El Drácula español que vivió a la sombra de Béla Lugosi injustamente

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Habremos visto decenas de versiones de Drácula a lo largo de los años, tanto en cine como en televisión, pero por mucho que pase el tiempo, resulta innegable que Béla Lugosi continúa siendo la representación más icónica del chupasangres de Bram Stoker. Su versión de 1931, filmada después de interpretarlo con éxito durante tres años en los escenarios de Broadway, pasó a la historia coronándose como icono visual del personaje, siendo una representación que podemos reconocer de manera instantánea, incluso en la actualidad, cuando la película ni siquiera se repone en cine o televisión.

Sin embargo, al mismo tiempo existió otro actor que debería haber disfrutado del mismo reconocimiento. O más incluso. Era español, se llamaba Carlos Villarías y escribió sin saberlo uno de los capítulos más fascinante de la historia del cine.

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Nacido el 7 de julio de 1892 en Córdoba, Carlos Villarías fue un abogado que después de graduarse en la Universidad de Valladolid, e incluso abrir su propio bufete, decidió dar un vuelco profesional a su vida. Su pasión por el teatro lo llevó por diferentes compañías, trabajando en Paris, Turín y haciendo giras por Europa. Sin embargo, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial emigró a Estados Unidos, donde pudo continuar su profesión con el Teatro Español de Nueva York, dando el salto definitivo al cine cuando decidió mudarse a California en 1923.

Se mantuvo en la industria durante varias décadas, rodando películas en Hollywood, España y México, pero nunca terminó de destacar con la fuerza de una gran estrella. Aunque pudo haberlo sido gracias a Drácula… si la sombra de Béla Lugosi no se hubiera hecho tan grande.

Si se están preguntando qué tiene que ver este español con la leyenda húngara del cine vampírico, la respuesta es que mucho más de lo que se imaginan. Y es que Carlos Villarías interpretó al personaje en otra película de Drácula que se rodó con el mismo guion, en los mismos decorados y al mismo tiempo. Pero en español. Y aunque muchos la consideran “superior” a la de Béla Lugosi, prácticamente nadie la recuerda.

Veamos por qué. A partir de 1929 comenzó una etapa de transición en la industria cinematográfica. El cine sonoro se estaba abriendo camino a pasos agigantados, provocando una revolución tecnológica que obligó a los dueños de salas a modernizarse a la fuerza. Sin embargo, y a pesar del coste, los productores y estudios sabían que las ‘talkies’ eran el futuro y apostaron de lleno a la magia del sonido.

Pero había un inconveniente. Que los actores pudieran hablar reducía las opciones del mercado internacional dado que no todo el mundo, evidentemente, habla inglés. Y como el negocio del doblaje aún estaba en pañales (los primeros estudios aparecieron en España entre 1933 y 1934), Hollywood ideó una estrategia para no perder ganancias: producir ‘dobles versiones’. Es decir, dos películas que contaban la misma historia pero rodadas en idiomas diferentes.

El fenómeno no duró mucho y tan solo tuvo lugar en esta etapa de transición, pero Drácula es el ejemplo más significativo y recordado. Porque mientras Béla Lugosi se vestía del legendario vampiro y filmaba su película durante el día bajo las órdenes de Tod Browning; Carlos Villarías lo hacía por las noches cuando el estudio quedaba libre.

Bela Lugosi como el Conde Drácula en una escena de la película 'Drácula', 1931. (Foto de Universal/Getty Images)
Bela Lugosi como el Conde Drácula en una escena de la película 'Drácula', 1931. (Foto de Universal/Getty Images)

La película de Drácula en español la dirigió George Melford, un exactor teatral convertido en cineasta, con un presupuesto mucho más bajo a la película original. La idea era rodar lo mismo en otro idioma. Por eso tenían el mismo guion, decorados originales e, incluso, el director y su actor español tenían acceso exclusivo a ver las escenas rodadas por Browning con la intención de acercar la película y actuación a la de Béla Lugosi. Es más, hasta Carlos y el húngaro llevaban el mismo peluquín. El rodaje español entraba al estudio a las seis de la tarde, cuando terminaba el inglés, rodando hasta las siete y media de la mañana. Momento que eran relevados por el equipo americano.

Sin embargo, Melford se las ingenió para darle su toque personal y hacer una película técnicamente superior. El director fue mucho más hábil en su estrategia argumental, siendo más fiel al libreto mientras dejaba fluir las secuencias y arriesgaba con planos más abiertos que no solo hicieron que la cinta fuera más larga (una media hora más que la de Browning) sino también más aterradora (al menos para su época). Sobre todo por sus claras referencias a Nosferatu.

No obstante, si no dejó la huella que debería fue por varios motivos. Por un lado, porque Melford no hablaba el idioma. Es decir, la cinta se rodaba en español con un equipo íntegramente de habla hispana, pero él no entendía ni papa. Y el resultado era evidente al no poder controlar el mejunje sonoro de acentos que distraía al espectador hispanoparlante. Resultaba irrisorio ver a un grupo de personajes que mezclaban acentos mexicano, argentino y español dentro de una misma historia y sin explicación ninguna. Pero hubo otro motivo de su paso fugaz por el recuerdo hispano.

Esta versión de Drácula fue la primera que el público en español conoció, estrenándose en España, Argentina, México y EE.UU en 1931. Incluso varios años antes que llegara la de Béla Lugosi a los cines. Sin embargo, era muy pronto a nivel tecnológico para que la cinta recorriera el mundo hispano como merecía. Básicamente porque no había cines suficientes que pudieran proyectar películas habladas.

Por ejemplo, en el caso de España, la transición del cine mudo al sonoro no fue nada fácil. Entre esta etapa (1929-1935), el país estaba viviendo las consecuencias del cambio de regímenes (el fin de la monarquía y el nacimiento de la Segunda República), derivando en un desarrollo más tardío que otros países. Por ejemplo, al finalizar 1930, EE.UU. había realizado una fuerte inversión y el 40% de sus salas contaban con proyectores sonoros. Pero en España solo había cinco cines adaptados, tres en Madrid y dos en Barcelona, sobre una estimación de poco más de tres mil cines.

Como consecuencia, la versión de Béla Lugosi se impuso con el paso del tiempo y el uso del doblaje, mientras la película de Carlos Villarías pasó al olvido. Es más, estuvo relegada en los archivos de Universal hasta que el American Film Institute pidió una copia en 1977 para una retrospectiva. En ese momento se dieron cuenta que el tercer rollo estaba destruido y no fue hasta más de una década después que se encontró una versión intacta en la filmoteca de Cuba. Fue entonces cuando se llevó a cabo una restauración completa, estrenándola en Los Angeles el mismo día del estreno de Drácula de Francis Ford Coppola en 1992.

Por su parte, Carlos Villarías disfrutó de una carrera fructífera en Hollywood gracias a su dominio del inglés, apareciendo en más de 80 largometrajes, incluyendo la mexicana Nostradamus (1937)​ y La vida secreta de Marco Antonio y Cleopatra (1947). Pero no dejó la huella vampírica que merecía en vida con una película que técnicamente superaba al clásico que más se recuerda. Murió el 27 de abril de 1976 en California.

Fuentes: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, RTVE

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