Roberto Benigni con su discurso atolondrado pero humano es mi mejor recuerdo de los Óscar

Ya nos había emocionado en cines con uno de los dramas más sensibles y humanos sobre el Holocausto, La vida es bella. Pero cuando Roberto Benigni ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa terminó por conquistarnos por siempre.

Fue un discurso atolondrado. De esos que tienen mucho que decir y la pifian con tantas palabras. De esos que son inapropiados, pero emotivos y tan humanos que terminan llegando al corazón. Por su humildad y honesta alegría, es mi momento favorito en la historia de la Academia.

Roberto Benigni en la 71 ceremonia de los premios de la Academia del 21 de marzo de 1999 en Los Angeles, California. (Photo by Bob Riha, Jr./Getty Images)
Roberto Benigni en la 71 ceremonia de los premios de la Academia del 21 de marzo de 1999 en Los Angeles, California. (Photo by Bob Riha, Jr./Getty Images)

Este actor, cómico, guionista y director llevó toda su pasión italiana al Dorothy Chandler Pavilion en 1999 (fue la última ceremonia que se celebró en dicho recinto), saltando sobre la butaca e irradiando alegría a toda la industria del cine después de oír a Sophia Loren gritar su nombre. Era el ganador del Óscar a la mejor película extranjera.

Y si no fuera por Steven Spielberg que levantó sus brazos para sostenerlo de la mano, seguramente habría terminado estampado en el suelo y este recuerdo sería muy, pero muy, diferente.

Roberto Benigni subió a saltitos al escenario y se fundió en un abrazo eterno con la diva del cine italiano. Y nunca dejó de sonreír. Su alegría era genuina, contagiando la misma pasión por la vida que nos regaló con su obra maestra. “Gracias” gritó para de repente decir la frase más poéticamente incorrecta, al decirle a Sophia Loren: “quiero ser mecido por las olas de tu belleza”. Y la sala entera se quedó en silencio.

Este es un momento de alegría y quiero besarlos a todos porque son la imagen de mi alegría. Aquí besas a la alegría, vuela y vive en un amanecer eterno, dijo un poeta” continuó mientras nadie entendía nada. La emoción lo pudo, y esa poesía con un inglés mal pronunciado tenía estupefacta a Sophia Loren (su rostro es un verdadero poema en el minuto 1:32 del discurso).

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Es maravilloso estar aquí. Me siento preparado para sumergirme en este océano de generosidad. Esto es demasiado” continuó en su agradecimiento a los miembros de la industria que lo premiaron con el galardón. “¿Cómo se dice?” preguntaba mientras buscaba en su cerebro una palabra en inglés y la sala comenzaba a aplaudir entre rostros de sorpresa e incredulidad.

Vuestra generosidad me hace sentir una tormenta de amabilidad y gratitud. Me gustaría agradecer a todo el equipo de la película porque sin ellos no hubiera podido volar”, dijo, y prosiguió agradeciendo a todos, incluido a Harvey Weinstein que, por entonces, era de los productores más activos de la industria y había distribuido el filme en EE.UU. a través de Miramax.

Finalmente cerró su mensaje agradeciendo a sus padres, de una pequeña aldea italiana, que le dieron “el mejor regalo” de su vida: “la pobreza”. La sala se lo tomó a broma, riendo al unísono. Prueba de que muchos no estaban entendiendo el discurso atropellado de este genio emocionado. Pero el mensaje de Roberto era que esa pobreza “fue la mejor lección de su vida”.

Gracias por vuestro amor, porque si estoy aquí es porque a la agente le gustó la película. Y por eso siempre todo termina en el amor. Quiero agradecer a todos aquellos que no están aquí, que dieron su vida para que podamos decir que la vida es bella”, dijo.

Y tras mandarle un beso al actor que interpretó a su hijo en el filme, Giorgio Cantarini, dejó una frase de Dante Alighieri: “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”, explicando que cuando se tiene fe, el amor aparece. Y en ese momento le dedicó el premio a su esposa, Nicoletta Braschi. La principessa de la película.

Roberto terminó ganando también el Óscar a mejor banda sonora y el de mejor actor, arrebatándoselo a otros favoritos como Tom Hanks, nominado por Salvar al soldado Ryan, e Ian McKellen por Dioses y monstruos.

En aquella ocasión, La vida es bella estaba nominada también a mejor película. Y perdió, como también perdieron las favoritas Salvar al soldado Ryan y La delgada línea roja. ¿Se acuerdan quien ganó…?

Shakespeare in love (Shakespeare enamorado), uno de los Óscar más imperdonables de la Academia para muchos, incluida esta escritora. Porque si una película transmitió el poder del cine en imágenes, esas fueron La vida es bella y el drama bélico de Steven Spielberg aquel año. Los que hemos visto la producción italiana jamás dejaremos de sentir el recuerdo de las lágrimas cuando vemos un clip del pequeño Giorgio gritando “buongiorno principessa”, ni tampoco olvidaremos la intensidad de aquella secuencia del desembarco de Normandía en Salvar al soldado Ryan. Sin embargo, y sinceramente, de Shakesperare in love, no recuerdo sensación alguna.

Sophia Loren gritó aquel “¡Roberto!” emocionada, siendo el decimotercer Óscar para el cine italiano. No obstante, en la actualidad, Italia se mantiene como el país con más estatuillas en la categoría de película extranjera con un total de 14 victorias, la última fue para La gran belleza de Paolo Sorrentino. Curiosamente, un año después, Penélope Cruz era la que gritaba “¡Pedro!” ante el Óscar a mejor película de habla no inglesa para Todo sobre mi madre.

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