El costo de preocuparnos por los demás sin ocuparnos de nosotros mismos

Cuando queremos a alguien, nos preocupamos. Es así. Resulta casi imposible no hacerlo. Pero cuando esa preocupación traspasa los límites del sentido común amenaza con convertirse en un agujero negro que absorbe, literalmente, nuestra vida. Cuando nos preocupamos excesivamente por los demás y relegamos nuestras necesidades a un segundo o tercer plano – o las enviamos directamente al fondo de la lista – tenemos un problema, o lo tendremos muy pronto.

Dar, sin recibir nada a cambio, agota. [Foto: Getty]

La preocupación patológica agota el oxígeno psicológico

La preocupación es como una mecedora, te da algo que hacer, pero no te lleva a ninguna parte”, dijo Erma Bombeck. Normalmente nos preocupamos por algo que percibimos como una amenaza, ya sea para nosotros o para las personas que amamos. La preocupación es como un microscopio, nos permite enfocarnos en ese peligro para protegernos de la supuesta amenaza, pero no nos permite ver muy lejos.

A diferencia del pensamiento, que implica analizar y reflexionar para arrojar claridad sobre una situación o problema y, en última instancia, encontrar una solución, la preocupación suele sumirnos en un círculo vicioso marcado por los pensamientos negativos, las ideas catastrofistas, las dudas y el miedo.

Esa preocupación nos estrangula, metafóricamente hablando, arrebatándonos el indispensable oxígeno psicológico. De hecho, no es casual que en inglés la palabra preocupación provenga de wyrgan, que en el pasado indicaba “estrangular”.

Cuando la preocupación es poco razonable, lejos de proteger a las personas que queremos, puede hacerlas - y hacernos - desgraciados. A menudo la preocupación excesiva por los demás también termina absorbiendo su oxigeno psicológico, arrebatándoles centímetro a centímetro su espacio vital. Se convierte en algo agobiante.

Si nos preocupamos excesivamente por los demás, hasta el punto de adoptar un comportamiento hiperprotector, también les arrebataremos oportunidades de crecimiento. Cuantos más problemas resolvamos, menos desarrollarán las habilidades necesarias para solucionar los problemas por su cuenta. Así se instaurará una relación de dependencia en la que ninguna de las dos partes gana.

En esos casos, la preocupación no solo es contraproducente sino además dañina porque termina convirtiéndose en un problema para quien se preocupa y una carga para la persona objeto de la preocupación.

Sacrificar nuestro “yo” conduce a la pérdida de sentido vital

La preocupación desmedida puede conducir a un proceso de autosacrificio crónico. [Foto: Getty]

En una cultura que defiende el altruismo a ultranza, nos olvidamos de que para cuidar de los demás, primero debemos cuidar de nosotros mismos. No podemos brindar felicidad si no somos felices. No podemos animar a los demás a perseguir sus sueños si no tenemos el coraje de perseguir los nuestros.

La filósofa Ayn Rand nos alertaba de que la ética del altruismo ha hecho que “los seres humanos acepten dogmas inhumanos”, como asumir que “ocuparse del interés personal es malo, sea cual fuere tal interés”. Explica que “el altruismo declara que toda acción realizada en beneficio de los demás es buena y toda acción realizada en beneficio propio es mala. Así resulta que el beneficiario de una acción es el único criterio de comparación del valor moral de esta”.

Si interiorizamos ese concepto del altruismo, no es extraño que en más de una ocasión nos veamos renunciando a nosotros mismos, lo cual, según Rand, es la causa de “la grotesca duplicidad de valores, conflictos y contradicciones que han caracterizado las relaciones humanas”.

Por supuesto, hay situaciones puntuales en las que debemos colocarnos en un segundo plano para ayudar a quien lo necesita, pero si esto se convierte en la tónica de nuestra vida, en un hábito que se repite día tras día, tendremos un gran problema esperándonos a la vuelta de la esquina porque caeremos en un proceso crónico de autosacrificio.

Si anteponemos continuamente los deseos y necesidades de quienes nos rodean a los propios, terminaremos perdiendo el contacto con nuestro “yo”. Corremos el riesgo de no reconocernos cuando un día, por fin, tengamos tiempo para mirarnos al espejo. En ese momento nos daremos cuenta de que hemos perdido la sintonía con nuestras ilusiones, deseos y necesidades.

Esa situación puede conducirnos – lenta pero inexorablemente – a un profundo vacío existencial porque no tenemos más metas ni sueños propios en la vida. Poco a poco, mientras estamos enfrascados en trasladar toda nuestra energía vital hacia esas otras personas, nos olvidamos de cultivar y perseguir nuestros sueños.

A fuerza de anteponer las necesidades ajenas a las propias, las metas de los demás a las nuestras y limitarnos a asentir sin atrevernos a disentir, dejamos de explorar nuestro mundo interior, el cual se va empobreciendo cada vez más. Esa pérdida de conexión y sentido puede conducir a la depresión más profunda. Sin rodeos.

Fatiga por compasión: Cuando el dolor ajeno nos supera

La reparación emocional es clave para no sufrir un trauma vicario. [Foto: Getty]

Las emociones son contagiosas, de manera que preocuparnos excesivamente por los demás – si no tenemos las herramientas psicológicas para gestionar adecuadamente la situación - termina generando lo que se conoce como fatiga por compasión.

Un estudio realizado en la Universidad de Bradford descubrió que el simple hecho de ver noticias perturbadoras a través de las redes sociales puede causar síntomas de estrés postraumático haciendo que nos sintamos abrumados, desesperanzados e indefensos.

Cuando se trata de personas cercanas, el impacto es aún más fuerte, por lo que podemos sufrir lo que se conoce como trauma vicario. Se trata de un desgaste emocional considerable provocado por un exceso de empatía y preocupación, sin la capacidad de reparación emocional, como demostró un estudio realizado en la Universidad Adventista del Plata.

En práctica, cuando nos preocupamos demasiado por los demás y no somos capaces de establecer una distancia psicológica que nos permita protegernos, corremos el riesgo de quedarnos atrapados en la red emocional del sufrimiento inútil. Eso significa que mientras intentamos “salvar” a otros, nos “condenamos”, una estrategia que carece de sentido en la que todos perdemos.

La preocupación empática y madura

La ayuda madura empodera. [Foto: Getty]

La solución no consiste en volver la espalda al dolor y el sufrimiento ajeno sino en asumir una preocupación empática, que significa comprender y experimentar los estados emocionales de los demás, mostrando una preocupación auténtica que conduzca a una ayuda desarrolladora que no ponga en peligro nuestro equilibrio psicológico.

La preocupación madura implica saber cuándo es necesario ayudar y cuándo hay que dejar que la persona enfrente los retos con sus propios recursos. Porque a veces no ayudar, también es ayudar.

Ese tipo de preocupación nos permite tender la mano sin que el otro nos arrastre, estar cerca del dolor sin que nos consuma y satisfacer las necesidades de los demás sin olvidarnos de las nuestras.

A la larga, es la mejor solución para todos, sobre todo si tenemos en cuenta las sabias palabras de Rand: “el principio de que se debe ayudar a aquellos que se encuentran en una emergencia no puede extenderse el punto de considerar que todos los sufrimientos humanos constituyen una emergencia, convirtiendo el ‘infortunio’ de algunos en una hipoteca sobre la vida de los demás”.


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