Cultura en pandemia, obligados a reubicarse fuera del arte

Agencia EFE
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Valencia, 1 abr (EFE).- Muchos sectores económicos se han visto obligados a reinventarse con la llegada de la covid-19 pero algunos, como el de la cultura, o no han podido hacerlo o lo han tenido muy complicado ante las duras restricciones impuestas, por lo que muchas personas que se dedicaban al mundo de las artes han tenido que reubicarse fuera de los focos para sobrevivir.

Así lo explican a Efe tres artistas y un empresario que han visto cómo en un año sus vidas han dado un giro que jamás podían imaginar, limitados a tocar en la calle, trabajar en un almacén o en una consulta médica como único medio de vida.

Los datos de afiliación a la Seguridad Social son demoledores. El sector de actividades de creación artísticas y de espectáculos daba de alta en 2019 a 1.039.063 personas, mientras que en 2020 dejaba un panorama desolador, con solo 389.616 trabajadores afiliados.

En términos interanuales, septiembre de 2019 fue el mes con más altas del año con 111.749 personas frente a las 34.413 afiliadas de septiembre de 2020, una pérdida de más del 75%.

Sandra Polop, tiene 32 años, es valenciana, lleva cantando más de media vida y hace justo 16 años su cara se hacía muy conocida al participar en uno de los concursos musicales más importantes de la televisión de nuestro país, siendo en su día la concursante más joven de Operación Triunfo. Más tarde actuó en varios programas televisivos, se subió al escenario del Lope de Vega con Jesucristo Superstar, y llevaba 9 años en giras nacionales con la Tribu, una formación de covers pop-rock con la que tenía programadas más de 90 actuaciones que no se han realizado.

Yerik Nuñez y Anso Martínez pertenecen a la banda madrileña Whatever Jazz, un estilo de música animada de los años 20. Yerik (chileno de nacimiento pero también con nacionalidad belga y española) lleva tocando toda la vida, veía a su padre actuar en la calle y fue este quien le animó a salir por los barrios de París cuando era niño. Por su parte, Anso, trompetista y madrileño, empezó a formarse muy joven y lleva 10 años sin soltar a su inseparable instrumento.

Si en 2020 Sandra canceló las más de 90 actuaciones programadas a nivel nacional con su grupo, en el que trabajaban alrededor de 15 personas, lamenta que en lo que llevamos de año no hay perspectiva de volver a retomar el ritmo. “Tengo compañeros que a día de hoy siguen estando en las colas del hambre, han tenido que retroceder en su vida, en inquietudes, en ilusiones, en metas”,asegura a EFE.

Anso se dedicaba 100% a la música, en conciertos, en eventos, en grabaciones o en bodas, en aforos donde entraban más de 100 personas, espacios que ahora mismo no existen o están limitados a la mitad de los asistentes. Su compañero de banda ha tenido más suerte, ya que su otra profesión, ingeniero de sistemas, le permite tener una vida menos complicada.

OBLIGADOS A CAMBIAR DE SECTOR

Los primeros meses de pandemia fueron tiempos de confusión, de espera, pero conforme el año pasaba esa espera se convertía en desesperación, y tanto Anso como Sandra tuvieron que mover ficha como muchos otros profesionales de este sector, viéndose obligados a buscar oportunidades en otros sectores laborales.

La cantante valenciana empezó a pensar que no era útil para la sociedad y supo reconocer que necesitaba hacer otras cosas para sobrevivir. Ahora trabaja en atención al paciente en una clínica de cirugía plástica. “Me puse a trabajar y me sentí útil, fue el detonante para que yo diera el siguiente paso…” afirma.

Ahora que se vuelve a ver en activo ha alquilado un estudio pequeño cerca de Valencia y ha empezado a dar clases particulares de coaching vocal, que de momento es lo más próximo que puede estar a su profesión después de un año.

La situación de Anso también cambió de la noche a la mañana. Hasta marzo de 2020 era autónomo pero “dejé de pagar la cuota porque no me llegaba, además no recibía absolutamente nada, ninguna ayuda”, asegura.

Los primeros meses sobrevivió de sus ahorros, más tarde tocando en la calle, donde en una mañana entre 3 y 4 horas podía sacar entre 8 y 12 euros. Ahora lleva meses trabajando en un almacén y confiesa que espera seguir allí “lo máximo posible, aunque es un trabajo muy precario, con contratos de un mes sin saber hasta el día anterior si me van a renovar”.

PÉRDIDAS MILLONARIAS

El cambio que han sufrido las empresas del sector artístico ha sido radical, ya que, de disfrutar de un trabajo pasional y vocacional han pasado a casi desaparecer directamente. “La facturación de la Comunitat Valenciana, por ejemplo, estaba superando en 2019 los 100 millones de euros y eso ha quedado reducido a 0”, asegura Enric Montaner, portavoz de la Asociación de Empresas de Eventos y Espectáculos de la Comunitat Valenciana (ASOES).

“Más del 35% de las empresas del sector han tenido que cesar su actividad”, señala Montaner, quien añade que “movíamos unos 2.500 trabajadores de forma directa en la Comunitat y solamente en fallas, estos dos años, hemos perdido 16 millones de euros”.

Desde ASOES son conscientes de que si el sector no se reactiva en 2021, con ayudas suficientes, no habrá empresas de espectáculos a las que recurrir en 2022 y 2023, ya que “es imposible para cualquier empresa de cualquier sector subsistir dos años soportando gastos sin ningún ingreso”.

La actividad en Madrid no es que sea mucho más alentadora aunque, eso sí, muchos artistas han decidido pasar de los escenarios a la calle. El Ayuntamiento de la capital concedía en junio del año pasado 399 solicitudes para actuar en diferentes zonas madrileñas y tiene previsto conceder 50 más para los tres meses de verano.

Anso, desde la Casa de Campo de Madrid, donde todos los fines de semana hace sonar su trompeta, espera un futuro muy duro, quiere más apoyo hacia a los músicos, a las salas, en general a todo lo relacionado con la cultura, pero a día de hoy “no tengo ni idea de cuando podré dedicarme de nuevo por completo a la música”.

Sandra, en su bonito y pequeño estudio de Picanya (Valencia), afirma “que ellos son la cara de la cultura pero que detrás hay técnicos, montadores, conductores y que a día de hoy poco o nada se están preocupando por ellos”. “Espero que la gente en general, la gente que consume cultura, sea bastante más considerada que la gente que toma decisiones”, concluye.

David Casasús Márquez

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