¿Tengo que compartir mi vida personal con mis jefes?

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Hacia las siete de la tarde de un jueves madrileño, cualquiera que regente un bar con una mínima visión de negocio se frota las manos. Sabe que está a punto de recibir a hordas de trabajadores dispuestos a diluir en alcohol el cansancio acumulado durante la semana. A medida que la cerveza baja, los hombros se relajan y los rangos desaparecen. Jefes y empleados se abren en canal: en el territorio afterwork se empieza por el cotilleo y se acaban compartiendo traumas de la infancia.

Atrás quedaron ya los directivos herméticos e inaccesibles, y esto tiene su parte buena. Ahora en la oficina también hay hueco para la humanidad. Los especialistas en el campo coinciden en la parte luminosa. Jordi Isidro, psicólogo de Cedipte, opina que si las relaciones son naturales y autónomas, la conexión puede beneficiar a jefes y trabajadores al crear un clima de confianza. Para Rafael San Román, psicólogo en ifeel –plataforma dedicada al bienestar laboral–, revelar aspectos personales puede ser una herramienta: «Podemos favorecer que construyan una imagen de nosotros más completa y, con suerte, más favorable». Una visión que comparte la psicóloga laboral Elisa Sánchez: «Compartir circunstancias personales o familiares asociadas a tus necesidades puede ayudar en determinados casos. Por ejemplo, si tu pareja ha cambiado de horario, tenéis hijos y tú necesitas cambiarlo, o si tu madre o tu padre están enfermos».

Como en todo progreso, sin embargo, hay un punto en el que se pasa de rosca, y a mí hay algo en eso de comentar con tus jefes cada lunes las peripecias del fin de semana que no me acaba de convencer. Ese amiguismo parte de una idea de horizontalidad –casi siempre irreal– cada vez más presente en grandes, medianas y pequeñas empresas –quizá más en estas últimas–. Además de para trabajar, se presupone que estamos en la oficina para hacer amigos, contar nuestra vida, entretener. «Desde el mundo anglosajón, se vende con excesivo positivismo que todos podemos ser amigos de todos nuestros compañeros, y la realidad biológica nos demuestra cada día que no», advierte Isidro. «El colegueo no es sano cuando se alimenta y se exige desde la empresa, cuando se fuerza desde la entrevista de selección, desde los altos cargos». San Román piensa parecido, y añade otro punto a explorar: «No es sano integrarnos al precio de sentirnos invadidos, con los límites entre lo profesional y lo extraprofesional confundidos. Esto no es integrarse, sino vivir manipulados».

Hay supuestos que pueden olvidársenos cuando se borra la línea entre lo laboral y lo personal a base de contar y compartir. Por ejemplo, que tu receptor es también la persona que decide si mañana conseguirás un aumento, liderarás un proyecto, o si tendrás trabajo. «No podemos olvidar que es una relación asimétrica», advierte Sánchez. «No quita que te lleves bien, pero recomiendo ser muy prudente con lo que cuentas a compañeros de trabajo y jefes. No compartiría información que puede chocar con la ideología y con los valores».

Como seres humanos que somos, nos atraen la confianza y la intimidad, pero estas dinámicas tan populares en el entorno laboral hacen de menos otros valores como la cordialidad y la discreción. Se nos está quedando un mundo hecho a medida para los extrovertidos, que necesitan por naturaleza compartir y recibir constantemente estímulos de los demás. ¿Dónde encajan los introvertidos en este esquema? «En una empresa tiene que haber personalidades de todo tipo, y esta situación beneficia más al trabajador extrovertido –considerado el ‘trabajador ideal’– y acaba generando discriminación», explica Isidro. «Los jefes han de tener en cuenta todo lo que puede aportar el introvertido en el grupo social de la empresa.

Capacidades laborales, sociales y humanas. Suelen ser personas observadoras, analíticas, empáticas, reflexivas, imaginativas, calmadas, de confianza, profundas, poco conflictivas», añade. Personas cuya naturaleza dificulta la adaptación a estos entornos laborales que hoy nos competen. Personas para las que Rafael San Román deja caer un consejo: «Parece que todo el mundo comparte y se destapa con la misma intensidad, pero luego, si se observa de cerca, hay quien sabe dosificar muy bien lo que cuenta, para reservarse y a la vez encajar. Quizá sea una actitud útil para quienes no están inclinados a compartir, pero tienen que adaptarse», explica.

Aunque cada vez cotice más a la baja, el filtro es vital para la vida en sociedad, es la base de la buena educación. Ser de esas personas que se autodeclara ‘sin filtro’ es mucho más fácil, claro. Tenerlo implica empatía: leer al otro y actuar en consecuencia. La confianza no está reñida con el filtro –«no implica total transparencia», en palabras de Sánchez–, de la misma forma que la discreción y los limites no han de estar reñidos con un clima laboral agradable. «Lo sano es mostrar interés por las vidas de los otros pero con límites», concluye San Román. Ir al trabajo a trabajar, ser profesional en tu profesión. El sentido común del lenguaje puede ser revelador cuando las líneas se difuminan. Y si surge la amistad será bonito, será un apoyo y hasta una fuente de inspiración. Pero dejemos que surja, démosle espacio, hablemos del tiempo, trabajemos.