El momento populista de Vox y la gran ola del coronavirus

MADRID, SPAIN - MARCH 08: The president of VOX, Santiago Abascal

La pandemia ha detenido la sociedad y la economía, pero ha acelerado la política de los extremos. En una columna previa se analizó el momento populista de la izquierda radical de Podemos y en esta se aborda el momento populista de la derecha radical de Vox. Ambos momentos tienen en común la voluntad de ganar cuotas significativas de poder en la política por medio del apoyo social.

Al negacionismo y la infravaloración del peligro del Covid-19 han seguido el shock del estado de alerta, la suspensión y recorte de libertades y derechos, la automotivación colectiva, el ardor por querer ver que la curva se aplana, la perdida de cientos de miles de empleos, la extensión del confinamiento, la desescalada, dos decenas de miles de muertos, posibles repuntes de la epidemia... Y, en especial, la emergencia social y una crisis económica evidente que, a diferencia con la de 2008 nos alcanza en una situación mucho peor a todos. En 2008 España la deuda pública suponía el 35% sobre el PIB pero a finales de marzo de 2020 ya estaba en el 98% y se espera que crezca, al menos, hasta el 112% este año. Es de sentido común que, con una situación de partida mucho peor que en 2008 se avecinan tiempos duros y tensos.

Evolución de la deuda pública en España 2004-2020https://www.epdata.es

Las sociedades en tiempos convulsos buscan formas de reequilibrio, aunque puedan parecer extrañas o irracionales. Mientras se prolonga el encierro y empeora la economía familiar crece la frustración, la incertidumbre y la ira social. Emociones y sentimientos buscarán una válvula de escape a través de la política (como sucedió con el 15M y la posterior emergencia de Podemos).

La voluntad política de Vox como partido parece apuntar más a un futuro próximo que al presente donde se concentra en desgastar al Gobierno (en especial a Pablo Iglesias). Esta estrategia ha decidido hacerla en solitario y al margen o frente a los medios de comunicación de cara a un escenario político tras la pandemia. En esencia el momento populista de Vox parece tener como objetivo que todo lo personal se convierta en política y, con ello, poder capitalizar políticamente las consecuencias más negativas de la gestión de la pandemia y maximizar el impacto emocional (sorpresa, privación, miedo, tristeza, ira…) de centenares de miles de ciudadanos.

Si Vox es capaz de crear las condiciones idóneas para capitalizar la gran ola del descontento, frustración e ira social ocasionada por la crisis pandémica y económica es algo que no tendrían que subestimar el PSOE, Unidas Podemos ni tampoco el PP (como sucedió con PSOE y PP en 2014 con Podemos).

Un excelente sensor del momento populista de Vox el activismo de las redes de simpatizantes de Vox, que parecen bien coordinadas sin descartar que existan grupos financiados orientados a explotar todos los espacios online. Lo que, en definitiva, parece un movimiento táctico de ira organizada con el objetivo de mantener activo y acelerar la ira social contra las élites en el gobierno.

Las claves ideológicas de Vox son la renacionalización, el antiglobalismo, el iliberalismo, promover el temor al futuro, la inmigración como amenaza formando, además, parte de una red ideológica internacional, etc. Y la estrategia política de Vox, al igual que hizo el independentismo catalán durante 2018 y 2019, tiene dos ejes visibles. Primero, la táctica de no dejar de hacer, esto es, tener siempre en marcha iniciativas de activismo (una prueba es el canal de Telegram de Vox, mucho más activo en generación y difusión de contenidos que el de Podemos). Segundo, utilizar a su favor cualquier hecho, real o tergiversado, que tenga una posible utilidad política.

No es, por tanto, casual el lanzamiento de globos sondas para intentar poner en la agenda mediática la ilegalización de Vox, donde J.C. Monedero ha estado activo, algo tan inconstitucional como erróneo, al provocar un efecto boomerang mayor que el ataque. Por tanto, lanzar esta propuesta solo es la forma de provocar más partisanismo.

La lógica de la estrategia de Vox es, por tanto, el intento de capitalizar y politizar el dolor como sucedió, sin ser la única ocasión, con la publicación de una imagen de la Gran Vía de Madrid llena de ataúdes. Algo que coincide, por cierto, con Pablo Iglesias y Podemos, cuando en 2016, defendía el insólito deber de “politizar el dolor”. Esta es una de las evidencias de que estamos en un tiempo post-político en el que los partidos políticos y sus líderes han dejado de lado la capa de seducción habitual para mostrarse como parte activa en la polarización social que puede desembocar, con facilidad, en una crisis de convivencia.

Tweets de Vox y Podemos

Las imágenes, memes y textos partisanos que circulan por los móviles e Internet son icónicos porque establecen como normal lo anormal. Y la verdad y mentira ya no depende de los hechos, sino que se impone de forma unilateral y se elige de forma voluntaria. Vox está siguiendo al pie de la letra aquello que se publicó aquí hace ocho meses de No digas a la gente qué creer, dile qué sentir. La propuesta de Vox de un gobierno de emergencia con Aznar, Felipe González o Rosa Díez o que el Estado pague el sueldo de los trabajadores confinados y un plus para los servicios esenciales son algunos de los muchos blufs de Vox para cubrir el expediente de consenso y seguir tensando la dinámica política.

Santiago Abascal y Vox no tienen, ni van a tener, el desgaste de estar en el gobierno. Lo que, de verdad, quieren es cambiar la forma de entender la realidad cotidiana para cambiar todas las esferas de la sociedad. Algo, por cierto, que han logrado en los años previos D. Trump, B. Johnson, J. Bolsonaro, V. Orbán, M. Salvini o J. Kaczyński… o sin ir más lejos, aunque con menores resultados, el independentismo catalán. Los populismos de la derecha y la izquierda radical, como laboratorios del autoritarismo, son una alarma que parece estar silenciada.

Juan José Linz, sociólogo y politólogo que desarrolló su carrera en Yale (EEUU), identificó cuatro señales comunes a un político totalitario: 1) bajo compromiso o rechazo, en palabra o acciones, de las reglas del juego democrático, 2) rechazo de la legitimad de los oponentes políticos, 3) tolerancia con distintas formas de violencia y 4) voluntad de recortar las libertades civiles de terceros o de los medios. Los populismos persiguen hackear la democracia desde dentro y las democracias pueden degenerar a manos de líderes elegidos por votación. La Historia lo demuestra de forma trágica.

Hay que instalarse en el caos. Seguiremos atentos.