Crítica de 'Blonde' de Andrew Dominik: Ana de Armas alumbra el laberinto infernal de Marilyn Monroe

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Photo credit: Blonde
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En ‘Blonde’, la tremebunda novela de ficción que Joyce Carol Oates dedicó a la vida de Norma Jeane Mortenson, más conocida como Marilyn Monroe, la escritora estadounidense leía la mente de la indeleble estrella de Hollywood y extraía pasajes tan reveladores como este: “durante toda mi vida sabría de mí a través de los testimonios y las palabras de otros… Conocí mi existencia y el valor de esa existencia a través de los ojos de otros”. Por su parte, el cineasta Andrew Dominik abraza con convicción la propuesta de Oates y nos invita a mirar a Norma/Marilyn (interpretada con espíritu kamikaze por Ana de Armas) como una imagen estratificada e impenetrable, centelleante y despedazada. ‘Blonde’ es la historia de una mujer que buscaba una cierta conexión: un vínculo con su madre enajenada, el encuentro con un padre ausente, una fusión entre su vida y la de los personajes a los que encarnó en la gran pantalla. En su novela, Oates recogió un pasaje luminoso del libro Un actor se prepara, donde Konstantin Stanislavski, el gran maestro de actores, se dirigía a uno de sus alumnos y le explicaba que “usted se interpreta siempre a sí mismo, pero en una variedad infinita”. En eso consistía la utopía de Norma: encontrarse a sí misma en cada uno de sus papeles. Sin embargo, el sueño de la actriz se convirtió en una pesadilla atroz, tal como Oates imaginó en su novela, y tal como Dominik presenta en una película salvaje, que sacude al espectador con su modernidad rutilante, sus imágenes fustigantes y su violenta iconoclastia.

En el deslumbrante arranque de ‘Blonde’, Dominik hace soñar al espectador con una reedición de la proeza que consiguió Todd Haynes en ‘I’m Not There’, film en el que seis actores daban vida a las diferentes caras de Bob Dylan. Oates escribió que la única manera de entender a Norma/Marilyn es apreciarla como “un puzle cuyas piezas encajan a la fuerza”, una idea que el director neozelandés asume echando mano de una escritura fílmica elíptica y esquiva. En algunos de los pasajes más inspirados de ‘Blonde’, Dominik navega de forma audaz entre las diferentes capas del mito hollywoodiense; por ejemplo, cuando transita desde un plano detalle de las temblorosas y enredadas manos de la enajenada madre de Norma hasta otra estampa de manos temblorosas y enredadas, aunque esta vez son las de Marilyn, que vampiriza su propio trauma para dar vida a la sibilina Nell Forbes de ‘Niebla en el alma’. Para Dominik, la figura de Norma/Marilyn es un laberinto tan fascinante y trágico como el que vislumbró Jean-Luc Godard en la Nana de ‘Vivir su vida’. Y, para ello, el director de ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’ (otra meditación sobre la mitología yanqui) construye ‘Blonde’ a partir de brochazos bruscos y deslumbrantes, retazos de una frustración múltiple: una actriz brillante encasillada en el papel de bomba sexual, una mujer inteligente condenada a interpretar a aleladas damas en apuros, una romántica empedernida que fue castigada por la violencia y la incomprensión de sus parejas, una mujer empoderada cuya sed de libertad chocó contra el conservadurismo de la América de mediados del siglo XX.

La cumbre de ‘Blonde’ llega hacia la mitad de la película, cuando Norma asiste al estreno de ‘Los caballeros las prefieren rubias’ y se ve obligada a mirarse en el espejo de Marilyn. Como si se tratara del reverso oscuro de la genial escena de ‘Érase una vez… en Hollywood’, en la que Sharon Tate (Margot Robbie) entraba en una sala de cine y gozaba de su propio genio actoral, aquí Norma experimenta un enorme malestar al verse a sí misma en la pantalla, interpretando el célebre número musical de ‘Diamonds Are a Girl’s Best Friend’. Lo que podría ser un momento de hermanamiento entre Norma y Marilyn, la mujer y la actriz, se convierte en un estallido de pura desconexión. Frente a la mítica escena de la película de Howard Hawks, Norma experimenta una revelación trágica que observamos mediante un plano de alejamiento en el que Norma aparece sola, alienada, entre un mar de espectadores encandilados por la magia ilusoria de Marilyn. A la fuerza emocional de la escena cabe añadir un detalle que puede parecer menor, pero que ilustra la inteligencia del planteamiento de Dominik: la escena de ‘Los caballeros…’ no es ni la original ni una recreación, sino un híbrido extraño en el que el rostro y el cuerpo de Ana de Armas aparece inserido en la película de Hawks gracias a un trucaje digital. Tirando de este hilo, y atendiendo a los saltos permanentes entre escenas en blanco y negro y color, o entre planos en diferentes formatos (del cuadrado al más panorámico), es posible percibir el interés de Dominik por pasar ‘Blonde’ por el filtro del distanciamiento brechtiano, invitando al espectador a no perder nunca de vista que está ante una construcción, una “película”, una reflexión acerca del poder de las imágenes.

Photo credit: Distribuidora
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‘Blonde’, tanto la novela de Oates como la película de Dominik, son obras brutalmente contemporáneas. En su libro, la autora de Lockport describió el misterio de Marilyn como “un cruce entre la patología privada y el apetito insaciable de una cultura capitalista de consumo”. Por su parte, Dominik sabe que las neurosis del presente tienen que ver con nuestra tendencia a ocultarnos detrás de avatares virtuales. En este sentido, ‘Blonde’ podría verse como un film que pasa la nostalgia del viejo Hollywood por el inclemente tamiz del frenesí audiovisual contemporáneo. Varias de las escenas de la película ponen en movimiento fotografías míticas de Marilyn, sola o acompañada por sus partenaires, maridos y amantes, como si Dominik quisiera someter el mito de Marilyn a la terapia de shock de Tik Tok.

En este proceso de relectura crítica del mito de Marilyn, la que sale peor parada es la dictadura del patriarcado. La industria del espectáculo, y Hollywood en particular, se presenta como un avispero de depredadores sexuales, encantados de disponer de la provechosa imagen de Marilyn y del vulnerable cuerpo de Norma. La película despliega un carrusel de imágenes terribles que denuncian la cosificación de “la rubia”: rostros de hombres que aúllan como animales ante la presencia de la actriz, productores que la violan antes de concederle un papel, o maridos que la exhiben como un trofeo antes de partirle la cara. En ‘Blonde’, Dominik elabora una suerte de versión cruda, nada onírica, del Hollywood siniestro de las películas de David Lynch, un grand guinyol habitado por monstruos equipados con billetes y testosterona. Oates sabía de lo que hablaba cuando describió a Sugar Kane, el personaje de Marilyn en ‘Con faldas y a lo loco’, como “una caricatura sexual en otra farsa sexual imaginada por hombres para la diversión de los hombres”. En este sentido, ‘Blonde’ entra como un elefante en la cacharrería de la actual discusión en torno a la reconsideración crítica de obras artísticas pretéritas. Manteniendo la necesaria distancia respecto a los excesos de la cultura de la cancelación, este crítico debe reconocer que, después de leer la feroz novela de Oates y ver la implacable película de Dominik, no sabe muy bien si podrá volver a gozar, con la inocencia de antaño, de films como ‘La tentación vive arriba’ o las ya mencionadas películas de Hawks y Wilder.

Por último, no es posible hablar de ‘Blonde’ sin sacarse el sombrero ante el trabajo de Ana de Armas, quien aborda el firme/quebradizo personaje de Norma/Marilyn como si estuviese corriendo una maratón a ritmo de sprint. Es gracias a los múltiples matices que invoca su interpretación que el espectador llega a comprender la opresión social a la que vivió sometida la célebre actriz. En este sentido, vale la pena mencionar una escena en la que, ante la incomprensión de su futuro marido (la estrella del baseball Joe DiMaggio), vemos a de Armas transitar, en milisegundos, entre dos de los avatares de su personaje, desde la mujer deseosa de realizarse como actriz hasta la mujer empeñada en complacer a los demás, llegando a aceptar la funesta condición de mujer florero. Así, de la mano del encomiable trabajo de la actriz cubano-española, Dominik hace realidad su sueño de poner en escena la truculenta novela de Oates, un empeño en el que el director de ‘Mátalos suavemente’ no deja títere con cabeza, arriesgando hasta el punto de caer en lo vulgar (cuando decide filmar un plano desde el interior de la vagina de Norma/Marilyn) y lo cafre (la decisión de poner a dialogar a la protagonista con un feto recreado digitalmente no solo resulta cuestionable en términos de “buen gusto”, sino que abre la puerta a una indeseada lectura del film en clave antiabortista). A la postre, con sus contradicciones, sus saltos al vacío y su ímpetu lacerante, ‘Blonde’ deja a su paso un conjunto de imágenes, emociones y reflexiones que amplían nuestro conocimiento de ese constructo que hemos dado en llamar Marilyn Monroe, un mito que Dominik y de Armas bajan del pedestal legendario para confrontarlo a los fantasmas de un pasado que todavía embruja nuestro presente.