El 'Boina Verde' que nos enseña cómo convertir el fracaso y la insatisfacción en la energía del cambio

Mónica De Haro

Él superó la muerte de su hermano y una enfermedad genética incurable

Para este héroe anónimo el fracaso es una fuente de experiencias de donde sacar conclusiones útiles y positivas. (Foto: Getty)
Para este héroe anónimo el fracaso es una fuente de experiencias de donde sacar conclusiones útiles y positivas. (Foto: Getty)

Hoy os traigo una historia inspiradora como pocas. El protagosita tenía 22 años cuando fue operado de vida o muerte debido a una grave enfermedad. Se recuperó, y buscando una experiencia extrema de esfuerzo físico y mental, decidió unirse a los boinas verdes, el Grupo de Operaciones Especiales del Ejército.

“Setenta grapas en la espalda hacen que te plantees muchas cosas y la muerte de un hermano es una cicatriz que no se cierra nunca”

“La malformación de Chiari —la enfermedad que ha sido mi destino y tal vez mi don— me ha acompañado desde la infancia, como una fuente constante de dolor físico. Me llevó al quirófano en 2003, en una operación extraordinariamente riesgosa, y cuando salí de ella tenía una herida abierta a la que habían puesto 30 grapas… No era tanto lo compleja que había sido la operación como el desánimo que me provocaba saber que aquello iba a durar para siempre”

Durante una de aquellas tardes, totalmente deprimido, Antonio Renom le hizo una pregunta a una enfermera, una pregunta elemental: “¿Qué voy a hacer con mi vida?”. Ella contestó al instante: “Ay, chiquillo, ¿y qué no vas a hacer con tu vida?”. Podría parecer sencillamente la respuesta de una enfermera humana y bondadosa (y tal vez lo era).

Pero esas palabras fueron las que le llevaron a alistarse en los boinas verdes sólo un año más tarde las que le impulsaron a utilizar toda aquella fuerza que en ese momento le parecía una carga para reconvertirla en el motor de su vida.

Contando su propia historia, Antonio Renom demuestra que se puede salir reforzado de la peor de las experiencias. (Foto: Europa Press)
Contando su propia historia, Antonio Renom demuestra que se puede salir reforzado de la peor de las experiencias. (Foto: Europa Press)

Así fue como Antonio dio con la estrategia que le ayudaría a enfrentarse a la pura y dura realidad, —en su caso a una enfermedad genética incurable (la enfermedad de Chiari)—, y conseguir sacar provecho de ello.

Ahora ha querido contar su historia y compartirla para que otros encuentren el rumbo perdido y saquen fuerzas de flaqueza. En El Aprendizaje de las cicatrices’ (de Alienta), con prólogo de Gisela Pulido, diez veces campeona del mundo de kite surf, nos cuenta el proceso por el que tuvo que pasar para no sucumbir a la depresión y dejarse morir en vida.

“Cuando estaba tendido en la habitación de la clínica Quirón tras la complicada operación a la que me había llevado la malformación de Chiari, sintiendo el pinchazo de los puntos de sutura y la carne cerrándose sobre la herida, yo mismo sentí la tentación de hacer de mi enfermedad un pretexto para toda la vida. Afortunadamente, mi familia estaba bien situada, y yo podría haberme cruzado de brazos para siempre, haberme convertido, a partir de ahí, en el perfecto rentista. Algo en mí se negó por completo a aceptar ese regalo, algo que provenía, paradójicamente, de la misma enfermedad: aquella situación me estaba dando algo que nada me había dado en esta vida: una conciencia total de mis propios límites”, cuenta el autor.

Y es que como el mismo cuenta, la catástrofe deja huella. “Por eso, continúa, la pregunta que nos deberíamos hacer de antemano ante la realidad del naufragio no es tanto si vamos a naufragar ni si vamos a tener o no cicatrices, sino cuál es la relación que deseamos mantener con ellas: de orgullo o de vergüenza”.

Para este héroe anónimo el pensamiento positivo es una mentira porque aunque puede que servirnos en ciertos momentos, cuando acaba la ensoñación y volvemos a abrir los ojos nos encontramos con la más cruda y dura realidad: la enfermedad, el sobrepeso o la frustración laboral siguen ahí.

“Sin crisis no hay progreso”, asegura el CEO de LCP, colaborador del programa “Club 21, el club de las mentes inquietas” de Ràdio 4 (RTVE). (Foto: LCP)
“Sin crisis no hay progreso”, asegura el CEO de LCP, colaborador del programa “Club 21, el club de las mentes inquietas” de Ràdio 4 (RTVE). (Foto: LCP)

“La insatisfacción es un sentimiento de pesantez y abatimiento tan habitual que cualquiera podría recordar sin ningún esfuerzo numerosas situaciones en las que se ha visto sumido en ella. Pero, si bien todos hemos sentido el peso de la insatisfacción, no todos reaccionamos igual cuando tenemos que plantarle cara. Unos tratan sencillamente de sobrevivir, otros se convierten en dependientes, y hay algunos que consiguen sobreponerse de una manera tal vez más exitosa, pero aun así salen debilitados. Y, sin embargo, existe un cuarto grupo que no sólo no se debilita frente al sentimiento de insatisfacción, sino que sale fortalecido, estimulado y más vivo que nunca”, explica el autor, reconvertido en empresario de éxito con Levante Capital Partners, una empresa familiar que se dedica a la gestión de activos inmobiliarios y a la que ya ha dado un giro de 180 grados.

Hace falta algo más que pensamiento positivo para cambiar una realidad hostil: con el pensamiento positivo no basta. ¿Qué hacer entonces?

Antonio asegura haber encontrado una respuesta que le hizo abandonar no sólo ese estado de pasividad y autocomplacencia que produce un fracaso irresoluble sin caer ni en el pensamiento mágico ni en las veleidades de una fantasía, una estrategia para enfrentarse a la realidad pura y dura, tan pura y dura como los obstáculos nada fáciles y a menudo traumáticos a los que tenemos que sobreponernos todos los hombres y mujeres.

El mensaje es claro: la insatisfacción, la sensación de fracaso o el sentimiento de frustración puede convertirse en algo positivo, en una fuente de transformación personal. Solamente hay que saber cómo hacerlo.

Para saber si un pensamiento es verdaderamente eficaz y pasa por una verdadera comprensión es que te lleve a la acción.

El secreto está en convertir la insatisfacción en energía; y para lograrlo es necesario pasar por dos fases muy claras y perfectamente identificables:

  1. La primera es aprender a identificar, comprender y darle nombre a nuestra propia insatisfacción.

  2. La segunda, utilizar lo que hemos aprendido de nuestra insatisfacción para convertirla en energía y afianzar así los pilares más importantes de nuestra vida, que son nuestra construcción personal, nuestra imagen social y nuestra proyección laboral.

La inmensa mayoría de las personas que consiguen convertir su insatisfacción en un arma y un motor para el cambio están convencidos del poder de su libertad. Precisamente eso es lo que pretende este licenciado en Administración y Dirección de Empresas por el Institut Químic de Sarrià (IQS) contando su historia, convencernos de que se puede reconducir un sentimiento aparentemente negativo entrenando nuestro cerebro para que sea cada vez más ágil a la hora de cambiar la perspectiva sobre los elementos que nos bloquean, frustran o inmovilizan, cómo reconvertir lo que parece un fardo insostenible en una fuente de transformación y energía.

No era tanto lo compleja que había sido la operación como el desánimo que me provocaba saber que aquello iba a durar para siempre, que hiciera lo que hiciese la enfermedad no iba a tardar en encontrarme de nuevo.

“Todo lo verdaderamente importante que nos sucede en la vida, todo lo que nos deja su marca, como cicatrices físicas o emocionales: la muerte, la aparición del amor, la necesidad económica, la enfermedad o la salud, provocan situaciones que nos obligan a reconsiderar los principios a través de los cuales estamos filtrando nuestra experiencia. Sin crisis no hay progreso, toda la gente que ha pasado por la vida sin un solo apuro, que nunca han conocido una enfermedad seria o que nunca han sentido temblar el suelo bajo sus pies por amor tienen algo de idiotas. La insatisfacción, el muro de carga de la realidad contra el que tantas veces nos hemos dejado la cabeza o el corazón nos ha enseñado, si lo entendemos bien, una lección poderosa. Sin esas rupturas, sin esos episodios, nunca nos habríamos “concentrado” lo suficiente como para averiguar cuál deseábamos que fuera nuestro lugar en el mundo”, concluye el autor.

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