Descubre en qué consiste la dismorfofobia, el miedo a la imagen de uno mismo

Hay dos indicadores personales que nos informan de cómo somos. Por un lado el más famoso es la autoestima, que es la valoración que tenemos acerca de nuestra forma de ser y que suele estar relacionada con aquello que los demás ven en nosotros, o creemos que ven en nosotros. Si percibimos que quienes nos rodean piensan que somos inteligentes y con una personalidad atractiva, esa imagen calará en nuestro ánimo, y probablemente afrontemos los retos diarios con mayor calidad de vida, no solo porque podamos ser competentes en la resolución de problemas diarios, sino porque nos sentimos apoyados y valorados por los demás.

Esta noción de la autoestima hace referencia a cómo nos valoran los demás, y no suele referirse tanto a apreciaciones físicas o estéticas, sino a nuestra valía personal, bien sea por el carisma que somos capaces de transmitir o por las opiniones y el tono con las que las expresamos.

Sin embargo, existen otras variables para identificar cuál es tu nivel de relación contigo mismo a la hora de apreciarte y valorarte. Se trata del “autoconcepto”. En esta idea se guarda todo lo que nosotros creemos que nos define, bien sea como reflejo de lo que creemos que los demás valoran, como aquello que nadie ha valorado o sobre lo que discrepamos con los demás, y consideramos que somos de forma inequívoca.

Puede que muchas personas de nuestro entorno crean que somos buenos en algo, o que tenemos un alto atractivo, y nuestro “autoconcepto” mientras tanto determine lo contrario. De esta forma, este concepto que tenemos de nosotros mismos constituye el cajón al que van a parar todas nuestras opiniones y valoraciones sobre quiénes somos: nuestra personalidad, qué nos define, cuáles son nuestros complejos, que nos produce timidez, gozo, alegría o temor, enfocado siempre a quiénes somos, y cuál es nuestra disposición a relacionarnos con el mundo.

Leer: Hay que aprender a dejarse querer en los momentos difíciles

El trastorno dismórfico hace que no podamos mirarnos al espejo

Cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos está muy por debajo de lo que podemos soportar, comenzamos a desarrollar un trastorno relacionado con nuestra propia identidad que hace que rechacemos de pleno quiénes somos, y que se genere una sensación de molestia y de estrés con tan solo mirarnos al espejo o escuchar el sonido de nuestra voz.

A este trastorno, llamado disfonía, se le asocian además una serie de comportamientos que evidencian el tránsito emocional por el que estamos pasando y que pueden acabar constituyendo graves peligros para nuestra integridad. Porque si se demuestra fobia a uno mismo, rechazo o aversión, dejamos de cuidarnos, de tratarnos con respeto, y en esa actitud escapista de quiénes somos podemos tomar decisiones irreversibles muy peligrosas.

Quienes desarrollan el trastorno dismórfico tienen la percepción de que su imagen corporal es inaudita. No logran mirarse al espejo sin sentir desprecio, desazón y repulsa. No les gusta lo que ven y lo asocian a todo lo que desprecian de una persona. De esta forma, sienten vergüenza cuando se exponen a la mirada de otros, se comunican con poca fluidez porque el mero hecho de que se les vea les produce un conflicto, y esto a la larga les sume en vidas solitarias y llenas de culpabilidad.

Los pensamientos suicidas están ampliamente relacionados con este trastorno, pues precisamente rechazas aquello que eres. Este comportamiento empieza a mostrarse con autolesiones, que en ocasiones son lo suficientemente visibles para que el entorno familiar más cercano se percate de que algo no va bien. También quienes padecen este trastorno acaban abusando de ciertas drogas que les permiten escapar de su percepción personal y hacer que su mente se evada, lo que a la larga puede producir adicción, estrés y ansiedad.

Leer: Si la felicidad es tu meta, vive el ahora

Cómo se inicia este trastorno

Entre todas las variables que nos permiten sobrevivir, la más importante es la consciencia de que tu vida es valiosa y que merece ser preservada. Los mecanismos mentales con los que venimos “de fábrica” nos impulsan a querernos y a valorarnos. Sin embargo, este trastorno es contrario a esta idea, y por tanto no aflora en nuestra mente de un día para otro.

El proceso por el que se acaba desarrollando un trastorno de dismorfofobia se arraiga generalmente desde la infancia, y consiste en una repetición muy generalizada y alargada en el tiempo sobre que algo de nosotros no es válido. Esto ocurre bien sea por influencia de los padres, el colegio o experiencias traumáticas posteriores.

Inicialmente, este trastorno es fácil que focalice su atención en partes del cuerpo concretas, y de forma muy especial en las que tienen que ver con la sexualidad, como los genitales o los pechos. Se inician como complejos físicos muy profundos, y que generan grandes puntos negros en nuestra propia percepción.

Los afectados por la dismorfofobia suelen desarrollar problemas de alimentación, pues suelen verse o demasiado gordos o delgados. Además, consideran que su aspecto es asimétrico, o son demasiado morenos o demasiado blancos, con una nariz insoportablemente larga, corta, gorda o filada.

Entre otras actitudes, aquellos actos compulsivos que tratan de enmendar su aspecto físico pueden volverse una obsesión y acabar, también, en desembocar en situaciones donde se haga peligrar la salud. Como un uso del maquillaje excesivo, medicarse para adelgazar o ganar peso, o someterse a demasiadas operaciones de cirujía estética.

Leer: Por qué la redes sociales podrían estar acabando con tu empatía