Las consecuencias de los peligrosos bulos médicos de Donald Trump en la población estadounidense

El presidente de EE.UU. Donald Trump. REUTERS/Kevin Lamarque

Como millones de estadounidenses, una pareja de Arizona no perdió detalle de una de las comparecencias del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pegados al televisor, el 20 de marzo quedaron prendados con las palabras de su mandatario, que afirmó a bombo y platillo que la cloroquina y la hidroxicloroquina eran medicamentos clave en la lucha contra la pandemia de Covid-19. El líder republicano indicó que los primeros resultados de las pruebas de estos dos componentes, usados en humanos para tratar enfermedades como la malaria, eran “muy, muy alentadores” en la lucha contra el coronavirus. Tanto que la FDA (la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU.), según Trump, había aprobado su uso. Horas después, publicó en Twitter que la cloroquina combinada con el antibiótico, azitromicina, podría suponer “uno de los mayores cambios en la historia de la medicina” y que había que “usarlo inmediatamente porque la gente estaba muriendo”.

Con aquellas palabras, Trump se anticipó a las conclusiones que aún están bajo estudio científico por parte de la Organización Mundial de la Salud y la pareja de Arizona creyó cada frase que salió de su boca con la inocencia de dos personas vulnerables y moldeables. Ella se percató de que en su estantería contaban con un producto que contenía la sustancia que su presidente catalogó como milagrosa y no se lo pensaron dos veces. El ingrediente formaba parte de un tratamiento antiparásito para los peces de su acuario y no tenía nada que ver con el uso que se da en humanos. Lo ingirieron, tras mezclarlo con una bebida, por temor a contraer el virus; a los cinco días, el hombre falleció intoxicado y ella se recuperó en la unidad de cuidados intensivos. Ambos superan los 60 años de edad y el miedo se apoderó de su sentido común

Un mes después, tras otra comparecencia diaria de Trump en la Casa Blanca, el presidente estadounidense volvió a lanzar un mensaje que muchos ridiculizaron, aunque otros se tomaron en serio. 

“Entiendo que el desinfectante lo elimina (al virus) en un minuto, un minuto, y ¿hay alguna manera de que podamos hacer algo así mediante una inyección o una limpieza interna? (…) Sería interesante comprobar eso”, declaró el presidente mientras se dirigía a la coordinadora de Respuesta contra el Coronavirus, la doctora, Deborah Birx, quien no salió de su asombro. 

Ni la inmediata movilización de expertos como Craig Spencer, director de salud global en medicina de emergencia del Centro Médico de la Universidad de Nueva York, quien no escondió su temor a que la gente se tomara en serio sus palabras y se registraran fallecimientos por intoxicación, no sirvió para frenar las intenciones aquellos que recibieron de buen agrado el mensaje de Trump. Tampoco fue suficientemente efectiva la respuesta de compañías como Lysol y Dettol, que a través de su matriz, Reckitt Benckis, emitieron un comunicado dejando claro que “bajo ninguna circunstancia nuestros productos desinfectantes deben ser administrados en el cuerpo humano (a través de inyección, ingestión o cualquier otra vía)”, o el anuncio del Estado de Washington en el que urgieron a la población a no hacer caso de lo que el presidente había sugerido: “Por favor, no consuma pastillas de detergente ni se inyecte ningún tipo de desinfectante”. 

El presidente de EE.UU. Donald Trump. REUTERS/Kevin Lamarque


Más de un centenar de personas acudieron a diferentes hospitales de EE.UU. con signos de intoxicación. 

La prudencia del presidente de EE.UU. está soterrada por su ego. Su falta de moderación y templanza han brillado desde que formaba parte del mundo de los reality shows y el entretenimiento. Sus excesos millonarios se han nutrido de acciones y comentarios propios de una persona cuya perspectiva queda reducida a su propio ser. Pero este niño grande consentido, con aires narcisistas y acostumbrado a hacer lo que le viene en gana se ha convertido en el máximo mandatario de uno de los países más influyentes del planeta. Todo lo que dice y lo que hace se somete al escrutinio de parte de la sociedad, pero también es tomado al pie de la letra por aquellos que le tienen en un pedestal. 

La cultura de los bulos siempre ha estado presente y durante estos tiempos de coronavirus y pandemia han germinado sobremanera. El boca a boca en determinados países ha provocado masacres como la que se ha vivido en República Dominicana, después de que más de un centenar de personas hayan fallecido por el rumor de un remedio casero eficaz contra el virus que acabó conteniendo un 50 por ciento de metanol. Algo parecido sucedió en Irán al comienzo de la pandemia, donde decenas de personas perdieron la vida tras ingerir una bebida etílica que se creía que protegía a la población del Covid-19.

Donald Trump preguntó si inyectarse detergente servía para combatir el virus. (CHRIS DELMAS/AFP via Getty Images)

El miedo, el sentimiento de vulnerabilidad, la confianza en lo que dicen determinadas personas, la creencia en cuentos y casos sin confirmación… la historia demuestra que no es difícil aceptar y propagar creencias erróneas y peligrosas. Por eso, el que un presidente del Gobierno actúe con la negligencia que lo está haciendo Trump, dando por válidas teorías e investigaciones que aún están en curso, sin la sensibilidad que debería tener ante millones de espectadores que se toman en serio lo que dice sin filtros, es de una falta de responsabilidad propia de una persona que no está capacitada para estar al frente del país en un momento como éste. Quizás esta evidencia tenga mucho que ver con su “desaparición”, con el hecho de que dejó de compadecer durante algunos días ante los medios desde la Casa Blanca. Será efímero, porque su verborrea es incontrolable.

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