El salto cualitativo de Stranger Things: la tercera temporada saca otro sobresaliente

Reconozco que me suscribí a Netflix por Stranger Things después del pelotazo que experimentó tras el lanzamiento de la primera temporada el 15 de julio de 2016. Coincidiendo con la celebración del Día de la Independencia en Estados Unidos, la plataforma de streaming acaba de estrenar la tercera tanda de esta serie creada por los hermanos Duffer. Y yo no me arrepiento de haber caído en la tentación.

(©Netflix)

Tras visionar los dos primeros episodios he de decir primeramente -además de que los protagonistas están con las hormonas en plena ebullición y aparecen muy cambiados por el evidente paso de la niñez a la adolescencia- que Stranger Things ha dado un salto cualitativo. La verdad es que después de dos años de descanso no esperaba menos.

El arranque en sí ya resulta muy llamativo con cuatro minutos sin diálogo que bastan para volver a enamorarnos y para establecer el tono, recordándonos que el peligro está a la vuelta de la esquina en Hawkins para amargar las vacaciones a la pandilla protagonista. A pesar de que estos, en plena edad del pavo, afrontan una nueva aventura en la línea de las ya vividas en las dos anteriores tandas, la historia consigue engancharnos de nuevo y, lo que resulta más complicado a estas alturas, mantiene nuestra capacidad de asombro. En buena parte esto se debe a que el elenco tiene más experiencia delante de las cámaras y se desenvuelve con otra gracia, pero también a la propia transición del invierno al verano que ha renovado la dinámica de la historia.

Noah Schnapp, Caleb McLaughlin, Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Sadie Sink, Charlie Heaton, Natalia Dyer (cortesía de Netflix)

Como la vida misma, la propia pubertad provoca que los jóvenes comiencen esta temporada divididos y centrados en sus propios intereses, alejándose de su imagen más pueril a excepción de Will, interpretado por Noah Schnapp, que conserva su inocencia y desea jugar constantemente a Dragones y Mazmorras. En este sentido, la amistad de los menores será puesta a prueba ya que permanecer unidos es la única solución posible si desean salvarse de los nuevos riesgos que azotan la ciudad de Indiana.

Esta temporada consigue además definir las predilecciones de la audiencia ante unos personajes de los más variopintos. Para mi gusto, la relación que mejor funciona y más atrapa es la creada por Steve Harrington, interpretado por Joe Keery, y Dustin, a quien da vida Gaten Matarazzo, uno de los ganchos de la pasada temporada y que rompió con la antipatía que había despertado el exnovio de Nancy en los episodios iniciales. Una vez más éste seguirá las alocadas teorías conspiratorias de su nuevo amigo.

La mejora de esta temporada también responde al acierto de los fichajes que completan un casting ya de por sí grandioso. Mención especial para Maya Hawke, hija de Uma Thurman y Ethan Hawke, que asume el papel de la resolutiva Robin, compañera de Steve sirviendo helados. También nos toparemos con el Westley de La princesa prometida, Cary Elwes, en el rol del ambicioso alcalde de Hawkins. Y con el socorrista Billy, interpretado por Dacre Montgomery, que causa sensación entre las mujeres maduras, especialmente en la madre de Mike, alzándose como el cabecilla del primer episodio. Y atención porque en esta nueva remesa también cobra protagonismo Priah Ferguson, la redicha hermana de Lucas.

Charlie Heaton, Natalia Dyer (cortesía de Netflix)

Los nuevos episodios de Stranger Things también sorprenden por su mensaje empoderador. Más allá de que en esta temporada se explora el sexismo en el ambiente laboral, concretamente en el periódico donde trabaja Nancy Wheeler, en el segundo capítulo ya se atisba una guerra de sexos en la que claramente las chicas, Once y Max, toman las riendas en sus relaciones con Mike y Lucas. Una ruptura sentimental que se asume como el primer paso a la autoafirmación del personaje encarnado por Millie Bobby Brown que trata de descubrirse a sí misma más allá de lo que planean para ella su padre adoptivo o su primer novio.

En este aspecto, la producción nos obliga a echar la vista atrás a una imagen del pasado que todos compartimos: el primer amor de verano y ese beso que sirvió de antesala a los demás que hoy nos deleitan. El papel de David Harbour en esta trama es genial ya que su personaje se encuentra en constante búsqueda de una relación paternofilial sana.

Nuevamente la historia sigue nutriéndose de referencias continuas a la cultura popular de los ochenta combinando con gusto escenas de tensión, acción y diversión. Es un goce que otra temporada más, y de forma muy explícita, Stranger Things nos invite a jugar buscando cualquier guiño en la narración a un título cinematográfico o musical como el Never Surrender de Corey Hart o el Material Girl de Madonna que se convertirán en nuestras próximas bandas sonoras. Y es que los guionistas vuelven a tirar de nostalgia, trasladarnos sin movernos del sillón a nuestros recuerdos de infancia y adolescencia e inyectándonos de forma muy descarada el product placement, lo que por otra parte nos lleva a reflexionar cómo el sistema nos empuja a gastar dinero en productos que antaño colmaban nuestra felicidad.

La tercera entrega de Stranger Things, compuesta por ocho capítulos, no decepciona, es más, nos deja con ganas de seguir adentrándonos en ese otro mundo del revés oscuro y repleto de peligros gracias a los cliffhangers constantes. Lo que sí echa para atrás es la desilusión de que la serie creada por Matt y Ross Duffer no tenga largo recorrido ya que la pandilla protagonista no hará nuestras delicias eternamente por una simple cuestión de crecimiento.

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