Tapiar casas para encerrar a las familias en cuarentena por coronavirus y evitar que escapen: está ocurriendo en China

¿Está China conteniendo eficazmente el coronavirus? Bueno, tan eficazmente que ha tapiado las viviendas de personas con sospechas de poder haber sido infectadas.

Me lo contaban unos amigos que han salido huyendo de allí. Con lo puesto, prácticamente. Dejando todo atrás. Han aguantado hasta que vivieron una escena casi terrorífica.

Un repartidor de comida protegido pasa un pedido a través de una valla puesta a modo de contención contra el coronavirus, en Hubei, China (Photo by STR/AFP via Getty Images)

Mis amigos viven -o vivían hasta hace tres semanas- en una pequeña ciudad costera al sur de Shangai. Se trasladaron allí hace tres años, por motivos de trabajo. Los primeros días tras estallar la crisis del coronavirus aceptaron con tranquilidad las restricciones. No podían salir de casa, y sólo estaba autorizado a hacerlo -tres días por semana- un miembro de la familia, para ir a comprar -comida, sobre todo-. El ejército que custodiaba el complejo de edificios repartía los permisos, vivienda por vivienda, el día anterior a que fueran válidos.

Pero la crisis se agravó. Y en Wuhan -la zona cero de la epidemia- aumentaban exponencialmente los contagios y las muertes. El régimen chino -una potencia militarizada que actúa contundentemente contra los ciudadanos-, no podía permitirse la imagen pública que estaba dando. Así que aumentaron las medidas de control.

Todo sea por contener el virus, pensaron mis amigos. Y decidieron quedarse.

¿Qué fue lo que les hizo cambiar de opinión? Las autoridades chinas supieron que en una de las viviendas del complejo de bloques había una persona que diez días antes había regresado de Wuhan. ¿Cómo lo supieron? Los ciudadanos chinos están bajo permanente vigilancia del régimen, no sólo en su actividad online, sino incluso por la calle, con cámaras de identificación facial que permiten saber dónde está cada persona en cada momento.

Un operario chino instala una cámara de reconocimiento facial antes de la crisis del coronavirus.

Una mañana, el ejército tapió con listones de madera y clavos la puerta de la vivienda donde residía la persona que acababa de llegar de Wuhan. Dejó encerrado a ese hombre y a toda su familia. Literalmente encerrados, como en una tumba. No podían salir ni a comprar alimentos. Abandonados a su suerte.

Fue entonces cuando mis amigos se asustaron. Hicieron las maletas a todo correr, fueron al aeropuerto y cogieron el primer vuelo que pudieron.

Han estado dos semanas en Sri Lanka. Y ahora acaban de aterrizar en Madrid. Aquí se quedarán hasta que pase todo. Porque... ¿qué más pueden hacer las autoridades chinas si el brote se descontrola aún más?

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