El alma de una artista enredada entre palos de golf

Walter Mitty

Casi todos los días de una vida hay decisiones que tomar, la mayoría, sobre todo cuando se es joven, resultan pasos imperceptibles, poco reflexionados, como si un dedo invisible tocara tu espalda para indicarte el camino. Una puerta que se abre y se traspasa sin demasiados miramientos.



Tania Abitbol recuerda su llegada al restringido mundo del golf profesional como una progresión natural. Tenía 17 años, se le daba bien, su juego gustaba, la invitaron a entrar en el equipo nacional y después pensó: “Esto está tirado. Me voy a hacer profesional”. A esta decisión le siguió más de una década de éxitos (logró triunfos en España, Europa y EE. UU.) pero también de esfuerzo y algunos sinsabores.

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Es una vida solitaria, con la maleta todo el día para arriba y para abajo. De amateur, con el equipo,   me sentía más arropada pero con 23 años me organizaba yo sola. Además tengo un carácter poco flemático y en el golf no está bien visto que te cabrees y vayas a golpear los pinos. Fue duro”. Así lo  explica Tania casi 20 años después. Ahora asegura que aunque “fue una etapa maravillosa” el golf nunca le gustó demasiado: “No nací con alma de deportista. Luego me di cuenta de que tenía más alma de artista”.

Una dolorosa “señal divina”

Las dudas la acechaban: “Me pasaba la mitad del tiempo llorando, tarde o temprano me iba a ir”. Fue entonces cuando sufrió una lesión grave de espalda. Pasó por el quirófano y por “tres años horribles”. Aunque tuvo que guardar reposo mucho tiempo piensa que podría haberse rehabilitado y continuar su andadura en el golf pero prefirió cambiar. Ahora define aquella lesión como una “señal divina”.

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Franquear la siguiente puerta hacia la fotografía tampoco le resultó difícil
. “Con el golf viajaba muchísimo, eso me encantaba, y recuerdo que mi madre me decía que era una pena que no me llevara una cámara. Con un padre anticuario en mi casa siempre ha habido mucho amor por el arte”, explica. Enseguida se dio cuenta de que se llevaba mucho mejor con las cámaras que con los palos.
De hecho, estos últimos están cogiendo polvo en algún trastero: “No los echo de menos y no hay ningún sitio en el que me sienta más feliz que con mis cámaras”.

A fuerza de leer, practicar y volver a leer, Tania Abitbol   ha hecho realidad su sueño de aunar viajes, fotografía y libros ilustrados.
En 2012 publicó con la editorial Lunwerg su primera obra, Birmania, y tiene otra en camino que se titulará Reinos del Himalaya.

Enamorada de Asia por su cultura y su gente y afín a la filosofía budista asegura que no puede pedirle más a esta vida. “Algo debí hacer muy bien en otra”, dice riendo. En esta línea sus proyectos de futuro pasan por “hacer cada vez mejores fotos”, seguir publicando y, sobre todo, compartir su suerte enfocando su trabajo a ayudar a los demás. Entre su planes a corto plazo está el de viajar a Nepal para hacer las fotos de un calendario con el que recaudar fondos para un orfanato.

 “Si uno tiene la inmensa suerte de poder perseguir su sueño debe hacerlo. Hay mucha gente que podría y no termina de dar el paso”, concluye Tania cuyo único miedo hoy por hoy es que le falte tiempo para ver (y fotografiar) todo lo que quisiera.