Por qué dedicamos más tiempo a las decisiones intrascendentes que a las importantes

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“Evitad las decisiones desesperadas; pasará el día más tenebroso si tenéis valor para vivir hasta el día siguiente” - William Cowper [Foto: Getty Images]
“Evitad las decisiones desesperadas; pasará el día más tenebroso si tenéis valor para vivir hasta el día siguiente” - William Cowper [Foto: Getty Images]

 

 

En 1955, el historiador británico Cyril Northcote Parkinson hizo referencia a un comité ficticio que debía tomar dos decisiones: aprobar los planes para construir una central de energía nuclear y elegir los materiales para realizar el cobertizo de bicicletas del personal en la instalación.

El comité resolvió el tema de la central nuclear en cuestión de minutos, pero el asunto del cobertizo para bicicletas se convirtió en un largo debate de más de una hora que demandó una segunda reunión.

Con este ejemplo Parkinson enunció su “ley de la trivialidad”, según la cual los temas triviales acaparan más tiempo y atención que los importantes. Así terminamos dedicando un tiempo y una energía valiosísimos a tomar decisiones intrascendentes mientras desestimamos aquellas que realmente pueden marcar la diferencia.

Saber o no saber, esa es la cuestión

“El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide” - Henry F. Amiel [Foto: Getty Images]
“El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide” - Henry F. Amiel [Foto: Getty Images]

Parkinson creía que dedicamos tanto tiempo a las decisiones intrascendentes debido al conocimiento que tenemos de los factores implicados. La mayoría de nosotros solo tenemos vagas nociones sobre el funcionamiento de una central nuclear, pero todos conocemos los materiales necesarios para construir un cobertizo y tenemos alguna idea sobre su disposición.

Sin embargo, el hecho de que un tema nos resulte familiar se vuelve en nuestra contra. Recurrimos a nuestras experiencias pasadas, recabamos información de nuestra memoria y vislumbramos más opciones. Eso nos hace dudar. Volvemos una y otra vez sobre lo que sabemos e intentamos imaginar los resultados de diferentes alternativas.

Así corremos el riesgo de perdernos en detalles cada vez más intrascendentes para la cuestión que debemos resolver. Ese proceso de cavilación se convierte en un agujero negro que absorbe nuestro tiempo y energía.

La sobreabundancia de opciones que tenemos a nuestra disposición cuando debemos tomar decisiones triviales incluso puede llegar a paralizarnos. Un estudio realizado en la Universidad de Columbia reveló que cuando tenemos demasiadas opciones simplemente nos bloqueamos. Es lo que se conoce como parálisis por análisis.

Nuestro cerebro solo puede gestionar tres o cuatro alternativas a la vez. Cuando tenemos muchas posibilidades entre las cuales elegir, es más probable que nos paralicemos porque nos asusta elegir mal. Por eso podemos tardar una eternidad eligiendo la cena en una aplicación de envío de comida a domicilio o una película entre la larga lista de títulos que tenemos a nuestra disposición, pero nos apresuramos al tomar decisiones importantes.

A diferencia de las elecciones triviales, las decisiones vitales suelen entrañar un elevado grado de novedad e incertidumbre. No podemos vislumbrar a ciencia cierta los resultados de nuestras decisiones y en muchas ocasiones ni siquiera tenemos un arsenal de experiencias pasadas con el cual comparar. Al no disponer de información exhaustiva, nuestra capacidad para buscar diferentes alternativas se ve limitada. A su vez, esa falta de familiaridad nos conduce por un terreno desconocido, lo cual genera ansiedad.

El deseo de escapar de la incomodidad hace que nos precipitemos

“Reflexionar serenamente es mejor que tomar decisiones desesperadas” - Franz Kafka [Foto: Getty Images]
“Reflexionar serenamente es mejor que tomar decisiones desesperadas” - Franz Kafka [Foto: Getty Images]

La familiaridad y la cantidad de información no son los únicos factores que influyen en el tiempo y la energía que dedicamos a la toma de decisiones. Las emociones también desempeñan un rol protagónico. Investigadores de la Universidad de Harvard pidieron a un grupo de estudiantes que puntuaran el nivel de dificultad de cada pregunta en un test de opción múltiple y midieron el tiempo que tardaban en responderlas.

Lo lógico era que tardaran más en las preguntas más complejas. Sin embargo, no fue así. Los estudiantes solían responder las preguntas difíciles más rápido porque no querían prolongar la incomodidad que estas generaban. Eso hizo que cometieran más errores y obtuvieran peores puntuaciones.

El estrés, la ansiedad, la angustia y la incertidumbre que generan algunas decisiones vitales puede crear un estado aversivo del que deseamos escapar cuanto antes. Ello puede llevarnos a elegir la opción más fácil o evidente impulsados por el deseo de deshacernos de ese malestar.

De hecho, la ciencia ha demostrado que el estrés limita la generación de alternativas y nos impide pensar en sus consecuencias. Un estudio realizado en la Universidad de Tel Aviv concluyó que cuando estamos estresados tenemos una “tendencia significativamente más fuerte a ofrecer soluciones antes de haber considerado todas las alternativas disponibles y a explorar las opciones de manera no sistemática”.

Según estos psicólogos, el estrés y la ansiedad tienen tres efectos negativos en la toma de decisiones:

1. Restricción atencional. Cuando estamos estresados no vemos el mundo de la misma manera. El estrés restringe nuestra atención. En condiciones estresantes, nuestro sistema cognitivo se sobrecarga, lo cual reduce nuestros recursos psicológicos. A medida que el estrés aumenta, nuestra atención se vuelve más selectiva y tendemos a excluir información relevante para la toma de decisiones mientras disminuye nuestra capacidad para discernir lo importante de lo intrascendente para el problema que nos ocupa.

2. Búsqueda caótica. Cuando nos sentimos estresados, se reduce el intercambio de información con el medio. Como medida de protección, tendemos a replegarnos sobre nosotros mismos, lo cual disminuye nuestra sensibilidad ante aspectos clave del problema. Se ha constatado que el estrés reduce nuestra flexibilidad cognitiva, el razonamiento, la concentración y la memoria. Como resultado, limita nuestra capacidad para buscar más información, ponderar racionalmente los hechos, generar diferentes alternativas, analizar sus consecuencias y establecer un plan detallado para solucionar el problema. En práctica, nuestro proceso decisional se vuelve caótico, inestable y profundamente emocional.

3. Cierre prematuro. El estrés también nos empuja a actuar impulsivamente para buscar un alivio inmediato. Si estamos ansiosos y angustiados, tendremos la tendencia a decidir antes de formular y evaluar todas las alternativas posibles. Cuando nos sentimos desbordados, esas emociones acaparan gran parte de nuestra atención, lo cual nos impide reflexionar con calma. Así terminamos tomando decisiones precipitadas, empujados por el deseo de escapar de ese estado afectivo desagradable.

Como resultado de esa impulsividad, a menudo terminamos tomando decisiones erróneas de las que después nos arrepentimos porque no han sido el fruto de un proceso meditado. Por eso, es importante dedicar a cada decisión el tiempo y la energía que merece, ni más ni menos.

¿Cómo dedicar a cada decisión el tiempo y la energía que merece?

“No somos producto de nuestras circunstancias, somos el producto de nuestras decisiones” - Stephen Covey [Foto: Getty Images]
“No somos producto de nuestras circunstancias, somos el producto de nuestras decisiones” - Stephen Covey [Foto: Getty Images]

- Ten claras tus prioridades. Si no quieres perder demasiado tiempo con las decisiones intrascendentes y apresurarte en aquellas importantes, debes tener claras tus prioridades. Cada vez que tengas que tomar una decisión, pregúntate cuán importante será dentro de uno o cinco años. Mirar al futuro te brindará la perspectiva adecuada. ¿La decisión que estás a punto de tomar seguirá siendo importante dentro de unos años? ¿Es algo irreversible? Si la respuesta es negativa, entonces es hora de seguir adelante.

- Limita las fuentes de estrés. Las decisiones vitales suelen producirse en el marco de circunstancias estresantes. Un secreto para reducir ese estrés y no precipitarte consiste en limitar la carga cognitiva a un nivel que puedas gestionar. Así evitarás entrar en pánico. Eso significa dar un paso a la vez y, sobre todo, enfocarte en el problema principal para impedir que el resto de decisiones intrascendentes cotidianas añadan más tensión.

- Piensa en términos más concretos. Mantener la toma de decisiones en el plano teórico puede alimentar la confusión mental. En cambio, llevar esas opciones a un plano concreto te ayudará a decidir. Para ello, piensa en las consecuencias directas de cada elección que estés sopesando y en las acciones que tendrás que poner en práctica para alcanzar determinados resultados. Pensar en términos más concretos te ayudará a mantenerte concentrado y te brindará la sensación de que estás avanzando en el proceso decisional, lo cual te ayudará a disipar el estrés.

- Categoriza tus opciones. En el supermercado, los productos están agrupados por categorías. Esa categorización no solo te permite encontrar los productos que necesitas más rápido, sino que también te facilita la toma de decisiones aligerando la carga cognitiva. En la vida, también puedes categorizar las diferentes soluciones a un problema en grandes grupos. Puedes, por ejemplo, dividir las opciones según sus consecuencias o teniendo en cuenta la energía y el tiempo que te llevará poner en práctica la solución. Así podrás ir descartando opciones por categorías siguiendo un proceso de pensamiento más sistemático.

- Establece límites de tiempo. Para evitar que las decisiones intrascendentes ocupen demasiado tiempo y te roben recursos cognitivos, es conveniente que establezcas límites. Asigna 5 o 10 minutos a las decisiones cotidianas y ve aumentando el tiempo para aquellas más importantes, según su grado de complejidad e impacto en tu vida. Esta sencilla medida te ayudará a mantener un marco temporal adecuado que te proteja de la procrastinación en las decisiones intrascendentes y de la impulsividad en aquellas vitales.

- Recurre a la música. Se ha demostrado que la música es una herramienta útil para tomar mejores decisiones. La música evita que te precipites porque te ayuda a deshacerte de la incomodidad que suelen generar las contradicciones o los sentimientos desagradables ligados a estas. La música calma las emociones y te proporciona un entorno más sereno para reflexionar sin que la situación te sobrepase.

Por último, recuerda que si las cosas pequeñas están ocupando demasiado tiempo en tu vida, es posible que les estés dando demasiada importancia. Sin embargo, la vida es demasiado corta como para perder un tiempo precioso pensando y preocupándote por detalles intrascendentes. Necesitas poner las cosas en perspectiva. Las razones que te llevan a dilatar algunas decisiones y precipitarte en otras no siempre son racionales, pero ser conscientes de los factores psicológicos que influyen en esas elecciones te ayudará a decidir mejor.

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