Dr. Feelgood, el médico de las estrellas que inyectaba drogas adictivas sin que ellas lo supieran

Las jornadas laborales eternas y los contratos que obligaban a los artistas a rodar una película tras otra, fue la realidad que muchas estrellas vivieron en la Era Dorada de Hollywood. Y cada vez que me adentro en una historia de esta época, encuentro anécdotas similares de actores y actrices que brillaban delante de la cámara pero detrás vivían un tormento propiciado por los barbitúricos, el alcohol y el agotamiento extremo forzado por los jefes de los estudios o la presión de la industria. Pero entre todas estas leyendas hay un nombre que se repite: el Dr. Feelgood, el traficante secreto de las estrellas.

Cuentan que Elizabeth Taylor sufrió las consecuencias de las inyecciones del Dr. Feelgood en el rodaje de Cleopatra (Gtres)

En los años 30, los actores de éxito infantiles como Judy Garland trabajaban hasta 18 horas al día, seis días a la semana; mientras muchas actrices adultas vivían bajo el escrutinio constante de la prensa y la industria. Desde el control físico cuidando la figura y el peso (Garland pasó todo el rodaje de El mago de Oz a base de sopa de pollo y café para mantenerse delgada), al control personal de los estudios que mantenían una atenta mirada sobre las relaciones que sus estrellas mantenían -ya les conté la historia de William Haines a quien exigieron que se casara con una mujer para tapar su homosexualidad- y, por supuesto, la presión constante de cumplir con el contrato sin descanso. Así fue cómo muchas estrellas de Hollywood -infantiles y adultas- recibían anfetaminas para mantenerse despiertos y activos durante el día, y pastillas para dormir para calmar sus efectos por las noches. Esto fue, por ejemplo, cómo la protagonista de El mago de Oz comenzó una adicción que la llevó a la tumba.

Fue mientras preparaba mi artículo sobre Hedy Lamarr -otra actriz que fue víctima de las adicciones- que descubrí el nombre del Dr. Feelgood o Miracle Max (como se conocía en Hollywood), llevándome una sorpresa enorme al indagar en su historia, tanto que aquí se las comparto.

El nombre real del Dr. Feelgood fue Max Jacobson, un médico alemán afincado en Nueva York que trató a figuras como Lauren Bacall, Indrig Bergman, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart, Truman Capote, Cecil B. DeMille, Anthony Quinn, Elvis Presley, Hedy Lamarr, Frank Sinatra y hasta el mismísimo John F. Kennedy, entre muchos otros. Vamos, que no había quién no lo conociera.

Su poder residía en el secretismo de su fórmula y en una fama creciente entre los ricos y famosos. Atendía sobre todo a la comunidad creativa y política, y se dio a conocer por haber desarrollado una fórmula de vitaminas “milagrosa” que aportaba energía y regeneraba tejidos pero, atención, eran anfetaminas mezcladas con hormonas animales, enzimas, placenta humana, médula ósea, analgésicos, esteroides y multivitaminas. Y muchos de sus pacientes ni siquiera sabían que les estaban inyectando semejante coctel adictivo.

Se sentían liberados de dolor y depresión, eufóricos y activos, y muchos creyeron que eran vitaminas especiales como les explicaban en la consulta. Y después de convertirse en el médico que “curaba” al presidente Kennedy de sus dolores, su fama se disparó. Nacido en el año 1900, era un judío alemán que huyó de su país antes del Holocausto. Afincó su oficina en el Upper East Side de Manhattan y a lo largo de su carrera, alteró las vidas de muchas figuras del entretenimiento y la política.

“Euforia instantánea” es lo que provocaban sus inyecciones según dijo Truman Capote, como recoge el libro Dr. Feelgood de Richard Lertzman y William Birnes. “Te sentías como Superman. Volabas. Las ideas fluían a la velocidad de la luz. Pasabas 72 horas sin siquiera necesitar una taza de café… Si buscabas sexo, durabas toda la noche”.

Era un médico discreto y sus tratamientos eran instantáneos, como afirman expertos en el episodio dedicado a él en Dark Crimes. Tal era su discreción que Kennedy comenzó sus “tratamientos” con él en 1960, administrándole inyecciones para sus dolores de espalda por lesiones provocadas durante la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de dos años visitó al presidente en la Casa Blanca en 34 ocasiones hasta que los médicos oficiales decidieron detener sus tratamientos tras descubrir el uso inapropiado de esteroides y anfetaminas. Incluso hay quienes creen que las drogas habrían provocado efectos secundarios, como juicio nublado, nerviosismo y cambios de humor repentinos, durante la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962.

Es más, fueron los agentes del trigésimo quinto presidente de EEUU quienes lo apodaron con el mote del “Dr. Sentirsebien” debido a sus dotes para hacer que el mandamás del país cambiara su estado de ánimo después de cada visita.

¿Se acuerdan del legendario “Feliz Cumpleaños” que Marilyn Monroe le cantó al mismo presidente en Madison Square Garden? Desde aquella intervención televisada muchos creyeron que estaba alcoholizada, pero según el libro de Lertzman, en realidad estaba bajo los efectos de las anfetaminas del doctor. ¿Por qué? Porque Marilyn compartía el mismo médico que el presidente. Al parecer, la actriz le “rogó” al doctor que le diera uno de sus tratamientos milagrosos antes de subir al escenario. “Pero le dio una dosis muy grande y es por eso que articula mal en la canción” describe el libro y también el capítulo documental de Dark Crimes.

Hasta Jackie Kennedy se sometió a sus tratamientos tras supuestamente sufrir depresión, y el primer ministro británico Winston Churchill hizo lo mismo por consejo del director de cine Cecil B. DeMille mucho antes, en 1956.

Jacobson se hizo famoso entre las celebrities de la industria gracias a su técnica para hacerlos sentir mejor, ganando adeptos y pacientes en decenas. Y conociendo la presión ejercida por la industria entre los artistas, trabajando sin parar y manteniendo una imagen perfecta, resulta comprensible que más de uno corriera a ser atendido por este médico milagroso sin tener noción ninguna que ponían sus vidas en peligro.

Max no compartía con sus pacientes lo que verdaderamente estaba inyectando en sus cuerpos, ni los efectos adictivos que tenía, convirtiéndolos en adictos sin siquiera saberlo. “Me dijo que eran vitaminas líquidas” recuerda el compositor Hugh Martin en el mismo libro. “Nunca supe que estaba bajo el efecto de drogas pesadas durante 10 años. Casi me mata”.

Y es que sus inyecciones tenían consecuencias. “Cuando la droga pasaba su efecto, era como caerse de un precipicio” explica el autor del libro. “Caías en una depresión que solo más metanfetamina podía curar. Era altamente adictivo y podía causar paranoia, episodios psicóticos, síntomas de esquizofrenia y muerte”.

Cuenta el mismo libro que Elizabeth Taylor sufrió una sobredosis en el set de Cleopatra a raíz de una de las inyecciones de Jacobson, mientras que el cantante Harry Belafonte afirmó que casi perdió la vista en un ojo tras una sola inyección. Por su parte, Elvis Presley estuvo enganchado a estos “tratamientos”, como también el fotógrafo de moda Bob Richardson que pasó dos años en un hospital mental recuperándose de la adicción provocada, mientras el actor Anthony Quinn terminó describiendo al médico como “un hombre malvado” tras descubrir lo que le había estado inyectando.

Por su parte, el dramaturgo Tennessee Williams (Un tranvía llamado deseo) recibió una gran cantidad de inyecciones para combatir su depresión, pero para contrarrestar sus efectos y el insomnio, Jacobson también le recetó seconal (o secobarbital, un barbitúrico), pero sufría intolerancia a este medicamento que, años más tarde, lo llevó a la muerte.

Varios de sus pacientes afirmaron que sus tratamientos destruyeron sus vidas y sus carreras, y según un artículo de New York Times publicado en 1972, cuando los pacientes criticaban sus inyecciones, el doctor los calificaba de ser mentalmente inestables o que los efectos secundarios eran fruto del consumo de alcohol durante el uso de sus drogas.

Tras provocar adicción en quien sabe cuántas personas, resulta increíble descubrir que en el capítulo de Dark Crimes, la hija del doctor, Jill Jacobson, todavía lo defiende, asegurando que el propósito de su padre “era ayudar a otras personas con dolor a mejorar sus vidas”. Pero en realidad, pasó años de su carrera inyectando a ricos y famosos con un coctel compuesto por drogas de lo más adictivas. Sin embargo, al final, la historia se le dio la vuelta. Años más tarde, a finales de la década de los 60, el propio Jacobson comenzó a sufrir los efectos de su propia medicina tras haberse “enganchado” a sus anfetaminas. Veía hasta 30 pacientes al día y llegaba a trabajar durante 24 horas seguidas, pero su carrera comenzó a dar un vuelco en 1969 tras la muerte de un paciente. Fue el fotógrafo presidencial Mark Shaw a los 47 años, que según la autopsia, murió de “envenenamiento severo y crónico de anfetamina intravenosa”.

La muerte llamó la atención de la prensa y en 1972, el New York Times publicó el artículo mencionado que indagaba y revelaba las prácticas y secretos del doctor, propiciando una investigación de la Oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas del país que descubrió que Jacobson hacía que sus empleados compraran grandes cantidades de anfetaminas. Según testificó Bob Richardson en la investigación, el doctor preparaba dos agujas intravenosas en la consulta, una para el brazo y otra para la cadera, y luego le daba una ampolleta de 30cc y una receta para comprar agujas hipodérmicas. Incluso confesó que la cantidad de pacientes que asistían al consultorio eran tan grande que la enfermera les enseñaba a inyectarse.

Fue acusado con 48 cargos de conducta no profesional y su licencia médica fue revocada el 25 de abril de 1975. Cuatro años más tarde intentó recuperarla, pero se lo denegaron y murió el 1 de diciembre de ese mismo año, 1979.

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Fuentes: Dark Crimes (YouTube), ‘Dr. Feelgood’ (Lertzman y Birnes, 2013), The New York Times