¿Cómo usar la negatividad a tu favor?

“Un pesimista es aquel que mira hacia ambos lados antes de cruzar una calle de un solo sentido” - Laurence J. Peter [Foto: Getty]

A veces a vida se tuerce. A veces las cosas no salen como esperábamos. A veces, por más que lo deseemos, planifiquemos y nos esforcemos, surgen contratiempos, problemas y desgracias. En esos momentos, cuando la vida duele y sentimos que el mundo es profundamente injusto, es difícil ser positivo. La solución no radica en ocultar los sentimientos y pensamientos negativos desarrollando un híper enfoque en la positividad sino en aceptarlos y usarlos para salir fortalecidos de esa experiencia.

La dictadura de la felicidad, o por qué obligarse a ser feliz es contraproducente

Forzar la sonrisa puede empeorar el estado de ánimo, según investigadores de la Universidad Estatal de Michigan. [Foto: Getty]

Vivimos en una sociedad obsesionada con la felicidad. Tenemos un nuevo imperativo: ser positivos – a toda costa y cueste lo que cueste, aunque nos cueste la felicidad, por contradictorio que parezca. Anhelamos la felicidad, pero somos incapaces de alcanzarla, por lo que nos sentimos doblemente amargados y, por si no fuera suficiente, también nos vemos obligados a esconder esa frustración.

La presión por ser felices nos vuelve infelices. Así de sencillo. Un curioso experimento realizado en la Universidad de Queensland lo comprobó. Estos psicólogos prepararon dos artículos: en uno se ensalzaba la felicidad y se condenaban emociones como la tristeza y en el otro se aceptaban las emociones negativas, catalogándolas como naturales y normales. Tras leer uno de los dos artículos, las personas debían escribir sobre un hecho triste de su pasado.

Los investigadores descubrieron que quienes habían estado expuestos a la presión por ser felices y se vieron “obligados” a esconder sus emociones negativas se sintieron mucho peor. Concluyeron que “cuando las personas piensan que otros esperan que no experimenten emociones negativas como la tristeza, sienten más emociones negativas y se reduce su bienestar”.

Ese estudio no ha sido el único en poner el dedo en la llaga. Una investigación más reciente realizada en la Universidad de Nueva Gales del Sur reveló que la búsqueda obsesiva de la felicidad, sumado a la presión social por ser felices y evitar los sentimientos negativos, termina generando comportamientos desadaptativos y nos conduce a experimentar más emociones negativas.

Cuanto más te obsesiones con la felicidad, más infeliz serás. [Foto: Gety]

Tampoco es de gran ayuda repetirnos frases positivas de falsa motivación pues a menudo tienen el efecto contrario y hacen que nos sintamos peor, como comprobaron psicólogos de las universidades de Waterloo y New Brunswick.

Frases como “tendré éxito” o “todo va bien” pueden ser un arma de doble filo. Si acabamos de perder el empleo o estamos a las puertas de un divorcio, no podemos esconder la cabeza y mentirnos diciéndonos que “todo va bien” cuando el mundo – tal y como lo conocíamos – se desmorona a nuestro alrededor. Repetirnos esas frases, como un mantra, puede llevarnos a ignorar el problema, de manera que este seguirá creciendo y agravándose.

Además, cada uno de esos mensajes conforman una retórica que puede generar sentimientos de insuficiencia, inseguridad y frustración cuando finalmente constatemos que la realidad dista bastante de esa positividad edulcorada. Porque el hecho de repetir algo hasta la saciedad no lo convierte en verdad, es necesario realizar un trabajo mucho más profundo a nivel psicológico.

En esos casos, intentar mantenernos positivos a toda costa puede convertirse en una meta tóxica. De hecho, el optimismo – o más bien su idealización hasta límites insanos - también viene con letra pequeña. Puede hacer que exageremos lo positivo y minimicemos los aspectos negativos de la situación en la que nos encontramos, perpetuándola. También puede hacer que confiemos demasiado en nuestras habilidades, de manera que perdamos la perspectiva y sobreestimemos las probabilidades de tener éxito.

Por supuesto, eso no significa que no sea beneficioso pensar de manera positiva y que en muchas situaciones no pueda ayudarnos a mejorar nuestro estado de ánimo y encontrar la fuerza necesaria para salir adelante, pero intentar ocultar las emociones negativas bajo de la alfombra, como si se tratara de polvo, no funciona. Ocultar o evitar el problema no hará que se solucione porque, como advirtió Freud: “Las emociones reprimidas nunca mueren. Están enterradas vivas y saldrán a la luz de la peor manera”.

Sabiduría estoica: El pesimismo defensivo y la premeditación de los males

Hay que ver el vaso medio lleno, pero también debemos ser conscientes de que está medio vacío. [Foto: Getty]

La filosofía estoica, que muchos consideran la “primera guía de autoayuda de la historia de la humanidad”, se preguntó cómo desarrollar la fuerza mental necesaria para afrontar los problemas de la vida sin venirnos abajo. Su solución - o al menos parte de ella – radica en la negatividad. Podemos aprovechar nuestra tendencia al drama y la catastrofización para volvernos más previsores, resilientes y eficaces.

Marco Aurelio, el emperador romano y uno de los máximos exponentes del estoicismo, escribió: “Comienza cada día diciéndote a ti mismo: Hoy me reuniré con la interferencia, la ingratitud, la insolencia, la deslealtad, la mala voluntad y el egoísmo…

No es un llamado al pesimismo sino a prepararnos mentalmente para no sucumbir a expectativas irreales. Es lo que los estoicos llamaban “la premeditación de los males”, una técnica que nos ayuda a imaginar el peor escenario posible para fortalecer la mente y prepararnos para afrontar lo que ocurra, sea lo que sea.

De hecho, Séneca también pensaba que necesitamos prepararnos para lo peor de antemano, de manera que no nos tome por sorpresa porque “lo inesperado tiene efectos más aplastantes, sumándose el peso del desastre”. El pesimismo defensivo nos ayuda a prepararnos para lo peor, de la mejor manera posible.

Si las cosas no van bien, y ser optimistas es casi una misión imposible, podemos aprovechar esos pensamientos negativos para elaborar diferentes escenarios y buscar soluciones prácticas. Usar la negatividad de esa manera – sin caer en el pesimismo vano e improductivo - nos ayudará, por una parte, a tener siempre un plan B al cual recurrir y, por otra parte, nos permitirá reducir la ansiedad que genera la incertidumbre porque, pase lo que pase, sabemos que estamos preparados.

Prepararnos para lo peor, para el fracaso, los errores y las pérdidas, también puede llegar a ser extremadamente liberador porque implica darnos permiso para equivocarnos, aprender y empezar de nuevo.

Por supuesto, tampoco se trata de exagerar ese pesimismo defensivo hasta el punto de caer en la indefensión aprendida, la depresión o el cinismo. Hay que encontrar un justo punto medio entre la positividad y la negatividad, aprender a convertir los aspectos más “sombríos” de nuestra mente en una fuerza que nos permita seguir adelante y crecer como personas. Necesitamos ver el vaso medio lleno. Pero también debemos saber que está medio vacío.


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