Mucho de lo que creíamos saber del coronavirus ha cambiado radicalmente y debemos actualizar las medidas

Javier Peláez
·7 min de lectura
Con las nuevas evidencias y conocimientos sobre el coronavirus, cerrar parques al aire libre ya no tiene sentido
Con las nuevas evidencias y conocimientos sobre el coronavirus, cerrar parques al aire libre ya no tiene sentido

Nuestro conocimiento adquirido del virus SARS-CoV-2, sobre los efectos de la enfermedad que despliega o sobre los tratamientos más eficaces frente a la COVID-19 ha aumentado notablemente desde el inicio de la pandemia hasta ahora. El esfuerzo realizado por miles de científicos y centros de investigación ha sido histórico consiguiendo, en apenas unos meses, secuenciar su genoma, entender los mecanismos básicos de contagio e incluso ha permitido desarrollar vacunas que ya están reduciendo las infecciones, las hospitalizaciones y los fallecimientos.

La ciencia se actualiza constantemente y, en un campo tan novedoso como la aparición de un virus desconocido, resulta conveniente estar bien informado de las últimas novedades científicas. Gracias a la llegada de nuevas evidencias, algunas de las medidas, que en su momento se adoptaron por temor, por precaución o por desconocimiento, hoy sabemos que resultan poco adecuadas. Existen nuevos estudios, algunos muy recientes y otros que cuentan ya con varios meses desde su publicación, que han cambiado, matizado o incluso que han dejado obsoletas muchas de las decisiones y medidas que se tomaron al principio de la pandemia. Por eso resulta de una importancia crucial que nuestros legisladores, gobernantes y, en definitiva, cualquier institución con responsabilidad de decisión en el ámbito público y sanitario cuente con información rigurosa y actualizada en todo momento.

El riesgo de contagio por tocar superficies es mínimo

Seguro que recuerdan los primeros meses de esta larga crisis sanitaria, fueron los más desconcertantes y confusos. Cualquier situación parecía ser un riesgo, cualquier objeto, cualquier producto, cualquier superficie era una amenaza. Aún no estaban claros los métodos de infección y todo parecía ser contagioso. Se desinfectaban hasta las calles, las aceras, se agotaron los guantes de nitrilo, nos lavábamos las manos cada vez que tocábamos algo, el gel desinfectante era un bien preciado y limpiábamos pomos, picaportes, espejos y hasta la compra del supermercado al llegar a casa.

Conforme pasaron los meses, las evidencias fueron rebajando el peligro de contagio a través de superficies. Los estudios científicos fueron aclarando los medios más comunes de propagación del virus, primero gotículas, y más tarde los aerosoles, se convirtieron en protagonistas.

Hoy sabemos que el riesgo de contagio por tocar superficies es muy reducido. Hace tan solo unos días los célebres CDC estadounidenses (Centros para el control de enfermedades) hicieron público el estudio más reciente sobre el tema, estimando que el riesgo de contagio por tocar superficies contaminadas con COVID-19 es de "1 entre 10.000".

La directora de los CDC, Rachel Walensky, indica también que “aunque es posible contagiarse a través del contacto con superficies u objetos contaminados, en realidad el riesgo es muy bajo. Cada contacto con una superficie contaminada tiene menos de una posibilidad entre 10.000 de causar infección. Hasta ahora, los CDC recomendaban a los estadounidenses usar productos químicos para desinfectar aquellas superficies que se tocan con regularidad, como las mesas, interruptores o pomos de la puerta, pero han actualizado la información al respecto, dejando claro que limpiar con agua y jabón es suficiente”.

El riesgo de contagio por tocar superficies contaminadas es mucho menor del que creíamos
El riesgo de contagio por tocar superficies contaminadas es mucho menor del que creíamos

El riesgo al aire libre es mucho menor de lo que imaginas

Una de las medidas que más se recuerdan durante la pandemia fue la de cerrar los parques infantiles y limitar casi todas las actividades al aire libre. Apenas se podía salir al exterior y cualquier salida debía estar justificada. Sin embargo, hoy sabemos que los contagios al aire libre son tan bajos que la preocupación del confinamiento se ha quedado totalmente obsoleta.

Durante los últimos meses, un número creciente de evidencias apuntan en la misma dirección: los contagios al aire libre son casi anecdóticos. Hace solo unos días, Centro de Vigilancia de Protección de la Salud (HPSC) de la República de Irlanda publicaba los siguientes datos: De los 232.164 casos de Covid-19 registrados en todo el estado hasta el 24 de marzo de este año, 262 fueron por transmisión al aire libre, lo que representa el 0.1 por ciento del total. Esto significa que solo uno de cada mil contagios se ha producido al aire libre. Estudios similares en Italia, China o Inglaterra apuntan en la misma dirección.

El virólogo clínico de la Universidad de Leicester, Julian Tang, es el autor principal de otro análisis significativo: “Por supuesto, nuestro estudio no descarta la transmisión del virus al aire libre. Sin embargo, para poner esta posibilidad en contexto hay que indicar que, entre los 7324 identificados en China para nuestro trabajo, solo detectamos un brote al aire libre. Un hombre de 27 años tuvo una conversación al aire libre con un individuo que había regresado de Wuhan el 25 de enero y tenía síntomas el 1 de febrero. Este brote involucró solo dos casos”.

La inmensa mayoría de los contagios ocurre en interiores o espacios semi-abiertos con poca ventilación. Con el conocimiento y datos actuales, con las medidas adecuadas, guardando distancias de seguridad y siempre con el uso de mascarillas homologadas, los contagios al aire libre no representan un peligro real… así que, la próxima vez que tu Ayuntamiento pretenda cerrar algún parque al aire libre tan solo estarán demostrando que están atrasados y mal informados. A estas alturas, y a pesar de la información científica disponible, aún encontramos ejemplos tan surrealistas como el de la Generalitat Valenciana y sus ridículas medidas.

Seguimos usando mascarillas no homologadas (y además las usamos mal)

Pocas veces hemos tenido tanta información sobre un mismo tema en tan poco tiempo. El tema de las mascarillas ocupó titulares, artículos y hasta programas enteros de televisión, y aún así, es fácil encontrar en nuestros días mascarillas de tela, confeccionadas con materiales caseros o simplemente se usan de manera incorrecta.

La mascarilla es la herramienta fundamental para evitar el contagio, por eso resulta descorazonador comprobar, con demasiada frecuencia, cómo la gente se las quita o se las pone debajo de la barbilla precisamente para hablar. El virus SARS-CoV-2 se transmite principalmente a través de las microgotas que se producen cuando una persona infectada tose, estornuda o habla, y es precisamente en estos momentos cuando más necesario es tener las mascarillas puestas y bien colocadas.

Sin ir más lejos, un estudio publicado hace solo unos días, insiste en que las mascarillas (obligatorias y homologadas), junto con una buena ventilación, detienen la propagación de la COVID-19 mejor que el distanciamiento social. Si queremos retomar la normalidad, este estudio apunta a que las mascarillas siempre bien colocadas y una correcta ventilación van a ser la clave para permitir una mayor capacidad en escuelas, negocios y otras áreas interiores.

Test de antígenos, una herramienta que ahora puede ser muy útil

Los test de antígenos han sido muy vilipendiados durante estos últimos meses ya que no ofrecen tanta precisión en comparación con otros test y métodos, como las RT-PCR. Sin embargo, pueden resultar muy útiles en estos momentos de la pandemia ya que son muy baratos, son rápidos de realizar y permiten detectar personas con cargas virales muy altas. Tres elementos que ahora mismo resultan muy convenientes.

Nos ponemos en contacto con Ignacio López-Goñi, catedrático en Microbiología por la Universidad de Navarra, y nos lo explica de manera sencilla: “Las PCR detectan el genoma del virus, son pruebas clínicas muy potentes y detectan fragmentos de ARN del virus incluso semanas después de que la persona haya eliminado el virus infeccioso. Sin embargo, para las medidas de salud pública en estos meses necesitamos otro enfoque”.

Cuando alguien viaja en tren, se sube a un avión o simplemente queremos saber si puede contagiar a otras personas, los test de antígenos son una elección muy adecuada. “Es cierto que tienen menor sensibilidad analítica que la PCR”, explica López Goñi en The Conversation, “pero su habilidad para detectar individuos con alta carga viral, y por tanto contagiosos, es tan alta como la PCR. Por otro lado, su especificidad, es decir, la capacidad de identificar correctamente a los que no están infectados, es comparable a la PCR”. En resumen, los test de antígenos son lo que necesitamos si queremos realizar una desescalada correcta. Sí, son menos sensibles que las PCR, pero su baja sensibilidad se compensa con la frecuencia de uso, por ser rápido, sencillo y barato.

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