El peligro de fabricar historias estrambóticas para alimentar la teoría del fraude

Julio Túpac Cabello
·6 min de lectura

Amparados en la negativa de Trump, potenciados por el florecimiento de las conspiraciones e instrumentados por las redes sociales, la invención de historias vive un momento de esplendor que sería digno de maravillarse si no significaran conflictividad social

Several hundred thousand white supremacists, q-anon conspiracy theorists, neonazis, and Trump supporters held a march in Washington, DC demanding the overturn of the 2020 election of Joe Biden to the presidency, on Saturday, 14 November 2020. (Photo by B.A. Van Sise/NurPhoto via Getty Images)
El florecimiento de las conspiraciones y las historias estrafalarias crecen en medio de la negativa del presidente de Estados Unidos de reconocer que perdió las elecciones. (Photo by B.A. Van Sise/NurPhoto via Getty Images)

Cuando a los hechos los antecede una creencia, cualquier esperanza es una puerta abierta para darle validez a una teoría, una historia, una conspiración. No todo el mundo cree todo, ni todas las historias son para todo el mundo. Pero al ser tan amplio el mercado, la diversidad de relatos, con mayor o menor complejidad, con mayor o menor verosimilitud, es poco menos que asombrosa.

Hay quienes tienen una creencia ciega y sostienen una afirmación que les permite creer sin frenos. Por ejemplo, la gente que afirma que Trump ya sabía que le iban a hacer trampa, que él estaba preparado, y que en cualquier momento le da la vuelta al resultado. Esa es una manera de darle poder absoluto a su líder, justificar que quien profesa la creencia no tenga que buscar ningún indicio de verosimilitud en su teorías, renuncia a su soberanía y espera. Trump, un ser superior, ya nos demostrará su tesis.

Pero hay historias mucho -muchísimo- más ilustradas. Parten de hechos reales y nos ponen a todos a ver si son ciertas, pues tienen visos que se disfrazan de certeza. Por ejemplo, la historia que indicaba que en un condado de Michigan había habido un conteo falseado por un software y que ese error había ocurrido en todo el estado, por lo cual Michigan realmente era de Trump (luego resultó una historia infundada).

O la idea, respaldada en una demanda que no solo fue real sino que fue exitosa, de que al separar los votos que en Pennsylvania habían llegado tarde darían la victoria a Trump (los votos ya habían sido separados y no estaban siendo contados en el conteo nacionalmente conocido).

Pero las hay estrambóticas...

Han aparecido en esta época historias en las que una imaginación, sin límites y sin reglas, se esparce como si a nadie importara su lógica. Ellas igual corren como la pólvora. A veces da la impresión de que el relato es tan alucinante que los usuarios de las redes lo comparten, no importa cuán poco es de verosímil, la narración tiene valor per se, precisamente por lo extravagante.

Hubo una falsa noticia que recorrió Facebook en la que se contaba (la fuente siempre es "del muro de alguien", lo que al tiempo que quitarle valor periodístico, le da un sesgo de misterio que le aumenta interés) que un comando del Ejército acababa de incautar las computadoras desde donde se fraguaba todo el fraude electrónico.

La historia no tenía ningún asidero.

Otra historia que tuvo un éxito que cualquier portal desearía en clicks para sus historias fue la de la marca de agua. Según, el comando de Trump había añadido secretamente una marca a las boletas para certificar que fueran reales, y habían aparecido millones y millones de boletas sin la bendita marca, lo cual significaba una prueba irrefutable y determinante en el ya incontestable fraude.

La marca de agua era una falacia.

Después se dijo que la información cibernética de los resultados eran desviados en su camino hacia Barcelona, España, desde donde toda la data era manipulada a favor de Biden para que resultara ganador. Ahí, el departamento cibernético de Homeland Security que opera en la propia Casa Blanca y pertenece a la administración Trump tuvo que salir para afirmar tajantemente que no había ninguna evidencia de manipulación foránea de las elecciones vía cibernética, y que, acaso, estas habían sido las elecciones más seguras, desde el punto de vista electrónico, de la historia de Estados Unidos.

Las historias no acaban. Hay gente que protesta porque "los medios se han atribuido el poder de nombrar al Presidente", como si el mecanismo por el cual los resultados oficiales se conocieran a través de AP no fuese una costumbre desde el siglo XIX.

En días pasados, algunos desprevenidos hablaron de una asistencia de un millón de personas a Washington para apoyar al Presidente (no importa la cantidad de personas, aunque hubiese sido una persona habría tenido el derecho a protestar), pero los cálculos más auspiciosos no superaron los 80 mil.

Y ahora hay una fe renovada en que los Colegios Electorales actuarán por su cuenta y elegirán no a quien haya escogido la votación popular de cada estado, sino por Donald Trump, aunque haya perdido por más de cinco millones de votos, más de 3 puntos porcentuales y alrededor de 80 votos electorales. Un hecho que no ha sucedido jamás, nunca en la historia democrática de este país los votos electorales han torcido el resultado global de las elecciones.

El problema de la fantasía

El éxtasis de esta narrativa colectiva es de seguro para los estudiosos uno de los aspectos más fascinantes de la era de las redes, los fake news, la polarización y las conspiraciones (todos juntos). La maravillosa creatividad que surge en los colectivos para confirmarse sus puntos de vista. Las crónicas de hechos ficticios pueden llegar a tener un nivel de detalle o un grado de inventiva que cualquier escritor envidiaría.

Decía Vargas Llosa en su ensayo "La verdad de las mentiras" que la ficción era la primera herramienta del cerebro humano para imaginar la realidad como la deseaba, que por ahí comenzaba la transformación del mundo que le frustraba. Y cuánta razón tenía. Aunque, en este caso, está en entredicho su beneficio común.

El problema de estas actitudes que tanto se han masificado es que dificultan un acuerdo común. La realidad siempre va a verse de distintas formas, y es por eso que la civilización ha dado con sistemas de convivencia incluyentes que nos permitan tolerar ver dibujos disímiles de las que en teoría son las mismas circunstancias.

Pero cuando se trata de ver realidades que parecen no sólo distintas, sino paralelas y opuestas, es muy complicado llegar a un acuerdo en el que todos podamos coexistir aceptando sus bemoles. Es, por el contrario, un carbón para la conflictividad social. Y lo peor es que ésta, la era de lo que Obama llama "la decadencia de la verdad", no pareciera estar por acabarse.

Los ejércitos de fact checkers de los grandes y más reputados medios hacen su trabajo, y las informaciones quedan verificadas y/o desmentidas para que el se interesa. Pero esas historias artificiosas y creadas no tienen padres conocidos, son huérfanas, y aunque las hayan desmentido siguen vivas, sin nadie que se responsabilice o rectifique, y el daño que han hecho, continúa aumentando.

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