Ecoansiedad: cómo gestionar el temor crónico de un cataclismo ambiental

Cada vez más jóvenes sufren ataques de pánico, insomnio o pérdida del apetito debido a la incertidumbre y el miedo que les genera el impacto del cambio climático

Las depresiones y los picos de estrés se podrían convertir en un problema social cada vez más común como resultado del incremento de catástrofes naturales que trae consigo el cambio climático. (Foto: Adobe Stock)

En los 90 ya existían teorías sobre la apocalipsis ambiental, pero estaban consideradas como algo lejano e irreal, propio de mentes alarmistas. Hoy se ha convertido en un fenómeno creciente y real.

Cada vez más niños y adultos jóvenes reciben tratamiento con medicamentos psiquiátricos para disminuir el estrés y el agotamiento emocional provocado por la ‘eco-ansiedad’ o el miedo ferviente de que los seres humanos se extingan como resultado de su propia contaminación y daño al ambiente, según recoge The Telegraph.

Sociólogos, psicólogos y neurólogos alertan sobre este nuevo trastorno reconocido por la Sociedad Americana de Psiquiatría (APA), que lo define como “un miedo crónico a la destrucción medioambiental”.

"Una parte significativa de la población está experimentando estrés y preocupación por los posibles impactos del cambio climático, y el nivel de preocupación va en aumento", explica Susan Clayton, profesora de psicología y estudios ambientales en el College of Wooster.

Clayton, coautora del informe “Salud mental y nuestro clima cambiante: impactos, implicaciones y orientación”, asegura que hay evidencias de que los problemas de salud mental están vinculados al futuro precario de nuestro planeta.

Cada vez más irreversible

El temor crónico de un cataclismo ambiental, el estrés de los impactos del cambio climático y la preocupación por el futuro definen este nuevo trastorno que hasta ahora no tenía un nombre específico.

Se trata de un desasosiego emocional que puede tener graves consecuencias negativas para la salud mental (ansiedad, depresión o, incluso, suicidios), y va ligado a una sensación de frustración debido al escaso poder de las acciones individuales.

Finalmente bautizado como ‘ansiedad ecológica’, ‘angustia por el cambio climático’ o ‘dolor ecológico’, la forma en que afectará a la salud mental de las personas a largo plazo “dependerá de cómo la sociedad responda", añade Clayton.

El temor crónico de un cataclismo ambiental, el estrés de los impactos del cambio climático y la preocupación por el futuro definen este nuevo trastorno. (Foto: Getty)

No lo sufren sólo los jóvenes

Aunque este trastorno afecta principalmente a jóvenes y adultos con hijos preocupados por el futuro del planeta, también lo desarrollan personas que sienten un gran apego por la naturaleza y que tienen “una mirada empática sobre las repercusiones que tendrán sus acciones sobre la vida de las siguientes generaciones", explica a Público Juan Cruz, psicólogo clínico del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

Como Teresa, que compra a granel hasta los productos de limpieza, y ha contado a RTVE que en su día a día se enfrenta a “risitas y miradas” porque lleva sus propios envases. “Hay gente que no lo soporta bien pero a mi no me ofende”.

También pueden sufrir este tipo angustia quienes han vivido inundaciones, ciclones, sequías y otros desastres naturales. Haber pasado por estas situaciones hace que puedan presentar estrés post-traumático, depresión, hipocondría, somatizaciones por angustia extrema o empeoramiento de la salud mental.

Entre los factores que pueden aumentar la sensibilidad están “la ubicación geográfica, la presencia de discapacidades preexistentes o enfermedades crónicas, y las desigualdades socioeconómicas y demográficas, como el nivel educativo, los ingresos y la edad”, tal y como recoge la investigación de la APA.

Además, la eco-ansiedad también afecta a “personas con problemas de salud previos que ven empeorar sus patologías por la contaminación”, apunta Cruz. Y así lo han explicado en las redes expertos en epidemología como Cristina Linares Gil, científica de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III.

Incluso los científicos son incapaces de digerir sus propios descubrimientos. "Hay veces en que estoy con mi máscara de buceo y simplemente me pongo a llorar cuando veo esa tragedia", cuenta Tim Gordon, biólogo marino de la Universidad de Exeter, en Inglaterra.

Más allá de los síntomas físicos

Gordon que hace investigaciones de campo en la Gran Barrera de Coral de Australia y en el Océano Ártico confiesa que sufre síntomas físicos como insomnio y palpitaciones. Algunos de sus colegas han llegado incluso a pedir ayuda para digerir los resultados de sus investigaciones.

Los problemas digestivos también se relacionan con la eco-ansiedad, que puede incluso generar una sensación parecida al duelo por la pérdida de un ser querido. Y es que la desesperanza que muchas personas sienten ante la imposibilidad de que las cosas cambien, les lleva a tener un sistema inmunitario debilitado, a sentir apatía y dejadez.

Y esto a su vez lleva al empeoramiento de enfermedades mentales (como la esquizofrenia) y aumenta la tendencia al suicidio según concluyen diversos estudios realizados desde 2001 y citados en el artículo “The Psychological Impacts of Global Climate Change’ (Los impactos psicológicos del cambio climático global), de Doherty y Clayton.

¿Cómo podemos llegar a comportarnos?

“El estrés por los fenómenos climáticos puede hacer que los niños experimenten cambios en e comportamiento, el desarrollo, la memoria, la función ejecutiva, la toma de decisiones y el rendimiento escolar",advierte el estudio del APA.

Entre las consecuencias se incluyen el aumento de traumas y estados de shock, estrés postraumático, ansiedad, abuso de sustancias y depresión. Además, se indican también efectos crónicos como el incremento de agresiones y violencia, sensación de impotencia, desesperanza, miedo, fatalismo o sentimientos intensos de pérdida.

Y para muestra destacan la situación vivida en las áreas afectadas por el huracán Katrina, donde las tasas de suicidio y tentativa se triplicaron tres años después del desastre, y, además, un 49 por ciento de los afectados desarrolló trastornos de ansiedad y depresión.

Acción frente a la preocupación

¿Qué se puede hacer para evitarlo? “La primera línea de defensa contra la ansiedad ecológica es tener un plan”, afirma Clayton. “El miedo se alimenta de sí mismo. Cuando nos negamos a enfrentar lo que tememos, parece aún más aterrador y poderoso, como el monstruo debajo de la cama”.

Es decir, debemos pasar a la acción y huir del negacionismo. Esta sería la manera de encarar la eco-ansiedad según los expertos. Para Andreu Escrivá, ambientólogo valenciano y ganador del XXII Premio Europeo de Divulgación Científica por ‘Aún no es tarde’, “la ansiedad parte del conocimiento de que las soluciones son muy complejas, que no hay ninguna solución fácil. Causa ansiedad saber que debemos renunciar a volar, a comer carne o a coger el coche. Y por otro lado, piensas que puedes reducir tu huella, pero eso apenas importa si el resto de la gente no lo hace”.

Sin embargo, “transformar esa negatividad y ansiedad en pequeñas acciones que permitan cambiar lo cotidiano puede ser útil”, apunta Cruz. Es decir, aunque lo que haga una sola persona nunca va a ser suficiente, ir modificando pequeñas parcelas redundará en mejoras graduales.

“Es lo que pasaba con el tabaco hace muchos años”, explica Miguel López-Cabanas, doctor en psicología. Hay un cierre perceptivo del riesgo; se puede producir el fenómeno de ansiedad si ese riesgo se ve que es tan elevado y no se puede hacer nada para evitarlo”.

La clave está en que cada individuo trabaje su vulnerabilidad y, en especial, la resiliencia, la capacidad de superar y salir reforzado de las situaciones difíciles.

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