¡Tierra, trágame! Cómo superar el miedo a hacer el ridículo y sacar tu mejor versión

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Miedo al ridículo [Foto: Getty Images]
Cuando el miedo a hacer el ridículo adquiere un carácter patológico se denomina catagelofobia. [Foto: Getty Images]

Todos hemos hecho el ridículo en alguna ocasión. Y probablemente no fue una experiencia agradable. Puede haber sido por un despiste, una muestra evidente de ignorancia, una mala pasada que nos jugó el nerviosismo o un imprevisto que nos dejó en evidencia delante de todos.

Sea cual sea la causa, convertirnos en el blanco de las risas o de esas miradas mezcla de incredulidad y desaprobación suele generar una sensación de humillación y vergüenza. Si no somos capaces de gestionar esas emociones, el ridículo puede dejarnos una huella profunda que termine convirtiendo nuestra vida social en un auténtico infierno.

Los largos tentáculos del miedo al ridículo

El miedo al ridículo puede convertirse en una obsesión irracional e improductiva. [Foto: Getty Images]
El miedo al ridículo puede convertirse en una obsesión irracional e improductiva. [Foto: Getty Images]

 

En 2009, el psicólogo Willibald Ruch pidió a un grupo de personas que indicaran si 20 risas grabadas eran positivas, nerviosas o burlonas. El 62,5 % de las personas que tenían miedo a que se rieran de ellas no encontraron agradables las risas positivas y afables, calificándolas en la mayoría de los casos como desagradables. Ese sesgo negativo se repitió al clasificar imágenes de rostros que esbozaban diferentes tipos de sonrisas.

Esa investigación reveló que cuando tememos hacer el ridículo, nos volvemos más paranoicos. En un experimento posterior, Ruch constató que esas personas tienen dificultades para distinguir los matices contextuales y a menudo escrutan las interacciones sociales en busca de signos de burla. En otras palabras, solemos interpretar como una burla aquello que no lo es.

Como resultado, respondemos de manera más negativa y desproporcionada ante el ridículo anticipado. O sea, nos sentimos ridiculizados antes de serlo. Imaginamos el peor escenario y nos bloqueamos. De hecho, también se ha constatado que cuando tememos al ridículo somos más propensos a contagiarnos de estados de ánimo negativos mientras disminuye nuestra capacidad para gestionar ese malestar, pero aun así intentamos reprimir a toda costa la expresión de esas emociones.

El miedo al ridículo puede llegar a convertirse en una obsesión irracional e improductiva cuyos efectos negativos van mucho más allá de nuestro rendimiento. Si prestamos cada vez menos atención a lo que nos hace únicos para adaptarnos a lo que esperan los demás, terminaremos encerrados en las jaulas de sus juicios, completamente dependientes de la aprobación o desaprobación social.

Nos obligaremos a seguir unos comportamientos, formas de pensar y relacionarnos que se alejan de nuestros valores, creencias y necesidades. Dejaremos de ser nosotros mismos para responder a los patrones que marcan los demás. Comenzaremos a apostar cada vez más por lo seguro, solo para evitar el ridículo, y terminaremos condenándonos a la insatisfacción vital.

Las profundas raíces del miedo a hacer el ridículo

Lo ridículo es lo incongruente, desproporcionado y raro, una medida de cuánto nos alejamos de la norma. [Foto: Getty Images]
Lo ridículo es lo incongruente, desproporcionado y raro, una medida de cuánto nos alejamos de la norma. [Foto: Getty Images]

Lo ridículo es aquello que provoca risa, pero no una carcajada cualquiera sino una sonrisa de burla debido a su rareza o extravagancia. Es precisamente esa rareza lo que nos pone sobre aviso, lo que nos indica que nos hemos alejado de la norma. Entonces se activa el miedo a la desaprobación, el rechazo y la exclusión social.

De hecho, el miedo al ridículo tiene sus raíces en nuestra necesidad de ser aprobados y pertenecer a un grupo. A fin de cuentas, la ridiculización también es un arma social para corregir comportamientos. Es un modo eficaz para señalar aquello que está fuera de lugar. Su función última, por tanto, es rectificar las conductas para que se adapten a lo establecido, a lo que está bien visto y es aceptado por una mayoría. Por eso todos – quien más y quien menos – estamos dotados de un sentido del ridículo.

Sin embargo, el miedo a hacer el ridículo va mucho más allá de un mecanismo de adaptación social. También depende de nuestras características. Las personas inseguras y aquellas perfeccionistas son las que más temen hacer el ridículo. No es una buena noticia, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestros niveles de perfeccionismo se han disparado.

Un metaanálisis realizado desde 1989 a 2016 desveló que, en comparación con las generaciones anteriores, hoy no solo somos más duros con nosotros mismos y más exigentes con los demás, sino que también sentimos una presión social mayor por ser perfectos.

A primera vista, buscar la perfección puede parecer una meta admirable, pero en realidad se convierte en un arma de doble filo porque cuando nos equivocamos, sobre todo delante de los demás, experimentamos un sentimiento más intenso de culpa y vergüenza. Cuando llevamos la autoexigencia al límite podemos llegar a convertirnos en nuestros peores enemigos.

En ese punto, no nos damos cuenta de que un comportamiento “defectuoso” no es sinónimo de un “yo” defectuoso. De hecho, el perfeccionismo no es un comportamiento sino más bien una forma de pensar sobre nosotros mismos.

Para las personas perfeccionistas, su desempeño está íntimamente vinculado con su identidad. Como resultado, cuando cometen errores no se sienten decepcionadas por lo que hicieron, sino por lo que son. Eso las condena a un círculo vicioso en el que el perfeccionismo alimenta el miedo al fracaso y a hacer el ridículo, sumiéndolas en un inmovilismo que lastra su potencial.

¿Cómo lograr que el miedo a hacer el ridículo no nos detenga?

Para vencer el miedo al ridículo, primero debemos aprender a reírnos de nosotros mismos. [Foto: Getty Images]
Para vencer el miedo al ridículo, primero debemos aprender a reírnos de nosotros mismos. [Foto: Getty Images]

Para vencer el miedo al ridículo, primero debemos aprender a reírnos de nosotros mismos. Si cuando nos sentimos ridículos somos capaces de desdramatizar y mirar la situación con sentido del humor, neutralizaremos el efecto negativo de emociones como la vergüenza o la humillación.

Por supuesto, no es fácil, pero tomarnos las cosas a la tremenda solo servirá para que esa experiencia se grabe con fuego en nuestro cerebro, desde donde seguirá alimentando nuestros miedos. En cambio, bromear sobre nuestros errores, torpezas, defectos o desconocimientos nos permitirá aliviar ese sentido del ridículo y restarle poder.

De hecho, necesitamos comprender que todos cometemos errores. No somos perfectos - ni necesitamos serlo. A veces las cosas no salen como habíamos planificado. A veces no causamos la impresión que deseábamos y no logramos lo que nos habíamos propuesto. Asumirlo puede ser difícil, pero no es el fin del mundo, más bien es una oportunidad de aprendizaje.

Si nos preocupamos demasiado por lo que piensen los demás e intentamos amoldarnos a sus expectativas, nos arrebatamos la posibilidad de ser nosotros mismos y le abrimos la puerta de par en par al miedo al ridículo. Cuanto más pensemos en ese miedo, más poder le daremos, más energía psíquica consumirá y más nos bloqueará. En cambio, debemos redirigir esa energía hacia aquello que nos hace felices y da sentido a nuestra vida.

Para empezar, podemos identificar aquellas situaciones en las que nos sentimos más incómodos porque tememos hacer el ridículo. Puede ser la presentación de un proyecto, una entrevista de trabajo o una conversación con un desconocido. ¿De dónde proviene esa inseguridad? Encontrar la causa del temor al ridículo nos permitirá trabajar ese aspecto de nuestra personalidad. Puede tratarse del miedo a hablar en público, la sensación de no estar a la altura o un deseo desmesurado de agradar a los demás.

Luego podemos dar el siguiente paso y atrevernos a hacer pequeñas cosas “ridículas” en contextos donde nos sintamos más seguros o acogidos, como un encuentro familiar o entre amigos. Si te da vergüenza algo, pero te apetece hacerlo, ¡atrévete! Asume riesgos. Es probable que te lleves una grata sorpresa y que las personas reaccionen desinhibiéndose.

A fin de cuentas, no olvides que todos ejercemos de “policía” de los demás, de manera que atreverte a hacer el ridículo en público puede ser una experiencia liberadora para todos si se gestiona con sentido del humor. El crecimiento y el aprendizaje suelen producirse fuera de la zona de confort, justo cuando te empujas al límite y te atreves a hacer lo que nunca has hecho. Requiere esfuerzo, no cabe duda. Pero te ayudará a liberarte de los miedos que te bloquean para que saques a la luz tu mejor versión.

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