Fue difícil conseguirlo pero 'The Witcher' me ha hecho cambiar de idea en su segunda temporada

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Cuando Netflix estrenó The Witcher en diciembre de 2019 sufrí uno de esos cortocircuitos que provocan los éxitos repentinos cuando no son de tu agrado. Es algo que pasa a menudo cuando surge un fenómeno que provoca malas críticas, pero cosecha tantos fieles adorándolo y creando monolitos virtuales que los detractores somos sencillamente un cero a la izquierda. Las redes no dejaban de hablar de Henry Cavill y sus músculos, la plataforma compartía datos de audiencia de escándalo y la métrica oficial apoyaba el análisis asegurando que, el último día de aquel año, la serie se había convertido en la más demandada del mundo a través de todas las plataformas (Business Insider). Y sinceramente, yo fui de los muchos que no daba crédito.

Henry Cavill en la segunda temporada de 'The Witcher' (Susie Allnutt, cortesía de Netflix)
Henry Cavill en la segunda temporada de 'The Witcher' (Susie Allnutt, cortesía de Netflix)

Como mi trabajo requiere estar al día de los estrenos que van llegando no tuve más remedio que verla, siendo la tarea más difícil que recuerdo de aquellas navidades. No obstante, dos años después parece que Geralt de Rivia ha aprendido de sus errores en su retorno a Netflix. Y como espectadora que valora su tiempo, no saben cuánto se lo agradezco.

La segunda temporada de The Witcher aterrizó en la plataforma el 17 de diciembre con expectación máxima. No solo porque los fans llevaban dos años esperando una continuación, sino porque Henry Cavill se encargó de pasear su indudable carisma por gran parte del mundo a través de encuentros con prensa y seguidores, incluida España, haciendo del fanatismo por él y su serie la baza más fuerte del estreno. Y es que este chico mueve montañas. No contará con grandes premios o reconocimientos de prestigio como intérprete, pero no se puede negar que mantiene una legión de fans que veneran su figura gracias a su sencillez, simpatía, su lugar en el fandom como Superman, el amor a su perro (que pasea por sus redes sociales constantemente) y, por supuesto, sus músculos. Algo muy parecido a lo que sucede con Chris Evans, el ex Capitán América.

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Sin embargo, reconozco que adentrarme en el universo de The Witcher de nuevo me provocaba escalofríos. En pocas palabras, porque me llevó meses terminar esa primera temporada compuesta por tan solo ocho episodios, abandonándola varias veces ante la exasperación de estar viendo un fenómeno que, en mi opinión, era más humo que otra cosa. Aquel debut me resultó uno de los inicios más desastrosos de una serie con semejante producción, costo y calibre, apostando por la ambición de crear algo enorme pero perderse en una maleza de personajes, escenarios y gruñidos que nublaban los arcos de la historia en lugar de despejarles el camino.

Entre desnudos innecesarios dentro de la trama, que más bien servían como lucimiento superficial para su protagonista, unos monstruos que aparecían de la nada y una trama confusa, The Witcher no arrancó creando un universo claro. Por momentos era monstruosa, por otros cómica y de repente dramática. Ningún personaje terminaba de calar hondo, derivando en una serie que, al final, me resultó desproporcionada y desordenada, disfrazada de grandiosidad bajo el disfraz del género épico.

Por eso, cuando llegó el momento de adentrarme en la segunda temporada, digamos que no me inundaba el entusiasmo que este año provocaron Mare of Easttown, El ferrocarril subterráneo o Succession. Pero me alegra decir que, para mi sorpresa, The Witcher por fin ha lanzado un hechizo acertado.

Desde el primer episodio de la segunda temporada ya notamos la diferencia: en su primera aparición, Geralt de Rivia ya no es simplemente un héroe duro, de gruñidos exasperantes y músculos de infarto. Es un ser con sentimientos que acaba de descubrir que su amada Yennefer de Vengerberg habría perecido en la batalla de Sodden. Como la historia comienza justo al final del último episodio de 2019, el protagonista arranca esta nueva aventura junto a Ciri, la princesa de Cintra unida a él por el destino. A raíz de esta relación, la serie evoluciona el personaje hacia un rol de figura paterna, más humano y menos monstruoso, despojándose del halo de hierro de la primera temporada para dejar al descubierto a un cazador de sentimientos.

Freya Allan y Henry Cavill en la segunda temporada de 'The Witcher' (Jay Maidment, cortesía de Netflix)
Freya Allan y Henry Cavill en la segunda temporada de 'The Witcher' (Jay Maidment, cortesía de Netflix)

A su vez, con la expansión de la historia aventurándose en el misterio bajo los poderes secretos de Ciri y la historia paralela de Yennefer habiendo perdido su magia, la serie encamina su historia hacia los reencuentros y la aventura del descubrimiento. Esta narrativa más limpia y concisa, con la humanización del protagonista y la aventura épica bajo el sombrero de Ciri, hace que la serie logre circular por un sendero más claro, apetecible y efectivo que el lío de arcos del principio. Y sin perder la ambición de siempre, con escenarios majestuosos y una puesta en escena que ahora se aprecia mejor.

Viendo la segunda temporada llegué a la conclusión de que los responsables de The Witcher supieron escuchar a los detractores, críticos y reconocer sus propios fallos, aplicando aquello que podían mejorar sin pretender satisfacer solamente a los fans, sino expandir su atracción hacia aquellos que no la compramos originalmente. Ahora estamos ante una serie más entretenida, sin tantos momentos cómicos que quitaban peso a la oscuridad de la historia ni desnudos innecesarios, para regalarnos una trama que aporta una ambición más encausada. Más aventurera, clara y apetecible de ver. Y como crítica y espectadora tras la experiencia inicial, lo agradezco con creces.

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