El punto de inflexión en el que notamos la vejez, según la ciencia

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Cada día somos un poco más viejos, aunque durante gran parte del año logramos mantener bajo control esa ligera desazón, al menos hasta que se acerca nuestro cumpleaños, un momento que nos obliga a mirar cara a cara al dios Chronos.

Los inicios de cada nueva década suelen desencadenar esas reflexiones existenciales. A los 30 años comenzamos a darnos cuenta de que ya no somos jovencísimos porque los niños más pequeños empiezan a decirnos “señor” o “señora”. A los 40 años, cuando nos apetece más quedarnos en casa que salir de copas, comenzamos a tomar nota de que estamos “madurando”. Pero es a partir de los 50 años que comenzamos a ser plenamente conscientes de que estamos envejeciendo y no hay vuelta atrás.

“Nunca seré un anciano. Para mí, la vejez siempre es 15 años mayor que yo” - Francis Bacon [Foto: Getty Images]
“Nunca seré un anciano. Para mí, la vejez siempre es 15 años mayor que yo” - Francis Bacon [Foto: Getty Images]

¡¿Cómo he llegado hasta aquí?! El estupor de los 50 años

Cada persona es diferente y vive el paso del tiempo de manera única, pero los 50 años suelen representar un punto de inflexión para muchos. Lo confirmó el sociólogo David Karp, quien entrevistó a personas de entre 50 y 60 años para comprender cómo se veían a sí mismas.

Karp descubrió que, al llegar a los 50 años, muchas personas experimentaban cierta sensación de estupor. Les resultaba difícil asumir que ya habían llegado a ese punto de la vida. Comenzaron a concientizar que ya no eran jóvenes, pero no terminaban de creérselo porque todavía no se consideraban viejos.

La década de los 50 se convierte en una especie de punto de inflexión en el proceso de envejecimiento porque nos hace sentir de manera más aguda el paso del tiempo. Es una etapa de transición en la que empezamos a cambiar la percepción sobre nosotros mismos al replantearnos nuestro lugar en los diferentes grupos etáreos.

Llegar a los 50 implica, según la esperanza de vida promedio de 81 años, que hemos recorrido casi dos tercios del camino. También marca medio siglo, por lo que tiene un fuerte simbolismo y a menudo lo percibimos como el punto medio que delimita nuestra entrada a la última mitad de la vida. De hecho, un estudio realizado con más de medio millón de personas constató que después de los 40 años nuestra expectativa de vida aumenta drásticamente; o sea, esperamos vivir mucho más que cuando teníamos 20 años.

Ese momento simbólico marca un cambio en el significado del tiempo. No es que nos sintamos inmediatamente viejos, sino que experimentamos una inversión de la dirección del tiempo. Ese cambio puede sumir a algunas personas en una especie de “desesperación silenciosa” sustentada por un miedo apremiante de volverse irrelevantes. Sin embargo, también puede animarnos a tomar decisiones vitales que nos hagan sentir más satisfechos. Todo depende de la manera en que asumamos que estamos envejeciendo.

Los cambios físicos, el primer aldabonazo del envejecimiento

Envejecer no es simplemente avanzar en el calendario, sino empezar a padecer problemas de salud más serios. [Foto: Getty Images]
Envejecer no es simplemente avanzar en el calendario, sino empezar a padecer problemas de salud más serios. [Foto: Getty Images]

Uno de los recordatorios más importantes y permanentes del proceso de envejecimiento son los cambios físicos. Por supuesto, muchas personas, en especial aquellas que realizan trabajos sedentarios, comienzan a notar pequeños problemas alrededor de los 40 años, pero a partir de los 50 esas molestias se agudizan o comienzan a aparecer patologías más graves.

De hecho, algunas de las personas que entrevistó Karp habían sufrido ataques cardíacos, se habían sometido a alguna cirugía mayor o les habían diagnosticado enfermedades como la artritis. A los 50 años, la mayoría de las patologías no suelen generar una gran discapacidad física, pero tienen un impacto psicológico considerable porque son la constatación de que envejecer no implica únicamente avanzar en el calendario, sino comenzar a sufrir problemas de salud más serios.

Otro signo de alarma suele ser la muerte de amigos o conocidos de la misma edad. Esas pérdidas nos obligan a “personalizar” la muerte y percibirla más cercana. Empezamos a pensar que “podría ser la nuestra” porque dejamos de concebirla como una posibilidad remota o altamente determinada por el azar. Damos el primer paso para asumir nuestra mortalidad.

Esos cambios son el primer presagio de que la vejez se acerca, por lo que ya no podemos mirar hacia otro lado.

El ineludible ajuste de cuenta con nosotros mismos

Los 50 años son una etapa para reevaluar la dirección que ha tomado nuestra vida y replantearnos nuestras prioridades de cara a los próximos años. [Foto: Getty Images]
Los 50 años son una etapa para reevaluar la dirección que ha tomado nuestra vida y replantearnos nuestras prioridades de cara a los próximos años. [Foto: Getty Images]

Los 50 suelen marcar un antes y un después porque empezamos a cambiar la perspectiva a través de la cual miramos los años. Dejamos de pensar tanto en lo que ha pasado y comenzamos a pensar en cuánto tiempo nos queda por delante. Nos fijamos más en nuestra expectativa de vida, en lugar de los años cumplidos.

Generalmente esta década suele desencadenar un proceso de ajuste de cuentas con nosotros mismos. Nos anima a mirar atrás para recapitular lo que hemos hecho y tomar nota del punto al que hemos llegado, pero sobre todo nos obliga a mirar al futuro.

Los 50 años son un momento en el que nos sentimos impelidos a reevaluar la dirección que ha tomado nuestra vida y replantearnos nuestras prioridades de cara a los próximos años. Es una etapa para hacer balance y reflexionar.

Nos enfrentamos al hecho de que nuestra vida tiene un límite temporal, por lo que debemos valorar de manera más objetiva los proyectos que emprendamos, preguntándonos si realmente queremos o vale la pena dedicar a ellos los próximos años.

En esta etapa desarrollamos una visión más pragmática, pero a la vez hedonista de la vida. Podemos volvernos más selectivos e involucrarnos solo en los proyectos que realmente nos apasionen o que tengan algún sentido para nosotros. Esa también es la razón por la cual a partir de los 50 años muchas personas toman decisiones radicales que dan un vuelco drástico a sus vidas: simplemente reúnen el coraje para hacer lo que les apetece porque piensan que “es ahora o nunca”.

Los cambios sociales también nos empujan en esa dirección brindándonos una renovada libertad. A los 50 años generalmente ya ha pasado la “emergencia niños”. Los hijos han crecido y abandonado el nido mientras que en la esfera laboral ya hemos alcanzado logros suficientes como para sentirnos menos presionados profesionalmente.

Todo eso nos anima a ser más introspectivos y en muchos casos a replantearnos nuestro proyecto de vida futuro. A partir de los 50 años podemos disfrutar de más libertad, tiempo y energía para perseguir los sueños que dejamos aparcados o dedicarnos más a nosotros mismos. No obstante, hay que tener cuidado al abrir esa caja de Pandora ya que en algunos casos puede conducir a la famosa crisis de la mediana edad.

Nueva perspectiva, nuevas emociones, nueva vida

A pesar del recordatorio constante del envejecimiento, los 50 años no tienen que ser una década sombría. [Foto: Getty Images]
A pesar del recordatorio constante del envejecimiento, los 50 años no tienen que ser una década sombría. [Foto: Getty Images]

Los 50 años también pueden ser un punto de inflexión maravilloso en la vida. A pesar del recordatorio constante del envejecimiento, no tiene que ser una década sombría. Muchas personas reconocen sentirse más libres y menos culpables, lo cual les permite disfrutar con mayor plenitud.

Otros afirman que con los 50 llega una nueva etapa de sabiduría y madurez que les aportan un mayor equilibrio en su día a día. De hecho, se ha constatado que nuestra personalidad cambia a lo largo de los años y muchas de esas transformaciones nos traen más perspectiva y serenidad.

A partir de los 50 años las tormentas emocionales comienzan a amainar. Disminuye nuestro nivel de neuroticismo y nos volvemos más tranquilos. En una serie de estudios realizados en la Universidad del Sur de California, por ejemplo, se constató que, efectivamente, a medida que envejecemos solemos concentrarnos más en la información positiva. A partir de los 40 años en nuestro cerebro se producen algunos cambios que facilitan ese “sesgo positivo”, como el hecho de que la amígdala responde menos a los estímulos negativos y la memoria se optimiza para las imágenes positivas.

Esa nueva perspectiva nos ayuda a irritarnos y enfadarnos menos, lo cual nos permite mantener relaciones interpersonales más asertivas. También se ha constatado que nuestro sentido del humor va mejorando con las décadas. No solo percibimos las bromas como más divertidas, sino que recurrimos más al humor como mecanismo de afrontamiento para evitar situaciones tensas y conflictos.

Como colofón, la experiencia adquirida y la madurez que traen los años nos permiten preocuparnos menos por las cosas intrascendentes, por lo que nuestro estado de ánimo general puede mejorar bastante a partir de los 50 años. Por consiguiente, aunque esta década sea un recordatorio constante de que estamos envejeciendo, también nos abre nuevas oportunidades. Depende de nosotros cómo la afrontamos.

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