Crítica de 'Athena' desde Venecia: Romain Gavras invoca la furia de los marginados en ‘Athena’

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Los 12 primeros minutos de ‘Athena’ funcionan como la clara declaración de intenciones de un cineasta dispuesto a agitar el patio de butacas. En un prodigioso plano secuencia, repleto de imposibles cabriolas coreografiadas, Romain Gavras presenta el clima de guerrilla que se desata en un barrio marginal francés (una banlieue) tras la viralización de un vídeo donde un grupo de policías propina una paliza mortal a un joven descendiente de una familia norteafricana. Los jóvenes de Athena, así se llama el barrio, han dicho basta y plantean una guerra sin cuartel contra las fuerzas policiales. En este contexto, y a través de virtuosos planos de seguimiento, Gavras va dejando entrever el fraternal corazón narrativo de la propuesta, construido en colaboración con el coguionista Ladj Ly, a su vez director de ‘Les Misérables’. Y es que ‘Athena’ despliega un drama familiar tejido a partir de los choques entre tres hermanos, que serían cuatro si la policía no hubiese matado al menor del clan.

Con un pie en la estética pop-verité y el otro en la tragedia griega, Gavras y Ly crean una obra de agitación que pasa las tensiones sociales de la Francia actual por una lente de aumento sensorial e inmersiva. Reincidiendo en el exaltado estudio de la brutalidad policial que propuso en el videoclip ‘Born Free’ de M.I.A., Gavras crea un universo estético en el que el caos aparente de la contienda urbana oculta un ejercicio escénico de alta precisión. Un torrente de anarquía controlada del que sobresalen las presencias de los hermanos protagonistas, figuras arquetípicas que aluden a diferentes esferas de la realidad francesa. Por un lado, está Abdel (Dali Benssalah), quién luce con orgullo su condición de soldado del ejército francés, lo que le convierte en el heredero natural de su abuelo, quien luchó del lado galo en las guerras coloniales. Luego está Moktar (Ouassini Embarek), el hermano mayor, quién se ha “integrado” en la sociedad francesa a través del narcotráfico. Y, por último, está Karim (Sami Slimane, todo un descubrimiento), el hermano menor (de los vivos), que forma parte de la generación que ha decidido no seguir viviendo en el sometimiento. Él es el líder de la revuelta popular, que reclama que la policía revele los nombres de los agentes implicados en el asesinato de su hermano pequeño. Encadenando las intensas confrontaciones entre los hermanos con espectaculares escenas de lucha sin cuartel, ‘Athena’ compone el retrato de una descorazonadora debacle social.

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Confiando en el potencial meditativo de la acción fílmica –en la línea del cine bélico de Kathryn Bigelow o de las películas sobre catástrofes colectivas de Paul Greengrass–, Gavras escribe con letras mayúsculas la crónica de un horror muy reconocible. Y lo hace permitiendo que el espectador atienda a las razones de todos los personajes, aunque puedan no compartirse. A la postre, todos son perdedores en una batalla imposible por la libertad y la igualdad (la fraternidad tiene el mismo valor trágico que en la saga de ‘El padrino’ o que en las pervertidas relaciones familiares de las obras de Shakespeare). Y lo que es más importante: la propuesta de Gavras puede pecar de esteticista –el empleo de fuegos artificiales en la guerra urbana tiñe la batalla de un cierto preciosismo–, y el director de ‘Nuestro día llegará’ puede excederse en la creación de imágenes icónicas –en un pasaje abrumador, el rebelde Karim aparece vestido como si fuese el líder de un ejército troyano–, pero ‘Athena’ mantiene siempre viva una poderosa lógica narrativa y moral, consistente en negar cualquier atisbo de heroicidad a sus personajes. Todos son víctimas. Los verdaderos culpables –todos aquellos que alimentan y sacan partido de las desigualdades sociales– quedan en un resonante fuera de campo.