Daniel de Suecia habla con contundencia sobre su enfermedad

Daniel de Suecia nació dos veces. La primera, del seno materno, fue un premonitorio 15 de septiembre, fecha que comparte con la reina Letizia y Harry de Inglaterra; la segunda, del seno paterno (donante vivo de su riñón), fue un 27 de mayo, cuando era prometido de la princesa Victoria, hace ahora de entonces los 10 diez años. De la primera por supuesto no se acuerda; de la segunda, el futuro Rey consorte y padre de la que un día será la Heredera al trono sueco, la princesa Estelle, por supuesto no puede ni quiere olvidarse, y es la que centra su aparición en la cadena sueca TV4, donde explica con toda la contundencia de sus palabras cómo fue realmente su experiencia.

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Puntualmente en el mes de las flores afloran los recuerdos. Todos los años el día que se sometió a un trasplante de riñón revive aquella sensación después de la operación que mantuvo pendientes a los medios de comunicación del mundo entero durante su estancia hospitalaria, al recibir el alta médica y en la ulterior convalecencia: “Es como si de repente volvieras a ver la vida en color, después de haberla visto en blanco y negro”, confiesa el príncipe Daniel en la nueva entrevista con TV4. Aquellos días grises fueron en los que estuvo sometiéndose a diálisis antes de la intervención, cuando estuvo yendo entre tres y cinco veces por semana para desechar las toxinas y el exceso de líquido retenido durante unas cuantas horas largas. Ahora, tras el transplante, no está atado a la máquina, pero toma inmunosupresores de por vida para evitar el rechazo de su nuevo riñón.

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Y es afortunado: puede contarlo. “Para mí fue solo por un corto período de tiempo, pero imagina estar así durante varios años sufriendo, o incluso morir”, insiste. Cientos de personas hacen cola para obtener un órgano, y el príncipe Daniel ha vivido de cerca algunas historias conmovedoras por la lucha de un órgano nuevo después de su propio trasplante: “En primavera, estuve pendiente del caso del hijo de un amigo que necesitaba un órgano, que finalmente no llegó a tiempo. Lo que quiero que entiendas es que puede tocarme a mí o a alguien que me importe mañana”, sentencia el Príncipe.

Un 85 por ciento de los suecos ve con buenos ojos la donación, pero el porcentaje es mucho menos soberbio cuando la pregunta en cuestión es si están dispuestos a donar: “¿Qué puede ser mejor que morir habiendo salvado la vida nada menos que hasta ocho personas? Solo pienso en todos estos padres frustrados, cuyos hijos están a punto de desvanecerse. Si yo mismo quisiera recibir un órgano en caso de que fuera necesario, debería estar dispuesto a darlo. Nada es más que devolverle la vida a alguien”.

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