El efecto Pratfall: por qué los genios nos caen mejor cuando meten la pata

·3 min de lectura
Photo credit: Disney
Photo credit: Disney

Muchos estereotipos del cine o los libros tienen cierta base de realidad y uno de ellos es, sin duda, el del genio torpe. Desde el aprendiz de mago de Disney hasta el Profesor Frink de Los Simpsons, en la ficción existen numerosos casos de personas que tienen capacidades por encima de la media pero que en algunos aspectos son un desastre.

Ese estereotipo está sacado de muchos casos de la vida real. Quizá el primero que nos viene a la mente es sin duda en el Albert Einstein, un físico que cambió el panorama de la investigación científica, pero que también era una persona falible, de apariencia desgarbada y con un gran sentido del humor.

Intuitivamente es muy fácil describir este efecto por el que las personas brillantes nos empiezan a caer mejor si demuestran ser seres humanos, parecidos a nosotros, nos resultan más cercanos. Un genio cuyo comportamiento fuera absolutamente perfecto e impecable se nos haría más lejano. Podemos admirarlo igual, pero no nos sentimos identificados con él. Un ejemplo de este tipo de personas podría ser Steve Jobs.

Lo cierto es que este hecho no ha pasado desapercibido a la ciencia. En 1966, el psicólogo social estadounidense Elliot Aronson realizó un curioso experimento con los alumnos de la Universidad de Minnesota: grabó y proyectó varias películas en las que varias personas hablaban sobre sus logros académicos. Había algunos sobresalientes y otros que no lo eran tanto. En un momento de la película, a uno de los más brillantes se le caía un café encima, lo que provocó risas entre los espectadores.

Photo credit: Bettmann - Getty Images
Photo credit: Bettmann - Getty Images

El hecho de que cometiera esa torpeza, hizo que a los alumnos les cayera mejor que otros sujetos que habían realizado su intervención sin errores. Calificaron al torpe de atractivo, simpático y cercano.

Fue a partir de este experimento que Aronson definió el “efecto pratfall”, que podríamos traducir como “efecto de la caída humillante”. Se trata de la atracción que se genera por una persona cuando muestra un fallo en su comportamiento del tipo que sea. Los fallos no tienen que ser muchos, si no el efecto se disipa. El ejemplo del café es perfecto, pero si esa persona tira el café cada día…

Este efecto tiene su base en la teoría de la comparación social formulada por el doctor Leon Festinger en 1954. Según ella, las personas tendemos a evaluarnos a nosotros mismos (en todos los campos: inteligencia, belleza, etc.), en comparación con los demás.

En este caso, ver a alguien más inteligente o más resuelto que nosotros, nos haría sentirnos inferiores, lo que bajaría nuestra autoestima. Pero en el momento que comete una torpeza, nuestra empatía por esa persona se dispara, porque la vemos similar a nosotros. Al sentirnos más cercanos, nos sentimos mejor, porque de alguna manera algunas de sus virtudes (que en realidad no tenemos) también las asociamos con nosotros.

Este efecto, no pasa desapercibido a las personas muy inteligentes y algunas suelen intentar usarlo a su favor. En estos comportamientos podríamos enmarcar al típico político besando a un bebé o bailando de forma ridícula en un acto de la campaña electoral o a Elon Musk haciendo chistes malos en la presentación de alguno de sus proyectos milmillonarios.