Drew Barrymore y la dura tarea de perdonar a su madre tras internarla en un centro psiquiátrico cuando era niña

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Drew Barrymore es la personificación de dos polos opuestos en Hollywood. Por un lado, es el ejemplo más significativo del juguete roto infantil destruido por la fama y, por otro, un rol ejemplar de superación, supervivencia y transformación absoluta. Sin embargo, hay otra cualidad de la que pocas veces se habla: la de aprender a perdonar, soltar y pasar página después de vivir la terrible experiencia de ser internada por su propia madre en un centro psiquiátrico a los 13 años. Durante un año y medio.

Drew Barrymore posa para un fotógrafo el 8 de junio de 1982 con su madre Jaid Barrymore en New York. (Photo by Yvonne Hemsey/Getty Images)
Drew Barrymore posa para un fotógrafo el 8 de junio de 1982 con su madre Jaid Barrymore en New York. (Photo by Yvonne Hemsey/Getty Images)

Nacida el 22 de febrero de 1975, Drew nació en la cuna de una dinastía hollywoodense: los Barrymore, una familia con un historial en la industria que se remonta al actor Maurice Barrymore (1849-1905). Es más, hasta sus padrinos son leyendas: Sophia Loren, Anna Strasberg (la esposa del aclamado profesor de arte dramático Lee Strasberg) y Steven Spielberg. Cuando tocó el estrellato de la mano de su padrino en E.T. el extraterrestre tenía apenas 7 años y ya la comparaban con Shirley Temple por su frescura, simpatía y confianza natural ante la cámara. A este clásico le siguieron otras películas como protagonista, como Ojos de fuego y Diferencias irreconciliables. Sin embargo, el éxito también le abrió las puertas a un mundo de adultos que ningún niño debería tener acceso: el de las fiestas, drogas y alcohol.

A los 10 años había probado marihuana y a los 12 era adicta a la cocaína, usando las sustancias como vía de escape para enmascarar el dolor que llevaba por dentro. Porque si bien los focos de Hollywood brillaban sobre ella, según reveló más tarde en su biografía, las adicciones y fiestas se convirtieron en un “antídoto” tras crecer en un hogar con un padre alcohólico y violento. Se escapaba de su casa por la noche y desaparecía durante días mientras su madre achacaba su comportamiento a cosas de la edad, mirando hacia otro lado hasta el punto de no darse cuenta del consumo descontrolado de su hija preadolescente. No obstante llegó un momento en que Jaid Barrymore tuvo que abrir los ojos y hacer frente a la situación, internándola en un centro de rehabilitación a los 12 años.

Pero los problemas continuaron y finalmente optó por tomar una decisión drástica e internarla en un centro psiquiátrico. Era una adolescente de 13 años. Y no hablamos de un centro privado con lujos para estrellas, sino de un ala psiquiátrica para pacientes con enfermedades mentales y castigos con chalecos de fuerza.

Drew Barrymore en el set de la película para televisión de Clive Donner en 1986 Babes in Toyland. (Photo by Pierre Perrin/Sygma via Getty Images)
Drew Barrymore en el set de la película para televisión de Clive Donner en 1986 Babes in Toyland. (Photo by Pierre Perrin/Sygma via Getty Images)

Drew pasó un año y medio allí y, al salir, pidió a un juez que le concedieran la emancipación legal. Lo consiguió y pasó varios años sin dirigirle la palabra a su madre. El rencor no se lo permitía. Aun más cuando ese mundo de fiestas lo conoció porque su progenitora la llevaba al famoso club nocturno Studio 54 de Nueva York hasta cinco noches a la semana, mientras cargaba con la dificultad emocional de vivir en un hogar violento.

Cuando tenía 13 fue probablemente mi momento más bajo. El solo hecho de saber que estaba realmente sola. Me sentía terrible” dijo a The Guardian en 2015. “Me escapaba, estaba muy, muy enfadada”.

Mi madre me puso en un ala psiquiátrica” dijo a Howard Stern en una entrevista de 2021, mofándose de los centros de rehabilitación que visitan las estrellas, definiéndolos como “spas” y “vacaciones” en comparación a lo que vivió ella. En este lugar, si se portaba mal, la encerraban en habitaciones acolchadas o la ataban con chalecos de fuerza a una camilla. Una serie de experiencias que vivió en primera persona al sacar a la rebelde que llevaba dentro y ser la responsable de incitar a otros pacientes a rebelarse de vez en cuando. “Algunos días era divertido porque incitaba a las otras chicas y les decía ‘escuchen, a la mierda con este lugar, a estas personas no les importamos ¡enseñémosles!” gritaba en esos momentos mientras varios pacientes se sumaban, desde adolescentes a ancianas.

Sin embargo, un año y medio es mucho tiempo. Tanto que resulta imposible imaginar cómo se vive una experiencia semejante con tan solo 13 años. No obstante, podemos deducir que fue terrible para ella dado que pasó varios años alejada de su progenitora al salir de la institución (ET Online).

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Fue el propio centro el que sugirió que “se divorciara” de su madre. “Había perdido credibilidad como madre al llevarme a Studio 54 en lugar de al colegio. Yo estaba fuera de control por culpa de estar trabajando desde los 11 meses y lo que eso hizo a mi niñez, lo que me hizo crecer demasiado rápido” escribió en su biografía. El juez entonces le concedió la emancipación a los 14 años, pasando a vivir sola sin tener idea del mundo real. “No tenía idea cómo manejar un apartamento a los 14. Había hongos creciendo por todos lados, era un desastre. Era un vecindario peligroso y me daba miedo dormir” dijo a The Guardian. Y, mientras tanto, Hollywood le daba la espalda, habiendo perdido la luz infantil que tanto había brillado sobre ella, viéndose obligada a empezar de nuevo. Su vida personal era una espiral constante con novios, prometidos, bodas y divorcios. A los 18 ya se había comprometido dos veces y su primer matrimonio tuvo lugar tras cumplir los 20, divorciándose dos meses más tarde.

Y durante todo este tiempo construyó un muro divisorio entre ella y su madre, donde solo había lugar para el rencor. “Mi madre creó un monstruo y no sabía qué hacer con él. Era su último intento y, la verdad, yo estaba fuera de control” sentenció en la mencionada entrevista a Howard Stern. “Pero la perdono por tomar aquella decisión. Probablemente sintió que no tenía a dónde ir y estoy segura que vivió con mucha culpa durante años por crear a ese monstruo, pero también mucho dolor porque yo no le hablaba”.

Sin embargo, llegó un punto de inflexión a raíz del dolor que ese rencor y separación le provocaban. “Me sentía tan culpable negando acceso a mi madre que sentía que estaba cortando la fuente de vida. Fue el sentimiento más duro, el peor dolor que he sentido en mi vida” sentenció.

“No podía dejar que se siguiera machacando, que estoy segura que lo hizo, por tener una hija que no le hablaba […] y pensé ‘Tengo que dejarlo ir, porque ¿qué se consigue con todo esto?’” Y así bajó la guardia. La empatía que desarrolló con los cambios y avances que fue dando en su vida personal y profesional y, sobre todo, el ser madre de dos niñas, le ayudaron a ver las cosas de otra manera.

Estoy muy feliz de haber encontrado sanación” explicó, revelando que si ella pudo hacer cambios en su vida, entonces su madre también podía. Eso sí, cuando se trata de su propia experiencia como madre, decidió ser la antítesis de la suya. “Las crío de forma más tradicional y tranquila, muy protectoramente, todo lo contrario a mi crianza” aseguró sobre su rol maternal con sus dos niñas. “Le dije a una de ellas, ‘No soy tu amiga, nunca lo seré. Soy tu madre. Tuve una madre que fue mi amiga y no vamos a hacer lo mismo’”.

Con el tiempo reconoció que pasar por aquella institución le otorgó lecciones de vida que no tuvo por parte de sus padres. "Fue una experiencia muy importante para mí. Fue muy humillante, muy tranquilizador. Quizás era necesario, porque de ahí salí una persona más respetable. Y mis padres no me enseñaron eso, y la vida no me estaba enseñando eso. Salí de una manera muy diferente… pero seguía siendo yo" dijo a The Guardian.

A sus 47 años, Drew Barrymore disfruta de un camino diferente en su vida. La actriz, productora y presentadora de su propio talk show, se ha erigido en el tiempo como una representante de la belleza natural y espontaneidad, manteniendo una vida privada ajena a las brillos opulentos de su industria. Y con su madre a su lado, habiendo encontrado la sanación emocional que otorga el perdón y disfrutando de una nueva etapa como abuela, madre e hija.

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