Cristiano Ronaldo, el futbolista que más se acerca a la mentalidad ganadora de Michael Jordan

Cristiano Ronaldo celebra un gol en el Camp Nou con el icónico 'calma, calma, yo estoy aquí'. (Foto Victor Carretero/Real Madrid via Getty Images)

“Mi mentalidad es ganar a cualquier coste”. La cita, recogida durante el controvertido documental ‘The Last Dance’, desvela la concepción ganadora de Michael Jordan a lo largo de su carrera y sirve como punto de partida para entender su figura. Extremadamente exigente, arrogante y provocador, encontrar un homólogo del norteamericano en el mundo balompédico no es tarea fácil, pero su capacidad de superación, motivación y hambre de ganar se puede equiparar a la de Cristiano Ronaldo.

Con sus matices y sus diferencias, el carácter vencedor y la ambición sin límites del portugués coincide con la de Jordan. En este sentido, este artículo no busca remarcar los trofeos grupales ni individuales obtenidos por Cristiano ni discutir quién es el dominador de la era actual, sino que trata de poner en valor la mentalidad inhumana de un jugador que siempre ha tratado de encontrar su techo para derribarlo.

La construcción del mito

El luso empezó a esculpir su ambición desde sus inicios en el Sporting Club de Portugal tras dejar atrás a su familia y emprender su camino hacia la élite. “Cristiano Ronaldo era decidido en todo lo que hacía. Quería ser el mejor en todo: ping-pong, tenis, billar, futbolín, dardos, atletismo, el uno contra uno o en la velocidad. Su equipo siempre tenía que ganar”, así lo afirma Leonel Pontes, tutor de Ronaldo de los 12 a los 15 años en la academia portuguesa, en el libro ‘Cristiano Ronaldo, una ambición sin límites’. Por su parte, Jordan admite que “esa competitividad dentro de mí comenzó cuando era un niño.

En él, también se explica cómo se fugaba para realizar pesas en el gimnasio por la noche después de haber sido encajonado como un “buen jugador pero demasiado delgado”. Como Jordan, quien fue mirado con escepticismo por su altura para su posición y más adelante debió machacarse físicamente para vencer a los Detroit Pistons. Cristiano tuvo que invertir innumerables días en su físico. Como ven, los paralelismos son continuos, pero no nos detendremos aquí.

Cristiano Ronaldo era el primero en llegar y el último en irse. Entrenaba antes y entrenaba después. Todas las jugadas esas que tú ves, las entrenaba antes. Después entrenaba con el grupo y más tarde se quedaba tirando tiros libres”. En este caso, la afirmación corresponde a Carlos Tévez durante su periplo junto al portugués en el Manchester United. Una constante que el astro luso ha repetido obsesivamente en cada club donde ha militado.

En esta línea, el defensor de la Juventus, Mehdi Benatia, relató en RMC Sports cómo, tras un partido donde Cristiano y él fueron suplentes en Bérgamo, el delantero le preguntó qué iba a hacer ahora y le invitó al gimnasio ya que “no había sudado en el banquillo, mientras el marroquí declinó la invitación. Según reveló Benatia, “yo le respondí que eran las 23:00 de la noche y que quería llegar a casa y ver la televisión. En ese momento me di cuenta de que Cristiano no es una persona normal. Cuando trabajas con él, lo respetas más porque ves que sacrificó toda su vida por el fútbol.

Un hecho que entronca directamente con las confesiones de los compañeros de Jordan en los Chicago Bulls, donde admiten que se sienten muy presionados, pero que, a su vez, esa actitud del ‘23’ les impulsa a ganar los seis títulos NBA entre 1991 y 1998. Como expone Jordan, para él es necesario que el líder de un equipo sea extremadamente exigente, hasta llegar a ser muy agresivo, con tal de que sus compañeros le sigan y se plasme en un equipo ganador.

Precisamente, la exuberancia física labrada y su mentalidad metódica es la que le permitirá ser imparable en el aire y erigirse como uno de los mejores rematadores de todos los tiempos. Como Michael Jordan, a Cristiano Ronaldo hay que pararlo antes de que alce el vuelo en el área, porque una vez que despegue, su portentoso testarazo hará inútiles los esfuerzos de los defensas para alcanzarlo en el aire.

Mentalidad ganadora

Después de conquistarlo todo en Inglaterra con los ‘Red devils’ y alzar el Balón de Oro, el astro portugués debía encontrar una nueva gesta. Añadir capas a su juego no bastaba, debía empujarse a sí mismo hacia un reto competitivo y un rival imposible de vencer, por entonces, que desafiaba su hegemonía: el Barça de Leo Messi y Pep Guardiola.

Dibujando la analogía, el Barça no zurraba como los Detroit Pistons, pero imprimía palizas mentales a sus rivales y representaba el adversario a batir. Cristiano sabía que no podía derrotar a la máquina del rondo como le habían demostrado en la final de Roma (2-0), pero el autómata todavía no comprendía esa verdad irrefutable.

Necesitaba pruebas, vivirlo en primera persona. Así se lo hicieron saber en su dos primeras temporadas con la famosa ‘manita’ de Gerard Piqué. Una ofensa hacia su ego que le permitió empezar a comprender el tamaño del desafío que debía liderar. Era el Armagedón futbolístico.

Bestia competitiva sin parangón, la vanidad, orgullo y prepotencia de Cristiano impactaron como un meteorito en la concepción de la (falsa) modestia y humildad del fútbol español. En ese juego de espejos, una cosa es aparentar y otra fardar. El fanfarrón luso no tardó en aparecer con una afirmación inolvidable que sería carne de cañón en aquellos días. “Pienso que por ser rico, guapo y gran jugador, las personas me tienen envidia”.

El odio de una gran parte de la nación española se dirigió hacia Cristiano y se transformó en un detonante para la opinión pública. Sin embargo, en lugar de amilanarse, el portugués tiró de alquimia y convirtió las críticas en gasolina para su motor motivacional. Cuantos más elementos confabulaban contra el delantero del Real Madrid, más confianza ganaba en sí mismo.

Por si fuera poco, Cristiano desafiaba y vencía a sus rivales, pero nunca parecía disfrutar. Siempre quería más y más. Eso generaba rabia e incomprensión. Era extrañísino este tipo. Si Leo Messi marcaba dos, él hacía un hat-trick, si conseguía tres goles, quería ir a por el cuarto. No existía la relajación en su mirada y nadie entendía ese hastío continuado que transmitía el portugués.

Con el tiempo, lograríamos comprender que su autoexigencia le dejaba pocos espacios para ser feliz durante los 90 minutos. Tan solo descansaba tras contemplar la aniquilación del rival. “Cada vez que piso la cancha de baloncesto mi enfoque es ganar el juego. Me vuelve loco cuando no puedo”, decía Jordan.

A diferencia del norteamericano, Cristiano Ronaldo no forjó una dinastía, pero sí que encabezó la resurrección de un coloso deprimido, falto de confianza y autoestima. El Real Madrid había visto amenazada su jerarquía y el Barça atentaba con reducirlo a la nada a base de examinar y exponer los complejos blancos en cada encuentro.

El liderazgo de la tropa

En este sentido, el atacante luso no ha llegado a protagonizar episodios tan drásticos como el ‘23’ en cuanto a forzar a sus compañeros se refiere, pero sí que les ha apretado cuando ha creído conveniente sin tener en cuenta si eso dañaría o no sus sentimientos. “Si todos estuvieran a mi nivel, estaríamos primeros en LaLiga” declaró tras perder el derbi ante el Atlético en 2016. Tampoco puede pasar desapercibido el encuentro en Mestalla donde echó en cara a sus compañeros que él había marcado y otros no habían hecho nada.

Por su parte, Jordan dijo aquello de “si tú no tienes esa mentalidad, entonces no vas a querer ser mi compañero, porque te voy a ridiculizar hasta que alcances mi nivel. Y si tú no eres capaz de hacerlo, va a ser un infierno para ti”. Precisamente, tanto Cristiano Ronaldo como Michael Jordan tuvieron que aprender a delegar responsabilidad en sus compañeros para salir campeones. En el caso del portugués, Zinedine Zidane tuvo que construirle un ecosistema lleno de asistentes (Marcelo, Modric, Benzema e Isco) para maquillar su falta de velocidad y desborde y enfocarlo al remate.

La nostalgia es una peligrosa compañera de viaje porque reinventa los relatos. Parece que Michael Jordan empezó a ganar anillos uno tras otro desde que llegó a la NBA, pero tuvo que esperar hasta los 28 años para lograr su objetivo. Sin embargo, fue esa mentalidad ganadora la que le impulsó a no rendirse nunca e ir mejorando conforme avanzaban las temporadas.

Del mismo modo, Cristiano Ronaldo tardó 5 años en volver a ganar el Balón de Oro, 6 en volver a levantar la Copa de Europa y 4 años en hacer lo propio con la Liga. Como ven, los campeones se forjan desde el principio, comparten una locura que les empuja a forzar sus límites y muchas veces carecen de empatía. Más máquinas que humanos. Más salvajes que civilizados. La mentalidad ganadora de Michael Jordan y Cristiano Ronaldo es tan singular como su grandeza deportiva.

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