El cine romántico ya no es lo que era

Valeria Martínez
·9 min de lectura

Si existe un denominador común en el universo cinéfilo es que solemos tener debilidad por las tradiciones cinematográficas. En octubre consumimos cine de terror a mansalva, en verano devoramos blockbusteres (al menos antes de la pandemia), en diciembre nos pueden las películas navideñas por muy previsibles que sean y en mitad de febrero, pues sí, toca cine romántico (y los hay que en Pascua todavía repetimos algún clásico peplum o La vida de Brian).

Sin embargo, y a diferencia del resto de fechas mencionadas que suelen tener estrenos que las acompaña cada año, cuando pensaba qué película romántica ver en San Valentín, me di cuenta de que, si quería ver algo que realmente me removiera los sentimientos, no me quedaba más remedio que recurrir a clásicos del pasado.

Porque, amigos lectores, el cine romántico ya no es lo que era…

Cartel de Algo para recordar (TriStar)
Cartel de Algo para recordar (TriStar)

“Cualquier tiempo pasado fue mejor” dice el refranero popular, y a diferencia de otras áreas culturales o géneros cinematográficos, creo que en el cine romántico no se equivoca. Y no me refiero al género en su amplio aspecto donde se incluyen las comedias románticas, esas que tan solo nos sacan una sonrisa a golpe de romances previsibles que jamás recordaremos, sino de ese drama romántico capaz de despertar emociones diversas, ese que nos remueve por dentro, que nos deja el lagrimal seco y con el corazón en un puño tras hacernos sentir enamorados durante hora y media.

Propongo el mismo ejercicio que me apliqué a mí misma para plantearme este artículo: sin pensarlo demasiado pregúntate cuál es tu drama romántico favorito. ¿Listo? Ahora pregúntate qué drama romántico verías si quieres vivir un momento de amor frente la pantalla de tu casa. ¿Ya? Y, por último, ¿cuándo fue la última vez que un estreno de los últimos cinco años logró hacerte sentir lo mismo que Love story, Los puentes de Madison, Algo para recordar, Cinema Paradiso o El diario de Noa? Estoy convencida que a más de uno le costará muchísimo recordar un estreno que haya obtenido el mismo efecto, o tan solo recuerde uno o dos.

Es más, seguramente la mayoría encuentre que sus respuestas se remontan a películas de los 90s, 80s, 70s e incluso de los años 50s, llevándonos a la conclusión de que, en el drama romántico, “el tiempo pasado fue mejor”. Y no creo que sea algo generacional de unos cinéfilos que observamos el pasado con nostalgia. En los últimos años pudimos encontrar películas capaces de enamorarnos con sus historias de amor, como La La Land o La forma del agua, pero cuando las colocamos en el inmenso océano de producciones que nos llegan cada año resultan ser una minoría en esto del cine romántico. Y, lo que llama aun más la atención, no consiguen convertirse en esos clásicos instantáneos como lo hicieron las producciones de otras eras por muy bonitas que sean. El peso que tienen los títulos del pasado en la memoria colectiva del cinéfilo romántico es mucho mayor. 

En mi caso, cuando siento la necesidad de pegarme una llorera cinematográfica, sentir el corazón en un puño o vivir una historia de amor ajena, siempre termino volcándome en los clásicos. Me refiero, por ejemplo, a Los puentes de Madison u Orgullo y prejuicio (la de 1995). A veces solo las veo para revivir las lágrimas o emociones que me provoca la escena de Meryl Streep fantaseando con su libertad en la bañera, sintiéndose femenina y deseada por primera vez en mucho tiempo, así como ese final en la furgoneta que por más que lo conozca de memoria siempre consigue producirme el mismo anhelo de que abra la puerta; o la secuencia de los protagonistas tocándose las manos por primera vez con la irradiación de sentimientos que les despierta en la segunda.

Lamentablemente, son muy pocas las producciones recientes que consiguen provocar las mismas emociones. En la gran mayoría de cintas románticas de los últimos años veo una tendencia constante a la comedia romántica, la previsibilidad que habita en las adaptaciones YA (novelas “Young adult” como Mi primer beso o la trilogía A todos los chicos de los que me enamoré) y una manipulación exagerada de las emociones que no consigue una respuesta auténtica del espectador, sino más bien una reacción fugaz que lleva a que la película pase rápidamente al olvido.

Y así no puedo evitar preguntarme, ¿qué le pasa al cine romántico? ¿Por qué ya no es lo que era?

Es como si resultara casi imposible ver estrenos que enamoren tanto como lo hicieron Orgullo y prejuicio (2005), Brokeback mountain (2005), El diario de Noa (2004), Moulin Rouge (2001) o Notting Hill(1999), por nombrar otros clásicos modernos. A cambio nos tenemos que conformar con la decena de romances navideños sin sorpresas de Netflix o historias cargadas de estereotipos como Cincuenta sombras de Grey o Antes de ti.

A excepción de un puñado diminuto de películas modernas, Hollywood ya no suele sorprendernos a menudo con historias de amor capaces de contagiarnos tantos sentimientos como hicieron Tú y yo (sobre todo la adaptación de 1957 con Cary Grant y Deborah Kerr) considerada por el AFI como una de las películas más románticas de todos los tiempos, o la trilogía Antes del amanecer de Richard Linklater que enamoró a toda una generación a lo largo de los años.

O la diversión dramática que nos aportó Cuando Harry conoció a Sally(1989), la debilidad absoluta que sentimos por Algo para recordar (1993), la simpatía que nos contagió Amelie (2001), el legado de Love Story (Historia de amor, 1970) o las escenas cargadas de química entre Meryl Streep y Robert Redford en Memorias de África (1985).

Pero hay más… la poderosa Tal como éramos (1973) con una empoderada Barbra Streisand, el romántico cuento mexicano de Como agua para chocolate (1992) y, por supuesto, esa historia de amor al cine y al romance que fue Cinema Paradiso (1988).

Son tantas… Oficial y caballero (1982), Dirty Dancing (1987), ¡hasta Titanic (1997) con toda su parafernalia!

Si observamos a la industria del cine hollywoodense de los últimos diez años, cuesta encontrar producciones que hayan estado en las mismas ligas románticas de historias intensas, dramáticas y legendarias en la forma en que nos afectan. Apenas hay un listado diminuto, la mayoría pasa muy desapercibida y no comparten el mismo impacto romántico que todavía consiguen provocar los clásicos. Lo que resulta curioso dado que Hollywood solía apostar sin miedo por este tipo de historias. Es más, durante muchos años fueron las responsables de elevar el caché y status de estrellas protagonistas gracias a esos roles de héroes o heroínas románticos que han quedado grabados en la historia del cine para siempre.

El género del romance dramático vivió épocas doradas arrasando en taquilla gracias a Meryl Streep, Robert Redford, Warren Beatty, Cary Grant, Vivien Leigh, Barbra Streisand y tantos otros, pero de un tiempo a esta parte el público palomitero parece tener más debilidad por la comedia romántica. Y como Hollywood se mueve por dónde huele el dinero, su olfato ha llevado a que sean muy pocos los dramas intensamente románticos recientes. Solo un puñado logró traspasar fronteras y amasar millones en el box office internacional como fue el caso de Ha nacido una estrella gracias al impulso que le dio la presencia de Bradley Cooper como director y, sobre todo, el debut protagonista en cines de Lady Gaga, además de una campaña promocional que tuvo de su lado los rumores de romance infundados que dieron más juego a sus protagonistas a la hora de vender la película. El lado bueno de las cosas (2012) también fue otro taquillazo que le valió el Óscar a Jennifer Lawrence, así como el oscarizado cuento de amor monstruoso de Guillermo del Toro, La forma del agua (2017).

Y ya. El resto obtuvo resultados tan pobres de taquilla que podrían ser la causante de la falta de interés que existe por crear nuevos clásicos románticos. Mientras que, en ningún caso, lograron igualar el impacto global de los clásicos nombrados al principio. Es el caso de Una cuestión de tiempo (2013) con una taquilla de $88 millones, o la mágica historia de amor de Joaquin Phoenix con un sistema operativo en Her (2014 - $48 millones), o la inolvidable historia de un primer amor en Call me by your name (2017) que a pesar de los aplausos de la crítica tan solo cosechó $41 millones en todo el mundo. La magnífica La gran enfermedad del amor (2017 - $56 millones), la bonita adaptación de Jane Eyre (2011 - $33 millones) o la inmensa historia racial y verídica que cuenta Loving (2016 - $12 millones). Incluso Historia de un matrimonio (2019) apenas recaudó $320.349 a pesar de cautivar a muchos usuarios de Netflix. (Datos: The-numbers)

Básicamente son el ejemplo que demuestra por qué Hollywood ya casi no apuesta sus millones en hacer este tipo de romances intensos, dramas profundos llenos de corazón que permiten identificarse con sus personajes a través de las emociones humanas. No hay ganancias.

La industria del cine va hacia donde está el dinero y hace tiempo que el público no acude en masa a ver este tipo de historias. Décadas atrás el mundo corría a ver películas de amor que derretían el corazón, e incluso durante los 2000s se vivió el auge de la comedia romántica taquillera gracias a Sandra Bullock, Jennifer Aniston o Julia Roberts, pero en los últimos años la taquilla venía respondiendo más a los superhéroes, la animación y el espectáculo de efectos de turno, mientras las rom-coms facilonas se acomodan en el streaming.

Quizás nos hemos hecho más cínicos o más necesitados de espectáculos fugaces que vayan a la par con nuestras vidas tan afianzadas en la inmediatez de hoy en día, pero esa falta de impacto económico podría haber dejado al género en un segundo plano cinematográfico, lejos del legado de los clásicos.

Como ven, a lo largo de los últimos años podemos encontrar historias románticas capaces de secarnos el lagrimal, pero a excepción de unas pocas, no han conseguido el mismo impacto de los clásicos de otras eras. No son los títulos a los que solemos recurrir cuando tenemos mono de romance cinematográfico. Y, además, son una minoría. En cambio, el género se ha llenado de apuestas vacías, tramas cargadas de clichés, amores adolescentes (de esos que vimos decenas de veces), amores principescos insulsos y comedias que usan el romance como fórmula para que el espectador se sienta identificado mientras sus personajes cometen locuras que provocan la risa fácil.

En definitiva, son las películas que el público palomitero o netflixero quiere ver hoy en día, llevando a que la industria invierta en ellas como apuesta asegurada, pero que están muy lejos de despertarnos las emociones de aquel encuentro final en Algo para recordar, el enamoramiento de Tú y yo, o el romanticismo que embriaga la escena de Robert Redford lavando el pelo de Meryl en Memorias de África. ¡Esos sí son romances de película!

Creo que somos muchos a los que nos encanta dejarnos enamorar por una bonita historia de amor, de esas que nos contagian sentimientos primarios y nos transportan al centro de un romance ficticio para quedarse con nosotros incluso cuando ha terminado la película.

De momento seguiremos recurriendo a los clásicos… qué más remedio.

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