El asesinato de Sarah Everard: El calvario de los padres para superar la muerte de una hija

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A senior lady supporting her friend after receiving sad bad news by holding hands comforting words and hugging her in support Stellenbosch Cape Town South Africa
La muerte de un hijo adulto sacude el sistema de creencias y valores de los individuos en una edad muy crítica, en la que probablemente atraviesan otros duelos relacionados con la vejez (Getty Images)

Morir antes que los hijos es contra natura. Un hecho traumático que puede ser la situación emocional más extrema a la que se puede enfrentar un ser humano, especialmente si la muerte del descendiente ocurre de manera violenta.

Ese episodio de dolor inconmensurable es el que atraviesan Susan y Jeremy Everard, padres de Sarah, una mujer de 33 años que fue secuestrada y asesinada por un agente de policía de la ciudad de Londres. Dicen que su sensación de pérdida es tan grande que lo sienten en su cuerpo de manera“visceral”.

Los Everard expresaron su repudio y desasociego en un declaraciones realizadas ante el tribunal que condenó a Wayne Couzens a cadena perpetua por abusar de sus atribuciones policiales para ejecutar un falso arresto, esposar a Sarah, conducir con ella durante horas antes de violarla, estrangularla, quemar su cadáver y desecharlo en un descampado.

Susan no ha podido separarse de la pijama de Sarah porque aún despide su olor. A la madre de la ejecutiva de mercadeo asesinada le atormenta que su hija menor pasó “las últimas horas sobre esta tierra con lo peor de la humanidad” y se pregunta si ella se dio cuenta que se encontraba en ante un peligro mortal.

Le resulta insoportable pensar en el horror que vivió su hija y le indigna que Couzens se cobijara en su condición de policía para perpetrar su crimen

El insulto final de Couzens, a los ojos de Susan, fue quemar su cuerpo, porque eso les impidió volver a verle el rostro y dale un último adiós.

Lamenta que las acciones de Couzens arrebataran a su hija la posibilidad de cumplir su sueño de casarse y tener hijos, y que les impidieran disfrutar de ese futuro junto a ella.

El tono de Jeremy en la corte fue más confrontador pero igualmente devastador. Exigió al asesino a mirarlo a los ojos y luego le dijo que jamás podría perdonarle sus acciones y que el horrendo crimen que acabó con la vida de su vida se quedará en su cabeza por el resto de sus días.

“Ningún castigo que recibas se comparará jamás con el dolor y la tortura que nos has infligido. Mataste a nuestra hija y nos rompiste el corazón de su madre, padre, hermano, hermana, familiares y amigos para siempre”.

Sarah tenía mucho por lo que vivir y tu acabaste con eso para siempre, le dijo Jeremy a Couzens.

El trauma de la muerte

Un suceso traumático es un hecho negativo, inesperado y fuera de nuestro control, que puede poner nuestra integridad en peligro físico o psicológico y que podría traer secuelas como sensaciones de terror o indefensión.

La muerte de un hijo es uno de esos sucesos traumáticos y edad no cambiará la intensidad del sufrimiento. El dolor será profundo independientemente de que el hijo muerto sea un niño o un adulto. Los expertos también aseguran que los padres sobreviven pero el hecho dejará marcas y cambiará a los sobrevivientes de manera permanente.

En su investigación La resistencia humana ante los traumas y el duelo, los psicólogos Enrique Echeburúa, Paz De Corral y Pedro J. Amor explican que hay “una diferencia notable entre el duelo y la aflicción por la muerte de un joven y el dolor experimentado por el fallecimiento de una persona anciana que ha visto completada su vida. La muerte de un hijo es un hecho antinatural, una inversión del ciclo biológico normal, que plantea a los padres el dilema del escaso control que hay sobre la vida”.

Los expertos plantean que un 20% de los padres que pierden a un hijo no llegan a superarlo nunca. Pero la Asociación Psicológica Estadounidense (APA, según sus siglas en inglés) asegura que la mayoría de las personas superan las pérdidas y continúan con sus vidas por la gran capacidad de resiliencia que posee el ser humano.

Factores que complican el duelo

El dolor de los padres es mucho más intenso cuando ha habido una doble victimización y ponen el ejemplo de una joven violada y asesinada. Eso nos lleva a pensar en insoportable sufrimiento de los padres de Sarah Everard, aunque su agresor fue detenido y condenado por sus crímenes.

Para la familia Everard, además del estrés que causa la pérdida de su hija, se sumaron las circunstancias específicas de la muerte. Sarah no sólo murió súbitamente, sino que el fallecimiento fue el resultado de un acto abominable de una persona que ejercía un puesto de autoridad.

Morir antes que los hijos también desafían el sistema de creencias y valores de los padres, quienes pueden sentirse culpables por seguir vivos y se preguntan por qué no murieron ellos en vez de sus hijos.

Otros factores que dificultan la elaboración del duelo es el poco reconocimiento que existe del estrecho vínculo que hay entre los padres y un hijo adulto e independiente. La simpatía suele recaer en los hijos y los cónyuges del desaparecido, mientras pocas veces se recuerda el dolor de los progenitores.

Cuando un hijo muere en la adultez, los padres ya están en proceso de envejecimiento. La perdida del hijo puede ocurrir simultáneamente con otros duelos que también tienen que ser elaborados, como el fallecimiento de los abuelos, un proceso de jubilación, o el mismo deterioro físico y mental del doliente.

El doctor en psicología Kenneth Doka dice que es posible que los padres tengan una sensación de logro indirecto por el éxito de sus hijos y eso desaparece de golpe con un hecho tan definitivo como la muerte. Pero también es posible que desarrollen un profundo sentimiento de fracaso por las metas que el hijo adulto desaparecido no llegó a cumplir.

Si la persona que atraviesa un duelo tiene reacciones psicológicas perturbadoras durante más de seis semanas, se siente desbordada por sus pensamientos, sentimientos o conductas, o interfiere de manera negativa en el trabajo o la familia es importante pedir ayuda profesional.

El trabajo de Echeburúa concluye que siempre es posible cerrar, aunque sea parcialmente, el trauma de la muerte de un hijo.

Está claro que es imposible olvidar pero lo que se busca es no sentirse preso por los recuerdos pasados. “Lo que se pretende es recuperar la capacidad de hacer frente a las necesidades del presente y de mirar al futuro con esperanza”.

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