He visto 'Destino: La saga Winx', la serie más popular ahora en Netflix, y terminé viviendo un martirio

Valeria Martínez
·8 min de lectura

A veces pienso que algunos showrunners nos toman por tontos, como si cualquier trama sin profundidad alguna fuera suficiente para entretener la mente de los seriéfilos. Al menos, así me sentí intentando ver Destino: La saga Winx, la nueva serie de Netflix que ha debutado en el podio de lo más visto de la plataforma con una historia que juega a Harry Potter pero se queda muy lejos de siquiera rendirle homenaje.

Entre referencias homófobas, escenas que reflejan bullying campante, una trama que habla de genocidio y una protagonista tan rebelde que irrita, confieso que más que disfrutar de una serie, sufrí un verdadero tormento seriéfilo.

Destino: La saga Winx (Jonathan Hession/NETFLIX © 2020)
Destino: La saga Winx (Jonathan Hession/NETFLIX © 2020)

Cinco episodios es todo lo que pude ver tras su estreno el pasado viernes 22 de enero. Y no por falta de tiempo sino porque ver el sexto y último capítulo me da una pereza terrible. La ví a salpicones y pausando (prueba de que no me enganchó lo más mínimo), viviendo momentos en los que me hubiera encantado tener a un colega al lado para comentar los momentos bizarros. Y es que son tantas las secuencias insólitas que pueblan cada episodio que mi mente buscaba a alguien con quien ventilar mi frustración como espectadora. Básicamente, no daba crédito a lo que estaba viendo.

Destino: La saga Winx me puso de los nervios, algo que no me suele pasar a menudo como amante empedernida del cine y las series. Creo que la última vez que me pasó fue con Alguien tiene que morir (otra que vaya tela). La falta de originalidad, la poca picardía, una protagonista insoportable y la ausencia de tacto a la hora de tratar temas sociales relevantes en pleno 2021 me irritaron tanto que no pude ver los capítulos de un tirón como hago a menudo.

Y más de uno estará pensando ¿porqué la seguiste viendo si la odiaste tanto? Pues, amigos lectores, porque es mi trabajo. Mi deber está en mantenerme al día ante todo lo que va llegando a las plataformas (a falta de estrenos masivos en salas de cine) y Destino: La saga Winx era uno de los más importantes del fin de semana.

El tráiler nos vendía una trama juvenil, light y entretenida, con aires de Harry Potter, un poco de Crepúsculo, otro tanto de Riverdale y hasta dosis de Crónicas vampíricas. Por ende, al haber sido fan de Harry Potter (de los libros más que de las películas) y viendo que tenía todas las papeletas para convertirse en éxito fugaz me adentré en su historia en la mañana del sábado (el viernes fue para los nuevos capítulos de Bruja Escarlata y Visión y Servant¸ obviamente). Y ahora tengo la sensación de haber desperdiciado cinco horas que podría haber dedicado a otras historias (por suerte pude dedicar una noche a The White Tiger, una joyita de la que hablaré en otro artículo).

Para quienes no lo sepan (yo no tenía ni idea), Destino: La saga Winx está basada en una serie animada de Nickelodeon sobre hadas mágicas, hechiceros y criaturas místicas que fue revivida con la voz de Ariana Grande hace unos años y cuyas protagonistas se parecen a versiones estilizadas de Sailor Moon. En el centro se encuentra Bloom, una hada capaz de manipular el fuego que descubre su magia siendo adolescente. Al igual que Harry Potter, la directora de una escuela de magia (de otro reino) la encuentra y la traslada para que aprenda a controlar sus poderes mientras sus padres desconocen por completo la historia. Ellos creen que su hija rebelde está en un internado de Suiza.

Las similitudes con Harry Potter son muchísimas. Una escuela de magia, clases para aprender sobre los poderes de cada uno, entrenamiento para una guerra, un reino mágico y un reino humano (da la sensación que en cualquier momento van a utilizar la palabra “muggle”). Y entre medias, una hada malvada y criaturas que parecen “dementores” que acechan en los confines de la escuela.

Sin embargo, Bloom (interpretada por Abigail Cowen) es un personaje tan irritante que es imposible simpatizar con ella. La chica está confundida, no solo porque no sabe controlar sus poderes sino porque descubre que sus padres reales murieron en un genocidio y decide hacer todo lo posible por encontrar respuestas. (¿Genocidio en una serie juvenil? Pues sí). Esto la lleva a ser un personaje caprichoso, inconsciente y desagradable, capaz de poner en peligro a cualquiera que se preste a ayudarle cuando se supone que la chica carga con cierta culpa tras haber incendiado la casa con sus padres dentro (se salvan pero a la madre le quedan cicatrices). Pero esa culpa que muestra en los primeros episodios desaparece enseguida cuando se trata de ella misma.

Y en el medio conocemos a un grupo de amigas -mucho más interesantes que Bloom-, un chico servicial, educado y heroico como interés amoroso, y un par de villanas asesinas sobreactuadas. Para empezar, reconozco que no pertenezco al target principal de esta serie. Su historia busca un público juvenil, hambriento de tramas románticas, de villanos y héroes evidentes y poca profundidad dramática. Y yo soy una crítica de cine que lleva muchos años grabando cientos de historias, buenas y malas, en mi retina. Pero como periodista intento ver la historia desde ángulos diferentes, buscándole puntos de atracción, cualidades y defectos. Y aquí me ha sido imposible darle el visto bueno. Yo, que en mi juventud era fan de la serie madre de todas las series juveniles con magia y monstruos, Buffy, cazavampiros, intenté rebuscar en mi adolescente interior y aun así me fue imposible apreciarla.

Después de la debacle de Por 13 razones, cualquiera diría que Netflix habría aprendido la lección y tendría más cuidado a la hora de retratar temas delicados en productos dedicados al público adolescente. Pero no. Volvió a ocurrir en el reciente final de Las escalofriantes aventuras de Sabrina, donde la serie romantizó el suicidio, y ahora van más lejos tratando el bullying y la homofobia sin castigarlo.

“¿Cómo, en 2021?” se preguntará más de uno. Pues sí.

Destino: La saga Winx (Jonathan Hession/NETFLIX © 2020)
Destino: La saga Winx (Jonathan Hession/NETFLIX © 2020)

Para empezar, tenemos a Terra (Eliot Salt), una de las amigas de Bloom. Se trata de una chica adorable con unos kilos de más que en varias escenas muestra su incomodidad ante las miradas y críticas del mundo. Pero ni sus propias amigas se percatan de ello, ni siquiera cuando está incómoda intentando cambiarse de ropa a solas. La verdad es que me resulta imposible imaginar que hoy en día un grupo de chicas no se de cuenta del apoyo pero también privacidad que busca el personaje, pero más imposible me resulta que una serie retrate la sensibilidad interna de un personje que no está conforme con su cuerpo y lo deja ahí. Sin ahondar, sin profundizar, sin enviar un mensaje potente al respecto.

En otras ocasiones la misma Terra evidencia el bullying sufrido, muestra su incomodidad constante, es centro de burlas e insultos y hasta críticas por hablar demasiado. En resumen, es la chica de los kilos de más que sirve de descarga como si se tratara de una película o serie de los 80s. Y nadie reacciona. Se nota que se siente fuera de lugar, sufre los comentarios que otros hacen de su físico y la serie no lo castiga ni envía lecciones al respecto sino que toca el tema de forma anticuada con personajes que se burlan de su peso con bromas pasadas de moda.

Ilusa de mí cuando creí que era lo peor de la serie. Me quedaba por ver la historia de Dane (Theo Graham), un adolescente homosexual “especialista” (no es un hada sino una especie de guerrero que entrena en la misma escuela) que sufre bullying pero se deja manipular y se encapricha con el matón que lo acecha.

Después de que Terra salva a Dane del ataque bully de Riven (Freddie Thorp, el malote de turno), Dane se encapricha con el matón que lo saca del armario a la fuerza a través de una storie de Instagram mientras una chica que sale en el video (una de las villanas, Beatrix) se ríe del peso de Terra. Y no pasa nada. Ahí se queda todo. Dane en ridículo, dolido y maltratado psicológicamente... Quién lo hubiera dicho que en el reino de las hadas existiría la homofobia.

Nada de profundidad, ni lección aprendida ni venganza, sino una trama vacía, desactualizada e insultante para la comunidad gay. Y mientras tanto, la mayoría de roles masculinos son estereotipos de masculinidad tóxica llevando armadura y peleando cuerpo a cuerpo con bromas machistas de por medio. En una ocasión, Riven le dice a su hermano (Sky, el interés amoroso de Bloom): “Ella está tan sedienta de tu p*lla que es embarazoso” y le pregunta “¿porqué estas con ella? ¿es porque te deja hacerle cosas en el trasero?” ¿Y qué hace ese protagonista supuestamente heroico? Nada. Más vergonzoso, insultante, machista y anticuado imposible.

Destino: La saga Winx (Jonathan Hession/NETFLIX © 2020)
Destino: La saga Winx (Jonathan Hession/NETFLIX © 2020)

Y después está la debacle de la falta de representación racial. Los fans de la serie animada saben que Terra no existe en dicha versión sino que su lugar lo ocupa una hada latina inspirada en Jennifer Lopez. O que de las cinco protagonistas, dos son chicas negras y una es asiática, pero la serie de acción real las cambió de modo que solo hay una joven negra y el personaje asiático -inspirado en Lucy Liu- fue cambiado por una actriz de etnicidad ambigua. Todo esto disparó las alarmas en redes sociales donde podemos encontrar muchas acusaciones de white washing.

Mientras veía el primer episodio no podía evitar sentir déjà vus encontrando similitudes con Harry Potter, ñoñería barata de Riverdale, planos de miradas vacías como en Crepúsculo y momentos sobreactuados de mala calidad interpretativa como en Pretty Little Liars. Vamos, que Destino: La saga Winx buscó inspiración en todos los recovecos del género juvenil pero terminó tomando prestados lo peores de cada uno.

Destino: La saga Winx jugará en el terreno de las historias mágicas... pero esta serie no hechiza para nada.

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