Todo lo que te arrebata la primera explosión en una guerra

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Madre ucraniana cruzando la frontera con Eslovaquia para escapar de la guerra, el 26 de febrero de 2022. [Foto: PETER LAZAR / AFP vía Getty Images]

 

Cuando escuchas la primera explosión, todo cambia. Nada vuelve a ser igual. La normalidad puede volver, pero algo dentro de ti se quiebra. Irremediablemente.

El sonido de la primera explosión retumba y se extiende - probablemente más dentro de ti que fuera. Te golpea con el peso de lo inesperado. Pero esperas que sea tu imaginación. Te convences de que ha sido tu imaginación.

Sospechas lo que podría ser. Años de tensión política y militar te deben haber preparado. Las palabras “ataque” y “bombardeo” comienzan a tomar forma en tu mente. Pero inmediatamente las rechazas. La perspectiva es tan aterradora que prefieres no contemplarla. No quieres aceptarlo. Te niegas a aceptarlo. Porque en realidad, nada, absolutamente nada, te prepara para esa primera explosión, ni para las siguientes.

Entonces llega la segunda explosión. Las ventanas retumban. Las puertas tiemblan. La propia casa se estremece. Y tú te estremeces con ella. Cada sacudida es larga, infinita. Te profana. El sitio donde siempre te habías sentido seguro, deja de serlo. De repente te sientes pequeño e indefenso.

Cada nueva sacudida te profana. Te convierte en una extensión suya. Mientras tanto, tu mente trabaja a toda velocidad buscando respuestas. Plantea hipótesis. Las descarta. Vuelve sobre sus pasos. Intenta encontrar una explicación reconfortante que no existe.

Cuando los peores presagios empiezan a tomar cuerpo, te preguntas qué hacer. Un instinto desconocido hasta ese momento te empuja. Te da la lucidez que necesitas para sobrevivir – o al menos intentarlo.

Intentas recordar las medidas que una vez te explicaron y escuchaste distraídamente creyendo que jamás tendrías que aplicarlas. Apagar las luces. Echar las persianas. Preparar una mochila con lo mínimo indispensable. Un botiquín de primeros auxilios, algo de comida y una muda de ropa. Nada más. Y mientras miras esa pequeña mochila que reduce toda tu vida y las explosiones siguen estremeciendo tu casa y tu ser, sientes que nada, nunca más, volverá a ser igual.

Los “sedimentos” psicológicos de por vida que dejan las bombas

Familia ucraniana en la estación de tren de Przemysl, en Polonia, huyendo de los ataques rusos, el 25 de febrero de  2022. [Foto: Beata Zawrzel/NurPhoto vía Getty Images]
Familia ucraniana en la estación de tren de Przemysl, en Polonia, huyendo de los ataques rusos, el 25 de febrero de 2022. [Foto: Beata Zawrzel/NurPhoto vía Getty Images]

No puedo creerlo, no puedo creerlo... no puedo creerlo... Nunca había imaginado esto”, son probablemente las palabras que más se repiten muchos ucranianos en este momento.

El impacto psicológico de las primeras explosiones es enorme. Nos arrebata la imprescindible pizca de seguridad y confianza que todos necesitamos para vivir. Nos lanza sin previo aviso en una situación de angustia, incertidumbre e inquietud que no conocíamos.

Nos vemos impelidos a movernos en un escenario completamente nuevo, incierto y peligroso que carece de los puntos cardinales a los que estamos acostumbrados. Se instaura el desconcierto y el estupor mientras el miedo a un peligro ubicuo cala cada vez más en los huesos para generar un estado de aprensión y tensión psíquica enormes que muchas veces desemboca en estados de ansiedad o incluso pánico.

Los conflictos bélicos son eventos traumáticos abrumadores que terminan destrozando emocionalmente a una persona, dejándola con un sentimiento de impotencia total. Como contara Jim Doyle sobre Vietnam: “La guerra es un infierno… deja un impacto en las personas involucradas que nunca sana. Es algo terrible que va más allá de la comprensión y la experiencia de la mayoría de la gente”.

Los daños de una guerra no se miden únicamente en términos económicos o de vidas humanas, sino también por el terrible sufrimiento emocional causado y, sobre todo, por todas esas esperanzas arrebatadas y las confianzas destrozadas. A fin de cuentas, existen muchas maneras de morir.

Las secuelas psicológicas de los conflictos armados no solo afectan a quienes se han expuesto directamente a la violencia, sino también a aquellos que logran escapar, a esas personas a las que les han arrebatado sus raíces y su estabilidad, esas personas que han tenido que huir dejando todo atrás, muchas veces incluso sus maridos, hijos y padres para sumirse en otros escenarios vitales inciertos.

Mujeres y niños ucranianos en Vysne Nemecke, la frontera con Eslovaquia, intentando escapar del conflicto armado, el 25 de febrero de 2022. [Foto: PETER LAZAR/AFP vía Getty Images]
Mujeres y niños ucranianos en Vysne Nemecke, la frontera con Eslovaquia, intentando escapar del conflicto armado, el 25 de febrero de 2022. [Foto: PETER LAZAR/AFP vía Getty Images]

Las bombas destrozan todo lo que encuentran a su paso, tanto en el mundo exterior como interior. Son la terrible constatación de que la civilización pende de un hilo, como dijera Zygmunt Bauman, y que muchas veces cuando ese hilo se corta, nosotros caemos. Nosotros nos convertimos en los “daños colaterales”. Y nadie está exento de ello.

Esa cruda realidad nos arrebata la esperanza. “Nos atrapa en un fotograma fijo de peligro, inseguridad y vulnerabilidad en el que el peligro deja de depender tanto del volumen o la naturaleza de las amenazas reales como de la ausencia de confianza en nuestras defensas”, como dijera Bauman.

Hoy nos sacude la guerra en Ucrania, pero no debemos olvidar que el 85% de la población de los países de la región del Mediterráneo Oriental se ha visto afectada por conflictos armados en las últimas dos décadas.

En Afganistán, el 72% de las personas de más de 15 años han experimentado al menos cuatro eventos traumáticos durante los diez años anteriores. El 67,7% tenían síntomas de depresión, el 72,2% de ansiedad y el 42% un trastorno de estrés postraumático.

Más de la mitad de los desplazados por el conflicto de Chechenia reveló que no solían sentirse seguros casi nunca y casi todos reportaron problemas psicosomáticos, ansiedad y depresión. Tres años después del conflicto de Los Balcanes, el 45% de los refugiados bosnios seguían teniendo depresión y/o estrés postraumático y un 16% adicional desarrollaron esos trastornos a lo largo de ese tiempo.

Esos problemas no se suelen ver, pero duelen. Un análisis de los desplazados en la frontera entre Tailandia y Camboya comprobó que más del 80% se sentía deprimido y sufría enfermedades psicosomáticas, pero a pesar de ello conservaban su funcionamiento social y laboral, quizá en un intento por revestir de normalidad una vida que no volverá a ser normal.

Al encuentro con la primera explosión sobrevive un sedimento que seguirá afectándonos, aunque la amenaza directa deje de existir. Ese sedimento es a la certeza de que te has despertado en un mundo distinto. Y vivirás para siempre en él.

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