¿Y si llega la vacuna contra la COVID-19 y algunos no quieren ponérsela?

Militar estadounidense recibiendo la vacuna contra la gripe. (Imagen creative commons vista en Flickr del sargento J.D. Strong II).

En 2002 fui uno de los pioneros en el uso de Internet, la recién llegada “autopista de la información”, para la divulgación de noticias científicas. Casi inmediatamente entendí que aquella nueva tecnología tenía el potencial de cambiar el modo en que podríamos formarnos y comunicarnos con nuestros pares. Internet era lo que los anglosajones llamaban un “game-changer”. Tan fascinado estaba con aquel chorro de datos que entraba (lentamente, todo hay que decirlo) en mi PC a través de un rústico modem interno telefónico, que prácticamente me sometí a un confinamiento voluntario con el ánimo de explorar sus posibilidades.

Así llegaron mis primeros chats transoceánicos a través de IRC, mis primeras visitas a la web de la NASA y mis primeros foros. Todo aquello me hacía vislumbrar un mundo futuro en el que la tecnología se pondría a disposición de la razón, y nos ayudaría a conseguir una sociedad más formada, más culta, más igualitaria y en suma más cercana a la verdad. Si conseguíamos que el conocimiento universal llegase a todos nuestros hogares; si todas las universidades y libros del mundo estuvieran al alcance de un clic, la superchería y la superstición se verían arrinconadas. La razón dejaría de echarse siestecitas y los monstruos se esfumarían para siempre.

¡Qué iluso! A mis 21 años simplemente no contaba con el hombre y sus imperfecciones. No contaba con que los defensores de las pseudociencias recorrerían con éxito esas mismas “autopistas” para distribuir por ellas su ponzoña. No contaba, en fin, con el poder atávico de las creencias, ni con el influjo degenerativo que las emociones ejercen tantas veces sobre la razón. Simplemente era tan joven y estúpido, que di por hecho que todo el mundo aceptaría la perfección del método científico, basado únicamente en evidencias. Después de todo, el ejemplo de arrojo y valentía mostrado por Galileo merecía triunfar a escala global.

En cierto modo creo que sigo sin recuperarme del golpe.Perdonad mi confesión, he debido de levantarme más nostálgico de la cuenta. Para ser justos hay que reconocer que Internet ha facilitado el acceso a la información seria y contrastada al grueso de la población. Particularmente yo he encontrado esto muy gratificante en este mi segundo confinamiento, que en esta ocasión no ha sido voluntario sino forzado por la acción del coronavirus. ¡Ah La COVID-19! Esta sí que ha sido un “game-changer”, hasta el punto de que dentro de varias décadas una de las preguntas comunes que nos haremos (al menos los veteranos) será algo como ¿y tú cómo viviste los tiempos del coronavirus?

Al grano. Cuando era joven nunca pensé en vivir tiempos como este, y no lo digo solo por las cuarentenas, sino por aspectos tan poco gratos como las “fake news” o los movimientos antivacunas. Nunca imaginé que los ineptos tendrían tantas facilidades para desinformar, manipular y sugestionar. Obviamente tampoco imaginé que algunos de estos ineptos llegarían a liderar naciones enteras, algunas de las cuales son potencias nucleares.

Pero centrémonos con los movimientos antivacunas. A raíz del penoso episodio “Plandemic” (el controvertido documental que da soporte a una nueva teoría conspirativa creada por una viróloga estadounidense desacreditada, llamada Judy Mikovits) estos días he leído un artículo de opinión en el New York Times firmado por Kevin Roose que me ha dejado muy preocupado.

La idea básica del artículo es esta ¿qué pasaría si nuestros científicos dan con una vacuna efectiva contra la COVID-19 y una parte importante de la población se niega a ser inmunizados con ella?

Ya sé que puede sonaros a ciencia ficción, especialmente cuando en España (tal y como dijo el año pasado la ministra Carcedo) el movimiento antivacunas parece no tener un peso e influencia preocupantes. Sin embargo en el país del periodista antes mencionado (los Estados Unidos) las cosas son completamente distintas.

Mujer protesta contra los confinamientos mostrando pancartas frente al parlamento de Melbourne el pasado 10 de mayo. Cientos de seguidores de teorías conspirativas se manifestaron contra las vacunas, Bill Gates, la tecnología 5G y las leyes que imponían los confinamientos. (Foto de William WEST / AFP) (Foto de WILLIAM WEST/AFP via Getty Images)

Allí, en el país cuyo presidente tonteó con la idea de “inyectar desinfectante” a los infectados para acabar con el SARS-CoV-2, el movimiento antivacunas está muy bien organizado y ha logrado sembrar dudas sobre la efectividad de las vacunas en un buen número de personas, lo cual ha traído como resultado episodios penosos como los vistos en 2019 con varios cientos de casos de niños afectados por el sarampión.

La maestría de estos movimientos (dispersos pero bien coordinados) es tal, que saben cómo batallar en los juzgados durante años, creando enredos legales, bloqueos y campañas publicitarias que cargan contra cualquier ley que huela a obligatoriedad. De hecho, ellos no se llaman así mismo “anti vacunas” sino “pro elección”.

Finalmente, el artículo de Roose toca también los resultados de un trabajo de investigación realizado por Neij Johnson y Rhys Leahy (Universidad George Washington). El estudio versa sobre la efectividad de la batalla online que se libra entre los grupos pro vacunas y el movimiento antivacunas, y sus conclusiones se han publicado recientemente en la revista Nature.

¿Resultado? El estudio, que rastreó conversaciones en Facebook durante la citada epidemia de sarampión de 2019, descubrió que las comunidades antivacunas son hasta tres veces más activas que los grupos pro vacunación. Además, mientras que los grupos pro vacunas tienden a tener más seguidores, las páginas de los contrarios a la vacunación crecen más rápido.

Mientras que las web informativas de los organismos públicos de salud “luchan casi siempre en el lugar equivocado y se agrupan formando islas”, las de los activistas antivacunas tratan la resistencia como una especie de campaña política, en el que emplean mensajes diferentes en función del perfil del “votante” al que quieren captar.

Así, mientras que las autoridades sanitarias lanzan campañas monolíticas con lemas claros y sencillos dirigidos al total de la población, del tipo: “las vacunas son seguras y efectivas”, los antivacunas saben cómo adaptar sus mensajes a una joven madre liberal que practica yoga y visita una web dedicada a salud holística, o a un votante republicano que está en contra de cualquier mandato que llegue desde el gobierno y que visita páginas de movimientos pro-resistencia.

No obstante, Roose cree que existen razones para la esperanza. Las últimas encuestas sugieren que la mayoría de los estadounidenses, influidos tal vez por el constante conteo de víctimas y del seguimiento exhaustivo de la pandemia por parte de los medios, aceptarían inmunizarse contra la COVID-19 si ya existiese una vacuna.

De hecho, el mismísimo Donald Trump que en 2012 criticó en twitter la campaña de vacunación, propuesta entonces por la administración Obama (argumentando que podían infligir trastornos del espectro autista, tal y como sostienen erróneamente los antivacunas) terminó el año pasado por recomendar a las madres que vacunaran a sus hijos en plena epidemia de sarampión.


Bill Gates hablando durante el Foro Nueva Economía de China en Noviembre de 2019. (Foto de Hou Yu/China News Service/VCG via Getty Images)

Si como algunos proponen, en un año podríamos contar con una vacuna efectiva, y entre tanto no aparecen tratamientos antivirales que funcionen, es bastante probable que el movimiento antivacuna se encuentre en desventaja, y que su influencia comience a cotizar a la baja. Eso sí, preparaos para la guerra cuando llegue la vacuna.

Es más que probable que la OMS y fundaciones filantrópicas como la dirigida por Bill y Melinda Gates, rieguen de dinero a los laboratorios responsables del hallazgo para producirla y distribuirla en niveles masivos. Y por desgracia ambas instituciones se encuentran desde hace años entre las más odiadas por el movimiento antivacunas, que aprovechan la mínima oportunidad para desacreditarlas. Y eso por no hablar de otras teorías de la conspiración, como la que sugiere que el propio Bill Gates creó el virus para obtener pingues beneficios cuando llegue la vacuna.

La llegada de la vacuna podría suponer además el inicio de una de las peores pesadillas de los antivacunas. Imaginaos que las compañías aéreas, o las escuelas, exigen un certificado de vacunación para todo aquel que quiera hacer uso de sus servicios. ¿Os imagináis las iracundas campañas que iniciarían estos autodenominados “pro-elección”? En fin, el debate promete ser apasionante, especialmente en un país donde los ciudadanos optan a menudo por anteponer la libertad personal al interés general. (Ahí está el tema de las armas, como ejemplo).

Lo dicho, preparaos para la batalla. Muy pronto (al menos eso espero, porque eso implicará que ya contamos con una vacuna) veremos debates flamígeros copando nuestros blogs, periódicos y redes sociales. Si a mis 21 años me hubiesen contado, que en el futuro internet serviría como campo de batalla entre personas que quieren evitar la muerte de sus conciudadanos, y algunos de estos últimos que no desean ser salvados, simplemente habría apagado el modem y habría salido más de casa.

Me enteré leyendo un interesante artículo de opinión de Kevin Roose en el New York Times.

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