo by KEN CEDENO/POOL/AFP via Getty Images)

Para el Partido Republicano son muchas las aristas a cuidar. Por una parte están los aliviados: decenas de líderes republicanos de toda la vida que desde hace mucho desean salir de Trump, un Presidente que ha chantajeado sus gestiones, que amenaza con hacer campaña contra ellos si no se cumplen sus órdenes, que ha desconocido la base de un partido que está tan enraizado como la historia misma del país en sus habitantes.

Por otra parte está el liderazgo asociado a Trump. Tengan méritos propios o no, muchos de los representantes políticos del partido republicano, en gobernaciones, alcaldías, en la Casa de Representantes, en el Senado, son el producto de un fanatismo furibundo que ha producido el carisma del Presidente en una parte de los estadounidenses. Darle la espalda al Presidente, en este momento, equivale a decirle a sus electores que también a ellos se les está dando la espalda. Como dice el analista Jeremy Peters del New York Times, "Trump perdió la elección, pero los republicanos saben que aún es su partido".

Por otro lado, y ésta quizás es la consideración más importante en esta encrucijada, está el rol de los que piensan en el país, en los electores de Trump y en el partido al mismo tiempo.

Política para canaliza

La gran mayoría del país y sus instituciones reconocen que Joe Biden ha sido el ganador de las elecciones, pero no es ni debe ser descartable que una inmensa cantidad de población sigue fervientemente lo que Donald Trump considere, y el mandatario, que no ha salido de su cueva (hipotética) del twitter, está empeñado en hallar caminos legales para desconocer la elección y reta a los poderes constituidos.

¿Qué hacer? Mientras esa situación permanezca así, esa gran cantidad de estadounidenses no estarán listos emocional y psicológicamente para reconocer a Joe Biden como Presidente, así que el efecto del mensaje unificador del demócrata electo tendrá muy poca viabilidad.

Por el contrario, son una fuerza ciudadana frustrada, con riesgo de implosionar. Entender eso nos permite interpretar la línea que ha lanzado el Senador Mitch McConell, muy odiado desde las filas contrarias, pero un astuto y experimentado político que como pocos podría lidiar con una situación tan compleja como la que se vive.

¿Qué hace McConell? Atiende a los más de 70 millones de estadounidenses que han votado por Trump y no encuentran cómo drenar su derrota, ante un líder que no les ha dado la cara. ¿Cómo? Dándole viabilidad legal al descontento: si el Presidente tiene motivos para desconfiar de los resultados, tiene todo el derecho de buscar evidencias y mostrarlas ante los tribunales, dice. Es una idea que ha empezado a repetirse en el liderazgo republicano y que se muestra como una canalización de una muchedumbre a la que Trump le dice que le han robado las elecciones.

Aunque desde el punto de vista institucional es una movida peligrosa, en tanto que da validez a la desconfianza (uno de los bienes más potentes de las sociedades desarrolladas), desde el punto de vista político es sabia y desde el punto de vista legal, impecable.

¿Quiénes sufren?

La juventud republicana, el futuro del partido. Una vez más postergado. Esperando que se limpie el terreno de la derrota para empezar a proponer nuevas ideas en una organización que se ha extraviado bajo el liderazgo de un Presidente personalista, arbitrario y de principios contradictorios.

El país. Estados Unidos vive una crisis sanitaria, económica y social urgente y tiene un poder ejecutivo saliente paralizado y un gobierno electo detenido ante la negativa de quien está en la Casa Blanca.

Y la democracia. Hay una herida abierta en la sociedad estadounidense, y mientras más días pase el país esperando a que una persona acepte la realidad, más dañina será. Pero bien parece que no queda otro remedio. Es uno de los costos de haber entregado a un populista la democracia. Aún está por calcularse el balance general.

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