Cómo no vamos a adorar a Ian McKellen

Valeria Martínez
·5 min de lectura

Pocos actores han conseguido que su carisma y simpatía natural traspasen la barrera de la pantalla como Ian McKellen. Dueño de ese “je ne sais quoi” que solo poseen las grandes estrellas, este hombre de 81 años nos ha conquistado a más de uno con sus personajes, pero también con una personalidad pícara y encantadora que ha sabido transmitir con una naturalidad arrolladora.

Y prueba de ello es que una mera foto, sonriendo y “eufórico” mientras se daba la vacuna anti-Covid-19, lo convirtió en tendencia de redes sociales, en imagen de la esperanza para las personas de riesgo y en “el chico del póster” para la campaña de vacunación en Reino Unido.

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Ian McKellen es lo más. He dicho.

Confieso que me encantaría llegar a su edad con la vitalidad que contagia y con la misma energía para estar presente cada vez que una causa humanitaria lo necesita. Si somos sinceros, creo que somos muchos los que adoramos a este hombre de sonrisa grande y cabello blanco, y no solo porque cargue a sus espaldas personajes tan icónicos como Gandalf o Magneto, sino porque nos hace reír con cada una de sus entrevistas, porque sus redes sociales son un canto a la vida y su amistad inquebrantable con Patrick Stewart nos aporta buena vibra.

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Ha participado en tantas causas que es imposible nombrarlas a todas en un solo artículo. Con una sola imagen y sonriendo con la mirada, colmó las redes sociales anunciando sentirse “eufórico” y “muy afortunado” de haber recibido la primera dosis de la vacuna de Pfizer (son dos dosis con una diferencia de 21 días entre cada una), animando al público a que apoye la campaña. “Todos tenemos un rol que interpretar en la lucha contra el coronavirus y aportar nuestro grano de arena dándonos la vacuna salvará vidas” sentenció mientras añadía que seis días después de recibir la segunda dosis quiere volver a abrazar a los trabajadores esenciales, si se lo permiten.

Reconozco que cada una de sus publicaciones en Twitter e Instagram siempre me sacan una sonrisa. Y por eso lo adoro. Se ha sacado una licencia de la Iglesia de la Vida Universal para poder casar a Patrick Stewart con su esposa en 2013, apoya asociaciones locales de Londres que luchan contra el SIDA, contra la falta de hogar para la juventud de la comunidad LGBT, atiende a los desfiles del Orgullo Gay contagiando su alegría a través de las redes, asiste a la comunidad teatral británica desde todos sus perfiles y se ríe de sí mismo mejor que nadie.

Cómo no vamos a quererlo…

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Ian es un tipo que vive tan alejado de su posición como estrella que puede ser muy normal toparse con él en el metro o las calles de Londres. Él mismo me confesó en 2014 durante la promoción de El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos -cuando repitió como Gandalf más de una década después de rodar la trilogía de El señor de los anillos- que le gusta caminar por su ciudad, coger el metro o el autobús porque así “siempre está conociendo gente en la calle”. Es más, él debe ser de los pocos famosos que permite que la gente se acerque a hablarle de su trabajo sin ningún tipo de problema. “Los actores actuamos para conseguir una reacción del público y nuestro ideal es afectar de alguna manera las vidas de quienes ven nuestra actuación. Si esas personas no se acercan a agradecerme significa que no estoy haciendo bien mi trabajo” me dijo por entonces.

Si bien gran parte de su fama global entre nuevas generaciones la debe a Gandalf y Magneto, lo cierto es que Ian comenzó su carrera en teatro y todavía sigue sintiendo la misma pasión de sus inicios. El público le adora en todos los sentidos, por su trabajo y por su persona, transmitiendo la humildad de alguien que logró su sueño de vivir de aquello que le apasiona y seguir disfrutándolo con el paso del tiempo. Si es que fotos como estas, a mí cinéfila confesa, me dan vida:

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Reconozco que me encanta entrevistarlo. Siempre me genera ese gusanillo que nace de los nervios y las ganas, compartiendo charlas cinéfilas maravillosas, hablando sin tapujos de su vida y sus pasiones y contagiándome en el camino esa pasión suya tan innata.

Y es que Ian no se imagina dejando la actuación o alejándose de su público. La palabra jubilación no existe en su vida. “No tengo nietos con los que jugar. No tengo esa responsabilidad ni mantener una familia económicamente. Si no tengo proyectos en mente me aburro. Me pongo triste” me dijo el año pasado durante la promoción de La gran mentira. Me confesó que una vez intentó tomarse seis meses y “casi se vuelve loco”.

“Sé que sucederá, las rodillas cederán, la mente se apagará y creo que por eso sigo adelante. Porque cuando llegue ese momento decrépito no quiero arrepentirme de no haber hecho algo”, me dijo manteniendo su sonrisa. Un mensaje que más que declaración sirve de consejo. Vivir sin arrepentirse.

Ya sea porque eres fan de Gandalf, porque lo sigues en redes sociales o tuviste la fortuna de verlo alguna vez sobre el escenario, podemos estar de acuerdo en que Ian McKellen nos ha conquistado para siempre.

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