Los "otros" extravagantes títulos de Disney que la compañía quiere mantener ocultos

Cine 54
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Por Alberto Cano.- Los errores del pasado son una de las fuentes de sabiduría esenciales de la vida; nos permiten aprender y avanzar con la madurez que otorga la experiencia. Sin embargo, en Disney prefieren enterrarlos. Y no hablamos de la última maniobra del estudio que ha eliminado clásicos como Dumbo, Peter Pan, Los Aristogatos o El libro de la Selva de los perfiles infantiles de su plataforma por contar con desaciertos pasados en la representación de culturas y razas, sino de otros títulos que guardan bajo llave.

Son las películas de un pasado diferente que se alejan de la imagen familiar y diversa que la compañía se esfuerza en mantener hoy en día. Cintas de propaganda de guerra, comedias con prostitutas o connotaciones políticas, producciones demasiado oscuras o musicales con discurso racista, son algunos de los casos que no aparecen ni por asomo en Disney+.

Cartel de La invasión de los monos (Disney)
Cartel de La invasión de los monos (Disney)

Empezaré a hablar del que posiblemente sea el ejemplo más conocido: Canción del Sur (1946). Basada en las historias del Tío Remus adaptadas por el escritor Joel Chandler Harris, el largometraje tenía el honor de ser el primero de Disney en ser protagonizado por un actor afroamericano. Pero esto acabó por no importar demasiado, puesto que su visión tan estereotipada del sur de los Estados Unidos y su ofensiva representación de los afroamericanos hizo que fuera duramente criticada y que la propia Disney no tardara en meterla en su cajón del olvido.

Negros liberados con nostalgia hacia los tiempos anteriores a la Guerra de Secesión y amos generosos en plantaciones del sur eran algunos de los temas presentados mediante fábulas de tono moralista, canciones melosas y secuencias de animación que parecían vender esta problemática representación como bonita y mágica. Evidentemente, Canción del Sur fue tachada de racista y, aunque funcionó en taquilla, Disney lleva varios años desentendiéndose de ella. Es más, el ex CEO del estudio Bob Iger dejó claro que nunca estará disponible de nuevo para la venta o el streaming.

Aunque nadie quiera recordarlo, la película le valió el Óscar honorífico a James Baskett, quien se convirtió en el primer actor afroamericano en obtener un premio de la Academia, y otra estatuilla a mejor canción, por no hablar de que Splash Mountain, una de las atracciones estrella de los parques Disneyland en Estados Unidos, está ambientada en esta película (pero no por mucho tiempo más, actualmente están rediseñándola para quitar la relación con la película).

Retrocedamos ahora unos años antes, cuando a principios de los 40 Walt Disney se prestó a producir cortometrajes y películas de propaganda para animar a las tropas estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Ver al Pato Donald convertido en un soldado nazi que es explotado por el régimen de Hitler para fabricar armas es una imagen de lo más curiosa e inusual. Resulta increíble que con lo cuidadoso que es el estudio con su imagen, en aquellos años se mostrara partidario de usar su marca y sus personajes para fines de guerra. Der Fueher's Face, Education for Death: The Making of the Nazi, o Comando Duck fueron algunos de estos cortos, y como es obvio, ninguno de ellos está disponible en Disney+, aunque son fácilmente accesibles en plataformas como Youtube.

Además de estos cortos también se encuentra la película Victory Through the Air Power, una producción sobre las fuerzas aéreas que no solamente se limitó a ser mera propaganda para la guerra. Su tramo inicial ofrecía un detallado recorrido por toda la historia de la aviación, nutriéndose de trabajadas animaciones y de una amena narración que la convertían en un producto interesante y reivindicable. Dado que fue producido en 1943 es muy probable que se tratase de uno de los primeros largometrajes documentales realizados con animación.

Es innegable el valor histórico que tienen estas producciones, pero a Disney no parece importarle con tal de evitar las críticas de la nueva cultura revisionista. Lo hemos intentado y resulta imposible acceder a ellas en las diferentes plataformas de visionado, alquiler y compra de películas online.

Saltemos a los años 60, década en que la compañía empezó a dar tumbos tras la muerte de Walt Disney. Consecuencia de ello fueron las numerosas comedias extravagantes producidas durante esta etapa, encontrándonos producciones como Los conflictos de papá (Bon Voyage! 1962) en la que se daban hueco hasta prostitutas y gigolos.

La cinta narraba la historia de una familia estadounidense envuelta en una serie de enredos en su viaje a París, y siendo sincero, es una producción bastante floja y olvidable que posiblemente nadie echará de menos cuando se ponga a revisar el catálogo de Disney+. Pero solo por ver a la casa del ratón salirse de su habitual aire inocente e introducir situaciones salidas de tono merecería la pena echarle un vistazo. Aunque no parece que Disney vaya a dejar que eso ocurra a corto plazo.

Sin embargo, no es la única producción pintoresca que la compañía mantiene oculta de esta década, puesto que también hay comedias donde se metieron en el terreno de la política y las ideologías (y de las que también parecen arrepentirse). Es el caso de La invasión de los monos, película de 1967 en la que quisieron plasmar las corrientes de pensamiento que acontecían en el mundo por aquellos años. Oyendo esto se podría pensar en una producción de tono serio y maduro, pero no, lo que aquí nos encontramos es la excéntrica historia de un exoficial que lleva a varios monos entrenados en las Fuerzas Armadas a labrar un olivar en una localidad francesa, lo que despertará la indignación del pueblo por no contratar a los habitantes del lugar.

Se trataba de una exaltación de los valores americanos frente a los de Europa, resaltando el sistema de trabajo capitalista que promulga el oficial con sus monos frente a unos europeos que eran representados como unos villanos comunistas. Es sin duda una propuesta singular, pero que se entiende en el contexto de la Guerra Fría en el que fue producida. Sin embargo, a diferencia de Los conflictos de papá que no aparece en ninguna plataforma, La invasión de los monos sí está para la compra o alquiler en YouTube.

Pero el estudio haría una inclusión más en el terreno de la política. Un año más tarde rodaron Una banda loca, loca, una comedia musical donde se centraron en las corrientes ideológicas de Estados Unidos. Se nos presentaba el relato de una familia que soñaba con formar una banda familiar para tocar en la congregación del Partido Demócrata, pero el romance de la hija con un republicano y su choque de ideas ponían todo patas arriba. Se trataba de un musical bastante inofensivo con una ambientación similar a la de Siete novias para siete hermanos, pero la implicación política de su historia podría ser la razón por la que la compañía del ratón Mickey no haya decidido rescatarla.

Vayamos ahora a los 80, esa época en la que Disney se volcó hacia el terror y el público adulto a la vez que intentaba no dejar de lado su enfoque familiar. El resultado fueron películas extrañas que se convirtieron en fracasos de taquilla al ser muy infantiles para un target adulto y bastante oscuras para el público familiar. Algunas producciones de esta década como Oz un mundo fantástico (1985) si se encuentran disponibles en Disney+, pero la mayor parte de ellas continúan inaccesibles. Lo cual es absurdo, porque en el fondo no dejan de ser películas bastante inocuas. E incluso entre ellas se encuentran títulos de reconocidos cineastas como Jack Clayton.

Aunque antes de aventurarme a hablar de esta hornada de cine de terror pasaré a comentar dos comedias de principios de esta década que no deberían pasar por alto. Una de ellas es Locuras de medianoche (1980), película de enredos con estudiantes universitarios que tan moda estaban por aquellos años. Aunque no tuviera contenido explícito o sexual, se apostó por un tono mucho más adulto del que Disney acostumbraba, razón que explicaría el olvido en el que está sumida. Y no debería, porque, aunque no fuera una cinta del todo memorable, era endiabladamente entretenida, representaba muy bien el espíritu de los años 80 y supuso el debut en la gran pantalla de estrellas como Michael J. Fox o Paul Reubens.

La otra comedia es El diablo y Max Devlin (1981). Y en este caso sí se trata de una película bastante explícita en cuanto a tono y contenido, tanto que derivó a que la casa Mouse lanzara la marca adulta Touchstone Pictures para producciones de estas características. Su argumento nos contaba la historia de Max, un chico muy vulgar que tras sufrir un accidente acaba en el infierno. Allí conocerá a un estrafalario Bill Cosby desnudo y pintado de rojo interpretando al mismísimo diablo, quien le ofrecería volver a la vida a cambio de conseguir el alma de varias personas. Fue en esta película la primera vez que oíamos a un personaje soltar un insulto, concretamente, “son of a b*tch” (hijo de p***), y entre lo estrambótica que resulta y los casos por abusos sexuales a los que actualmente se enfrenta Bill Cosby, sería realmente extraño que Disney decidiera darnos acceso a su visionado a través de su plataforma.

Entrando ya en el cine de terror producido por Disney en los 80, hay dos títulos clave que deben de ser mencionados: Los ojos del bosque (1980) y El carnaval de las tinieblas (1983). Con la primera pretendieron seguir la senda que El exorcista marcó una década atrás bajo un enfoque más familiar. Y como era lógico, esta mezcla no salió nada bien. Acabó siendo un mix de elementos extraños que no conducían a ninguna parte, como fantasmas, extraterrestres y una Bette Davis en sus horas bajas como actriz. El resultado fue un desastre, tanto que incluso llegaron a hacerse varios finales.

Con El carnaval de las tinieblas pasó más o menos lo mismo, aunque en este caso la indecisión de Disney condujo al despido de su director, Jack Clayton, y al rodaje de nuevas escenas. Pero en este caso el resultado no fue nada desmerecedor. La intención inicial de Clayton de mostrar el choque entre los anhelos adultos y la inocencia infantil a través de una historia de horror siguió manteniéndose, aunque entre medias tuvimos que ver escenas que no casaban y unos repentinos cambios de tono algo chapuceros.

Pero más allá de su calidad, las dos películas destacan por introducir por primera vez imágenes puramente terroríficas en una producción de Disney. Algo impensable dentro del tono que habitúa la compañía. Aun tengo pesadillas con el alien del final de Los ojos del bosque o con la hipnóticas secuencias y juegos de imágenes de El carnaval de las tinieblas, y eso que las vi con cierta edad. Los niños que tuvieran ocasión de vivir su estreno en los 80 no quedarían nada indiferentes ante este inusual cambio de rumbo de la siempre edulcorada Disney. ¿Es esta la razón por la que no aparezcan en la plataforma de Disney+, por estar lejos de la imagen edulcorada que muestran? Probablemente. (Que no te engañe si ves que Los ojos del bosque está disponible en Atresplayer de Atresmedia, es el remake de 2017).

Hay otras producciones de la época que también fueron bien conocidas por su tono oscuro, como la fantasía medieval El dragón del lago de fuego (1981). También encontramos películas de superhéroes como Condorman (1981), que fue otra cinta que sufrió de los anhelos de querer dirigirse al público adulto a la vez que al infantil. Estas producciones también se han mantenido ausentes del catálogo visible de Disney, aunque en estos casos es menos comprensible al no ser cintas extremadamente explícitas o problemáticas en determinados aspectos.

Aunque siendo sinceros, si echamos un ojo a las películas que la compañía nos ofrece en Disney+ todavía encontramos grandes ausencias, como puede ser el caso de la animada La tostadora valiente (1987) o clásicas aventuras familiares como Los hijos del capitán Grant (1962) o La isla del fin del mundo (1974). En teoría, ninguno de estos títulos presenta elementos problemáticos que pudieran echar para atrás a Disney a la hora de ponerlos a disposición del público, lo que nos deja la esperanza de que la compañía aún tenga relanzamientos en mente. Sin ir más lejos, están a punto de sumar la Cenicienta negra de Whitney Houston que llevaba varios años en el olvido.

Pero todas las demás, ¿qué sentido tiene silenciar su existencia? Después de todo son ejemplos de nuestra historia cultural y social, trozos de un pasado que nos recuerdan visiones y tolerancias erróneas de otras épocas para aprender y seguir avanzando. ¿No sería más útil dar acceso al material clarificando su contexto original antes que la censura? Ahí lo dejamos...

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