Coronavirus | Cuando al dolor por la pérdida de un ser querido se le suma la culpa

Jennifer Delgado
·8 min de lectura
La culpabilidad es una respuesta común a los desastres cuando perdemos a un ser querido. [Foto: Getty Creative]
La culpabilidad es una respuesta común a los desastres cuando perdemos a un ser querido. [Foto: Getty Creative]

Cuando el miedo y la incertidumbre se disipan suelen dejar espacio a la culpa. La culpabilidad es una respuesta común a los desastres que proviene del intento de encontrar un sentido a lo ocurrido y buscar responsables.

Steve Joseph, psicólogo de la Universidad de Ulster, conoce bien este fenómeno. La noche del 6 de marzo de 1987, tras abandonar el puerto belga de Zeebrugge, el ferry MS Herald de Free Enterprise volcó. En el accidente murieron 193 pasajeros y tripulantes.

Joseph analizó a los supervivientes y descubrió que el 60% de ellos experimentaban culpa y angustia incluso 30 meses después del trauma. Los sentimientos de culpabilidad variaban. Hubo personas que se sintieron culpables por el mero hecho de haber sobrevivido mientras otros murieron. Otros se culparon por aquello que no pudieron hacer para salvar vidas. Y otros se recriminaron por haber reaccionado de manera instintiva al escapar para salvarse.

La pandemia actual puede desencadenar respuestas similares en las personas que han sobrevivido a la enfermedad, pero han perdido a familiares. En esos casos, la culpa se convierte en una de las grandes facturas psicológicas que les deja el coronavirus.

El síndrome del superviviente

La culpa inicia con un ciclo de pensamientos contrafácticos en el que nos preguntamos qué podíamos haber hecho de manera diferente. [Foto: Getty Creative]
La culpa inicia con un ciclo de pensamientos contrafácticos en el que nos preguntamos qué podíamos haber hecho de manera diferente. [Foto: Getty Creative]

El síndrome del superviviente es un fenómeno psicológico que podemos experimentar cuando hemos sobrevivido a una situación que ha puesto en peligro la vida de otros. Podemos creer que hemos hecho mal sobreviviendo y nos sentimos culpables por ello o por el daño que han sufrido los demás.

Se constató por primera vez en los sobrevivientes del Holocausto, pero también es común en los veteranos de guerra, los sobrevivientes de accidentes de grupo, quienes han vivido grandes desastres naturales y, por supuesto, las personas expuestas a epidemias mortales.

La culpa inicia con un ciclo interminable de pensamientos contrafácticos. Comenzamos a preguntarnos qué habría pasado si hubiéramos actuado de otra manera. Este tipo de pensamiento nos permite tomar nota de lo que hicimos bien y nos ayuda a aprender de nuestros errores para no volver a cometerlos en el futuro.

Sin embargo, el pensamiento contrafáctico también es una espada de doble filo. Puede dejar de ser una herramienta de aprendizaje para convertirse en un generador de culpas.

Eso sucede cuando comenzamos a recrear el pasado para dilucidar nuestra cuota de responsabilidad. Entonces nuestra mente comienza a desplegar todos los escenarios posibles y nos detenemos en cada bifurcación para intentar detectar ese pequeño error o descuido que causó el daño decisivo. ¿Y si hubiera actuado más rápido? ¿Y si no hubiera hecho eso? ¿Y si…?

El problema es que ese análisis no es objetivo, sino que está profundamente sesgado y nos conduce a un callejón sin salida.

La ilusión de control y el sesgo retrospectivo

Nuestros sesgos mentales nos tienden una trampa para hacernos sentir culpables. [Foto: Getty Creative]
Nuestros sesgos mentales nos tienden una trampa para hacernos sentir culpables. [Foto: Getty Creative]

Nos sentimos más seguros cuando creemos que podemos controlar las cosas. La perspectiva de la falta de control, fundamentalmente sobre los sucesos importantes de nuestra vida, suele ser aterradora porque encierra el germen de la incertidumbre. Por eso somos propensos a caer en la ilusión de control.

La ilusión de control es la tendencia a pensar que podemos controlar - o al menos influir - sobre hechos que en realidad escapan de nuestro poder. Esa ilusión es más intensa cuanto mayor sea nuestra implicación emocional con el suceso, como indicaron psicólogos de la Universidad de Deusto.

Aunque en algunos casos esa ilusión de control puede hacer que nos sintamos más seguros y confiados, también puede llevarnos a realizar atribuciones erróneas sobre las causas de los eventos y, por ende, asumir culpas que no nos corresponden, como pensar que el contagio o la muerte de un familiar es responsabilidad nuestra.

Otra trampa que alimenta la culpa del superviviente es el sesgo retrospectivo. Se refiere a nuestra tendencia a analizar el pasado desde la luz del presente, suponiendo erróneamente que ya sabíamos lo que iba a ocurrir y, por ende, que podíamos haberlo evitado.

Tomados por asalto de las emociones, no somos capaces de diferenciar el “yo presente” del “yo pasado”. Como resultado, nos convertimos en jueces demasiado duros con nosotros mismos. Juzgamos nuestro comportamiento pasado según el conocimiento actual.

Ese sesgo termina alimentando el remordimiento. Nos convencemos de que podíamos haber evitado la desgracia de esa persona si tan solo hubiésemos sido más previsores, hubiésemos estado más atentos, la hubiésemos protegido más… No nos damos cuenta de que hicimos lo mejor que pudimos con el conocimiento que teníamos y los recursos de los que disponíamos.

La búsqueda de sentido en tiempos de coronavirus

En la búsqueda de respuestas y certezas, podemos caer en el pernicioso juego de la culpabilidad. [Foto: Getty Creative]
En la búsqueda de respuestas y certezas, podemos caer en el pernicioso juego de la culpabilidad. [Foto: Getty Creative]

Todas las pérdidas son dolorosas, pero el coronavirus está dejando a su paso un profundo rastro de dolor y sufrimiento. Hay parejas que han perdido a su media mitad, hijos que han perdido a sus padres y padres que han perdido a sus hijos.

Las características de esta pandemia han hecho que la pérdida de un ser querido sea una experiencia particularmente difícil de encajar y sobrellevar. Muchas personas no han podido acompañar a sus seres queridos durante la enfermedad en el hospital. Tampoco han podido sostener su mano para darles el último adiós. Y en muchos casos ni siquiera han podido organizarles un funeral y recibir el necesario apoyo de toda la familia.

La rapidez con la que se han sucedido acontecimientos también confunde. Ha habido muy poco tiempo para prepararse para ese proceso. En medio del caos, y con una enorme sensación de impotencia e imprevisibilidad, nos sentimos casi obligados a encontrarle un sentido a lo ocurrido. Intentamos hilvanar la pérdida. Reconstruir los últimos pasos.

Entonces nos preguntamos si podíamos haber hecho más. Si de alguna manera, podíamos haber evitado esa muerte. Si existía alguna forma eficaz de desatarnos las manos para luchar contra los molinos de viento en los que se convirtió cada paso institucional de ese doloroso proceso.

Mientras intentamos suplir la falta de certezas externas con certezas internas y buscar respuestas donde no las hay, corremos el riesgo de caer en el peligroso, inútil y pernicioso juego de la culpabilidad.

¿Cómo restar al sufrimiento por la pérdida, el dolor de la culpa?

Portrait of a senior couple
Portrait of a senior couple
  • Reconoce la culpa por su nombre

Si has perdido a un ser querido recientemente por el coronavirus y te sientes culpable, el primer paso es reconocer que podrías estar padeciendo la culpa del superviviente. El simple hecho de llamarlo por su nombre no hará que desaparezca, pero te permitirá ir poniendo orden en tu mente y comprender mejor lo que te sucede.

  • Sentirse culpable no significa que seas culpable

La pérdida de una persona significativa siempre genera un tsunami emocional en el que sentimientos como la ira, la tristeza, la angustia y la culpa se entremezclan. Es normal. Sin embargo, debes ser consciente de que experimentar culpa no es lo mismo que ser culpable. Generalmente esa culpa es el resultado de un intento infructuoso de darle un sentido a lo ocurrido.

  • Cambia el enfoque, analiza los factores externos

Cuando caes en el bucle de la culpabilidad, es fácil perder la perspectiva y centrarte únicamente en las recriminaciones personales. Para salir de ese agujero necesitas cambiar tu enfoque y pensar en los factores externos que no podías controlar. De hecho, en medio de una pandemia, un estado de alarma nacional y un virus de rápida propagación hay muy pocos factores que podamos controlar.

  • Permítete llorar

Si te sientes mal y tienes ganas de llorar, no reprimas esas emociones. La mayoría de las personas encuentran el llanto reconfortante y les ayuda a mejorar su estado de ánimo, según un estudio realizado en la Universidad del Sur de Florida. Estos psicólogos también constataron que el llanto tiene un efecto calmante, reduce la frecuencia respiratoria y ayuda a eliminar las hormonas del estrés a través de las lágrimas.

  • Busca apoyo para hablar de lo que sientes

La culpa se alimenta de los pensamientos que dan vueltas por tu mente. A veces, para salir de ese bucle solo necesitas encontrar a una persona que te escuche y comprenda. El simple hecho de expresar abiertamente lo que sientes tiene un poder catártico. Además, esa persona podría brindarte una imagen más ponderada que te ayude a lidiar con la pérdida sin culpabilizarte. Si lo necesitas, existen plataformas para los familiares con víctimas del Covid-19 en las que puedes compartir tus experiencias con otras personas que han pasado por lo mismo.

El duelo es un proceso largo. Aceptar la pérdida de una persona querida no suele ser fácil. Pero culparte no ayudará. En estos momentos, lo único que necesitas decirte es: “No fue mi culpa.

Más historias que te pueden interesar

¿Por qué es tan difícil perdonarse a uno mismo?

COVID-19: si no cambiamos, el sufrimiento será en vano

Los 5 grandes desafíos emocionales que nos plantea esta crisis