Hay algo de 'El Hormiguero' que nunca deja de sorprenderme

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El Hormiguero se emite en Antena 3 desde 2011 así que muchas de mis cenas familiares han estado patrocinadas por las risas de este programa presentado por Pablo Motos. Después de tantas temporadas en el aire (ya va por la decimosexta) seguramente hay quienes se pregunten cuál es la clave del éxito de este talk show producido por 7 y acción. La respuesta fácil y más corta sería achacar el triunfo a la entrevista central por el interés que suelen generar los distintos invitados. Pero, visto de otro modo, hay algo que a mí al menos nunca deja de sorprenderme y son los experimentos sociales.

©Carlos López/Atresmedia
©Carlos López/Atresmedia

La audiencia de El Hormiguero se mantiene en buena forma después de tantos directos con sus entrevistas, los experimentos de divulgación científica de la mano de Marron, tertulias y secciones varias que giran, fundamentalmente, en torno al humor y la magia. Si ir más lejos, la última entrega emitida en el prime time del 2 de febrero, el programa de Antena 3 anotó un 17.7% de cuota de pantalla y congregó a cerca de 2.8 millones de espectadores.

Pero, sinceramente, lo que a mí más me llamó la atención no fue la visita de David Bisbal y Álvaro Soler sino el nuevo experimento social del programa que nos descubrió qué ocurre cuando un grupo de menores y de mayores escuchan canciones de otra época. La naturalidad que se desprende de sus reacciones me enganchó definitivamente. Una experiencia real que, todo sea dicho, se grabó en la Residencia Amavir con niños y abuelos como protagonistas escuchando por primera vez canciones legendarias de cada periodo vital.

Al inicio de este divertido experimento tanto niños como ancianos aparecieron por así decirlo en su zona de confort. Los críos moviéndose con canciones más actuales como Swish swish de Kate Perry y los mayores escuchando temas de su época como Soy minero de Antonio Molina. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, floreció la magia sin filtros en la televisión. Los ancianos se sobresaltaron al ritmo de Chemical Brothers (uno de ellos incluso comentó "esto es ruido, no música") mientras que la cara de los más pequeños resultó ser un poema cuando por sus auriculares sonó el mítico tema Mi carro de Manolo Escobar.

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Algunos pequeños explicaban que la canción se centraba en el carro de la compra mientras que otra niña apuntaba que la letra se refería a que al protagonista le habían robado el coche. Claro que lo más curioso del experimento fue que los participantes no se pusieron de acuerdo sobre la mejor época, musicalmente hablando. “Para mí, la de ahora”, defendía una de las niñas mientras que un anciano sentenciaba “para mí, la de antes”.

Si bien entiendo que muchos de los seguidores de El Hormiguero sintonicen el programa por las entrevistas (el formato habitualmente se convierte en tendencia de la red social del pájaro azul al inicio, coincidiendo con la charla de Pablo Motos con el invitado de turno) yo tengo muy claro que la razón por la que verdaderamente me engancha este programa son los experimentos sociales porque me permiten descubrir las reacciones imperdibles de gente anónima.

Y es que no es la primera vez que esbozo una sonrisa sincera ante un experimento social presentado en El Hormiguero. En diciembre, cuando todos estábamos con las emociones más a flor de piel por la Navidad, el programa quitó el protagonismo por unos instantes a Cristina Pedroche al reunir de nuevo a un grupo de niños y de abuelos para escribir la carta a los Reyes Magos. Y el momento me pareció de lo más conmovedor porque me recordó cómo mis propios yayos siempre me contaban que crecieron sin los juguetes que, hoy en día, sí pueden disfrutar mis sobrinos. Observar la ilusión contenida de estos abuelos, y ver cómo incluso preguntaban a cámara si se podían llevar los regalos que no pudieron recibir en su infancia, me pareció sencillamente entrañable.

Igualmente, el pasado mes de noviembre, durante la visita de los chefs David de Jorge y Martín Berasategui, también me hizo gracia la respuesta de unos cuantos ancianos y niños tras probar alimentos poco comunes en su época. Así, mientras que los mayores probaban Peta Zetas, Coca-cola, pescado crudo y Wasabi, los chiquillos se enfrentaban a un plato de caracoles con unas caras de asco que no tenían precio.

Si bien los experimentos sociales protagonizados por niños y ancianos son los que más me enternecen, creo que El Hormiguero también hiló muy fino en otras ocasiones como aquella vez que cuestionó si hay que fiarse cuando ligamos por Internet. Así, en junio de 2021, puso a prueba las mentiras más comunes entre dos desconocidos que ni se imaginaban que su pretendiente o pretendienta les doblaría o incluso les triplicaría la edad. Una experiencia que me pareció que venía como anillo al dedo ante la proliferación de engaños en las aplicaciones de citas, con personas usando fotos falsas y mintiendo hasta en la estatura y el peso. La alucinación de los protagonistas cuando conocieron la identidad de la persona al otro lado de la pantalla no tuvo desperdicio alguno.

Asimismo, considero que estos experimentos sociales suscitan un interés a largo plazo porque incluso espectadores que no son seguidores frecuentes de El Hormiguero se quedan con la boca abierta al descubrir cómo piensan, sienten y actúan las personas según qué circunstancias. No hay más que fijarse en la cantidad de visualizaciones que arrastra la experiencia a la que se sometieron cuatro artistas para destapar los peligros del alcohol. Los protagonistas irrumpieron en el escenario completamente borrachos con un público que desconocía totalmente su estado y el resultado me sigue provocando, como poco, estupefacción.

Así que, si miro desde otro ángulo El Hormiguero, me quedo con su acierto en los experimentos sociales. A golpe de espontaneidad nos acercan entre generaciones y nos recuerdan lo fascinante que es la televisión a veces.

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