El último romántico

Esther Bedia Alonso

“Porque si el amor es amor y lo es desde siempre yo debo cambiar”, cantaba el italiano Nicola di Bari mucho antes de que naciera Christian. Casi seguro que él no se inspiró en esa vieja balada pero ¿qué importa? Lo hizo. Cambió su vida por amor. Con 27 años dejó todo lo que conocía y se instaló con su pareja, Ruth, en un pequeño pueblo de Galicia. ¡Ah! Y ahora tiene una burra.



Christian nació en Madrid en 1979. Tras terminar Periodismo trabajó en varias discográficas y en la última por la que pasó le enviaron a Ortigueira (A Coruña) para llevar la producción del festival folk de la localidad. “Allí conocí a Ruth, ella es bailarina y actuaba en el festival”, recuerda Christian. De lo que nació entre ellos poco hace falta decir, así que cuando él tuvo que volver a Madrid mantuvieron la relación a distancia. A los dos meses, Christian estaba haciendo las maletas.

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“Valoramos las posibilidades de cada uno en cada sitio y al final decidimos que lo más fácil era venirme yo a Galicia. ¿Qué es lo peor que me podía pasar? Que las cosas fueran mal y tuviera que volver. Tampoco me hubiera parecido un paso atrás ni un fracaso”, cuenta Christian, hijo único y huérfano de padre desde los 19 años. Aún recuerda la noche en la que le contó la noticia a su madre. La llevó a cenar y le dijo: “Lo que no quiero es estar dentro de dos años en Madrid pensando por qué no me fui”.

La primera reacción entre la mayoría de sus amigos fue: “Estás como una cabra”. “Luego intentaban apoyarme”, ríe Christian. Ante las amistosas dudas sobre su cordura, él prefiere definirse como “el último romántico”: “Dejar las cosas por amor ya no lo hace casi nadie. Es bastante extraño a no ser que tengas una relación larga. Pero ¿después de dos meses? No es lo habitual”.

El último romántico

Christian confiesa que “con más años” se imaginaba a sí mismo viviendo en el campo. Su plan era “trabajar poco tiempo” y retirarse fuera de la ciudad: “Lo veía como un sueño a largo plazo. Quería tener un burro y un olivo”. Sin embargo, encontrarse con Ruth estaba resultando toda una catarsis: “No creo que me hubiese planteado nada si no la hubiera conocido”.

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En 2006 Christian aterrizó en Galicia con “un colchón muy reducido” y, por tanto, con la urgencia de encontrar trabajo y un lugar donde vivir. En vez de irse a un piso optaron por buscar una casa en el campo, y este trámite se convirtió en una odisea: “Nos pasó de todo. ¡Llegaron a enseñarnos una casa con disparos en la ventana! Parecía la casa de Los Otros”. A punto de tirar la toalla, llegaron a Andeiro, una aldea de 300 habitantes en el municipio coruñés de Cambre. Sus caseros son un matrimonio de septuagenarios: “Después de siete años y pico nuestra relación con ellos es tremendamente especial. Les considero mi familia aquí”. Con el trabajo hubo más suerte desde el principio: “A los cinco meses de llegar me contrataron en una agencia de comunicación en la que aun sigo”.



A partir de ahí empezó la adaptación de Christian a su nuevo entorno, a otras actitudes e incluso a otro idioma: “He descubierto que el concepto de comunidad es espectacular. Aquí todo el mundo te ayuda si tienes un problema. Cuando vivía en Madrid, en un bloque de 120 viviendas, creo que podría conocer a un 10% de mis vecinos. Ahora tengo trato con casi todos”. De hecho, fueron unos vecinos los que le ayudaron a cumplir su sueño regalándole su primera burra. “Me la trajeron con un lazo rosa inmenso”, ríe Christian. Aquella murió de vieja cuatro años después, pero ahora tienen otra que compraron tras una ardua negociación en gallego. Lo del olivo, que parecía más fácil, todavía no se ha logrado porque Christian les tiene alergia (aunque también la tiene al polen y vive en el campo).

Hoy por hoy descarta rotundamente la posibilidad de volver a vivir en al capital española: “Cuando echamos de menos conciertos o espectáculos, nos movemos. Eso es fácil de encontrar. Pero lo que tengo aquí no lo tendría en Madrid”. Es entonces cuando Christian se lanza a hablar de su huerta, del sabor de lo que planta, de los 20 minutos que tarda en llegar al trabajo, de las noches en el porche... Está claro que siguiendo el amor ha encontrado mucho más.